martes, 14 de mayo de 2019

LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y MARÍA ... LA INFINITA PROFUNDIDAD DE UN CULTO INCOMPRENDIDO

Doble motivo del culto al Sagrado Corazón de Jesús 

El motivo del culto al Sagrado Corazón de Jesús es doble:
1) El primero es común a todos los miembros adorables del cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho que su Corazón, siendo una parte nobilísima de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente al Verbo de Dios, y por lo tanto, se le ha de tributar la misma adoración con que la Iglesia honra a la Persona del Hijo de Dios Encarnado. (Se trata, pues, de una verdad de la Fe Católica que fue solemnemente definida por la Iglesia en el Concilio de Éfeso y en el II de Constantinopla.)
2) El otro motivo pertenece de manera especial al Corazón del Divino Redentor. Proviene de que su Sagrado Corazón, más que ningún otro miembro de su cuerpo, es el índice o símbolo natural de su infinita caridad hacia el género humano. "Es innata al Sagrado Corazón —decía León XIII en "Annum Sacrum"— la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor". 

Triple amor del Redentor 

El amor de Jesucristo no fue solamente espiritual. 

El amor que exhala el Evangelio, el amor del Corazón de Jesús, no comprende sólo la caridad puramente divina, sino que también se extiende a los sentimientos del afecto humano. Para todo el que hace profesión de Fe Católica esta es una verdad indiscutible.
Nuestro Señor Jesucristo poseía un verdadero cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre ellos, el amor. Estuvo provisto de un Corazón físico, en todo semejante al nuestro, no siendo posible que la vida humana privada de este excelentísimo miembro del cuerpo tenga su natural actividad afectiva. Por tanto, el Corazón de Jesús, unido hipostáticamente a la Persona Divina del Verbo, debió sin duda palpitar de amor y de lodo otro afecto sensible, con el mismo amor infinito que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo que jamás se interpuso ni contradijo con los otros dos amores, el espiritual y el sensible. 
"Ya que tomó el alma tomó las pasiones del alma", dice San Ambrosio.
 Y San Jerónimo: "Nuestro Señor se entristeció realmente para manifestar su humana naturaleza."
 San Agustín confirma: "El Señor se revistió de los afectos de la fragilidad humana".
 "Tomó pues, todo, para santificarlo todo", resume San Juan Damasceno.
 El Corazón del Verbo Encarnado es, entonces, símbolo perfecto del triple amor con que el Divino Redentor acá continuamente al Eterno Padre y a todos los humanos. Es, ante todo el símbolo del Amor Divino, que en El es común con el Padre y el Espíritu Santo en la vida trinitaria, ya que en El inhabita la plenitud de la Divinidad corporalmente.(Cf. Col. 2,9). Además, el Corazón de Jesucristo es símbolo de ardentísima caridad, que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana, dirigida e iluminada por una doble ciencia: beatífica e infusa. Finalmente, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el cuerpo de Jesucristo, concebido y plasmado en el seno purísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección y capacidad perceptiva a todo otro organismo humano. San Pedro Julián Eymard dice que entre todas las criaturas corporales, el Corazón de Jesús es la que más contribuye a la gloria de Dios, y la que más merece el culto y el amor de ángeles y hombres. Y el cuerpo de Jesucristo, en estado de gloria sempiterna, mantiene por supuesto su Sacratísimo Corazón que nunca ha dejado ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido. Así dice San Gregorio Magno: "Conoce el Corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires por las cosas eternas".
 Los latidos del Corazón Divino 
¿Quién podrá describir dignamente los latidos del Corazón Divino, señales de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones, esto es, a Sí mismo en la Eucaristía, en la Cruz, y a su querida Madre Santísima? Así, antes de celebrar la Última Cena con sus discípulos, al pensar que iba a instituir el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión se iba a confirmar la Nueva y definitiva Alianza, sintió su Sagrado Corazón agitado de intensa emoción que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: "Ardientemente he deseado comer este cordero pascual con vosotros, antes de mi pasión" (Lc. 22,15), conmoción que sin duda fue más vehemente cuando tomó el pan, y después el cáliz, pronunciando las divinas palabras de la consagración. El Corazón de Jesús expiró de amor en la Cruz. Esta es la más inmensa manifestación de amor de todos los tiempos. El mismo lo expresó claramente: "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos... Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; pero os digo amigos, porque, todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando, que os améis unos a otros." (Jn. 15, 14-17). 
El Corazón Inmaculado de María 
¿Por quién ha latido con más intensa emoción y ternura el Corazón Divino de Jesús? Para quienes profesamos la Fe Católica, esta pregunta sólo admite una sola y única respuesta, una dulce y preciosa respuesta: María. Y en el ser de María, sin duda, lo más perfecto de la pureza, la hermosura y el amor de Dios, reside en el Corazón de María. El Corazón Inmaculado de María, de cuyas maternales palpitaciones nació y se alimentó el Verbo de Dios concebido en su castísimo seno, el Corazón Inmaculado de María colmado de dicha ante el Niño Dios, el Corazón Inmaculado de María traspasado de dolor justo a la Cruz, constituye el más preciado objeto de amor del Sagrado Corazón de Jesús. Los Corazones de Jesús y de María palpitan al unísono en el amor hacia el género humano, rescatado del pecado por el más alto precio que pueda haber: la Sangre de Dios, y las lágrimas de la Madre de Dios. Por eso, el culto a los Sagrados Corazones de Jesús y de María no son devociones superpuestas, por el contrario, constituyen una sola y única devoción, la devoción perfecta del más perfecto de los amores. 
Prácticas del culto al Sagrado Corazón de Jesús
 Entre todos los promotores del culto al Sagrado Corazón de Jesús merece especialísima recordación Santa Margarita María Alacoque, quien narra en sus escritos las promesas que Nuestro Señor le hizo, en las apariciones de Parey le Monial, para todos aquellos que abracen sincera y confiadamente la devoción a su Sagrado Corazón. No se crea, sin embargo, que el origen de este culto se debe a las revelaciones privadas. No apareció de improviso en la Iglesia, sino que se fue desarrollando espontáneamente debido al hecho de hallarse en un todo conforme a la índole de la Fe Católica. Es evidente, por tanto, que las revelaciones con que fue favorecida Santa Margarita nada nuevo añadieron a la doctrina católica. Su importancia consiste en que quiso Nuestro Señor atraer la consideración de los hombres a la contemplación y adoración de su Sagrado Corazón, a fin de que los hombres nos unamos más entrañablemente con su divino amor.
La entronización de los Sagrados Corazones "No sólo apruebo y bendigo éste su apostolado, sino que le mando recorrer el mundo entero y propagarlo." Estas fueron las palabras con que el Papa San Pío X despidió al Padre Mateo Crawley cuando éste le solicitó aprobación a la práctica de la ENTRONIZACIÓN. La entronización es el amoroso reconocimiento que una familia cristiana hace de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Este reconocimiento reviste una forma muy simple: la instalación solemne de las imágenes de ambos Corazones en el lugar y sitio de honor de la casa, a través de un acto de consagración del hogar y la familia a Jesús y María. Allí se rezará diariamente el Rosario, la "oración por excelencia de la familia cristiana". Es costumbre que la entronización la haga un sacerdote. ¡Pero cuidado! ¡Que la entronización no sea ocasión para que entre en la casa un sacerdote tocado de modernismo. Si no se consigue uno, puede hacerlo el mismo padre o jefe de familia, rezando alguna de las oraciones que traen los misales antiguos o las Letanías del Sagrado Corazón.
 La Hora Santa Santa 
Margarita María dice en sus escritos: "Se me presentó Jesús como un Ecce Horno cargado con su cruz cubierto de llagas y de heridas. Su sangre adorable brotaba de todas ellas, y luego, con voz desgarradora y triste, me dijo: "¿No habrá, por ventura, nadie que se compadezca de mí y que, teniéndome piedad, comparta el dolor que sufro en este estado lamentable en que me tienen sumido tantos pecadores?"... "Aquí tienes el Corazón que ha amado tanto a los hombres, y que no ha perdonado medio alguno de probarles su amor, hasta el extremo de agotarse por ellos. Y en retorno, no recibo de la mayor parte sino ingratitud y menosprecio, lo que me amarga mucho más que todo cuanto he sufrido en mi pasión. Si los hombres me correspondieran... consideraría poco lo que he hecho, y desearía, si posible fuera, sufrir más todavía..." "Al menos tú, hija mía, concédeme el consuelo de verte reparar, en cuanto puedas y de ti dependa, esa ingratitud"... "Quiero que tu corazón me sirva de asilo, en el que me cobije para solazarme, cuando los pecadores me persigan y me arrojen de los suyos..." He aquí la idea central de la Hora Santa, que el Padre Mateo predicaba: que todas las familias cristianas dedicaran una hora mensual y aún semanal para unirse a la agonía de Nuestro Señor en el Huerto. Puede usarse, como ayuda, la lectura de algún libro de vida espiritual, de preferencia escrito por un Santo o que sea un texto clásico indiscutido. El mismo P. Mateo escribió para estas horas Santas. Pueden también rezarse los 15 misterios del Rosario. La Adoración Nocturna Pero el Padre Mateo pedía más, recordando las palabras de Nuestro Señor a su confidente Margarita María: "Te haré compartir la tristeza mortal de mi Getsemaní". Y pedía la Adoración Nocturna en los hogares, turnándose los miembros de una familia para cubrir todas las horas de la noche, una vez al mes. Las familias de pocos miembros o las personas solas pueden adorar en su casa, coincidiendo el día y hora con la Secretaria de esta Cruzada, para que todas las noches del mes, haya un alma acompañando al Señor en su Agonía, con los Sentimientos del Corazón de María Santísima. "Después de la Sagrada Comunión, ningún recurso más eficaz de Gracia que éste", decía el P. Mateo. PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS A SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE Santa Margarita María narra en sus escritos —aprobados por la Santa Sede— las promesas que Nuestro Señor le hizo para todos aquéllos devotos sinceros y confiados de su Sagrado Corazón, en las apariciones de Paray-le-Monial: 
• 1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
 • 2. Pondré paz en sus familias.
 • 3. Las consolaré en sus penas.
 • 4. Seré su refugio seguro durante la vida y sobre todo en la hora de la muerte.
 • 5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
 • 6. Los pecadores encontrarán en mi corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
 • 7. Las almas tibias se harán fervorosas.
 • 8. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.
 • 9. Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones más empedernidos.
 • 10. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada.
 • 11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi corazón y jamás será borrado de él.
 • 12. Prometo en el exceso de misericordia de mi corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán en mi desgracia; mi corazón será su refugio seguro en aquel último instante.
 "Publica y haz publicar por todas partes que yo dispensaré abundantemente mis gracias a todos los que vengan a buscarlas a mi corazón". El P. Mateo Crawely, nacido en Arequipa (Perú), en 1875, niño aún fue llevado por sus padres a Valparaíso, donde ingresó en el colegio de los padres corazonistas. Ordenado sacerdote, predicó este "compendio de toda la religión y aún la norma de vida más perfecta" (Pío XI), que es el culto al Sagrado Corazón propugnando la consagración a El de individuos, familias, sociedades y naciones. El mismo cuenta cómo se despertó en él esta idea de su apostolado de reparación social y de entronización del Sagrado Corazón, cuando encontró la imagen que García Moreno mandó pintar cuando consagró el Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús, imagen que el Padre Mateo difundió en el mundo entero. Luego el presidente mártir "cayó bajo el hierro de un asesino, víctima de su fe y de su caridad cristiana hacia su Patria", como lo dijo Pío IX. Aquella imagen estaba en la casa presidencial, y después del asesinato de García Moreno, la familia temerosa de que la profanaran o destruyeran, la guardaron y luego llevaron de casa en casa, pues los vicarios de las sectas masónicas la buscaban afanosamente. Viendo pues el peligro que corría, un sacerdote amigo de la familia la llevó a Valparaíso, donde estuvo en el Colegio Seminario de los Padres Corazonistas, hasta que un día, muchos años después, le pidieron al joven seminarista Mateo Crawely, de poner orden en la celda de uno de los padres, donde la encontró. Allí, cuenta éste: "Confundida con otros objetos de interés más o menos relativo, se hallaba la preciosa tela en el fondo de un baúl, en la espera de la hora de Dios para comenzar a difundir luz espléndida como sol de amor y gloria divina. Yo tuve la felicidad, mejor dicho, la gracia tan enorme como inmerecida de sacarla de la sombra y de portarla en mis hombros como una bandera de victoria de un polo al otro polo, y no creo pecar de atrevimiento si juzgo que García Moreno, mártir incomparable del Corazón de Jesús, no fue ajeno a esta predestinación de la que yo fui objeto sin ningún mérito mío". "Me atrevo a decir que fue García Moreno quien, con sus manos ungidas con su sangre gloriosa, puso en mis manos el precioso lábaro. Y cuan dichoso me sentiría yo —afirmaba el Padre Mateo— si un día me fuese dado el contribuir de algún modo a su exaltación a los altares, a fin de pagar el presente que me hiciera, el cual dio rumbo definitivo a mi vocación de apostolado social. Sí, pues, un día la Iglesia rinde al Presidente mártir semejante gloria, la Congregación de los Sagrados Corazones debería obtener de Roma nos lo diera como patrono de la Cruzada de Entronización, puesto que a la sombra de su estandarte hice yo mis primeras armas". 
CRUZADA. DE LOS SAGRADOS CORAZONES DE ]ESÚS Y DE MARÍA

viernes, 5 de abril de 2019

LA SANTIDAD DE LA ÚNICA IGLESIA DE CRISTO: QUE NO ES OTRA QUE LA CATÓLICA, APOSTÓLICA, ROMANA

¿Qué es la santidad?
Derivada del latín sanctus "aquello que está prescrito", la palabra significa tanto un estado de pureza como una firmeza o estabilidad en este estado. El Evangelio nos enseña que estos elementos son el resultado del amor de Dios por nosotros y nuestra respuesta a este amor. La santidad de la Iglesia, por lo tanto, reside ante todo en la verdadera caridad.
Esta caridad es primero la de Cristo por su Iglesia, su amada esposa. Es el primer regalo que Cristo le hace: un amor que la santifica porque le agrada a Dios, que es la santidad misma. La Iglesia es santa con la santidad de Cristo, el santo de santos, porque ella es una con Él.
La caridad es también el objetivo establecido para la Iglesia, que debe guiar a sus hijos a la unión perfecta con Dios. Esta unión no es otra cosa que la santidad misma, que adquiere realidad en la caridad. La perfección de la vida espiritual es estrictamente idéntica a la grandeza de la caridad. Cuando muramos, seremos juzgados de acuerdo al amor.
La santidad es también el conjunto de medios que Cristo ha dado a su Iglesia para llevar a las almas a esta perfección de la vida espiritual. Sobre todo, su doctrina, la revelación final de la vida misma de Dios mismo, quien es la caridad. Esto también incluye a la jerarquía sacerdotal, obispos y sacerdotes, encargados de conferir los sacramentos que producen gracia y vida divina en las almas.
También incluye el culto divino, efectuado de manera perfecta por Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote en el Calvario, y confiado a nosotros en la Santa Misa, la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz. Por tanto, la Iglesia ha sido dotada de un tesoro inagotable de santidad. Un tesoro ordenado para la santificación de las almas, la producción de la gracia y la unión de las almas con Dios.

La Iglesia es santa
Esta santidad es primeramente la de las almas. Puede tener diversos grados: un grado ordinario, que consiste en evitar el pecado mortal y permanecer en estado de gracia; y un grado heroico, el de los santos canonizados.
Pero también es la santidad de los medios que hacen posible obtener este fin, en otras palabras, todos los medios que acabamos de mencionar. Y estos medios son proporcionales al resultado. Es por eso que en cada período de la historia de la Iglesia se puede encontrar la santidad entre los fieles.
Sin embargo, existe una objeción que hoy podría parecer bastante imponente: con todos los escándalos ocurridos en las filas de la Iglesia, ¿es la Iglesia verdaderamente santa? Y se podría agregar: ¿qué ha pasado con la doctrina misma, esta Revelación del Padre de la Luz para iluminarnos? Parece haber sido la primera víctima, especialmente desde el Concilio Vaticano II. ¿Podemos realmente afirmar hoy que la Iglesia es santa? ¿Ha sido santa alguna vez? Porque siempre ha existido el pecado.

La Iglesia no tiene mancha
San Pablo lo afirma claramente: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó Él mismo por ella para santificarla, purificándola con la palabra en el agua bautismal, a fin de presentarla delante de Sí mismo como Iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada" (Ef. 5, 25-27). Este texto se refiere directamente a la Iglesia actual, tal como salió después de su bautismo, cuya gracia la incorporó a Cristo.
La misma enseñanza se puede encontrar en la primera epístola de San Juan, donde está escrito que "Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque en él permanece la simiente de Aquél y no es capaz de pecar por cuanto es nacido de Dios" (I Jn. 3, 9): y por otra parte: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (I Jn. 1, 8). El apóstol amado desea enseñarnos que los miembros de la Iglesia pecan cuando traicionan a la Iglesia; la Iglesia, por lo tanto, no está libre de pecadores, pero ella no tiene pecado.
Decir que la Iglesia no tiene pecado significa que ella nunca consiente en pecar; pero eso no significa que ella no tenga nada que ver con el pecado. Su misión es ir a buscar a sus hijos en medio de su pecado, luchar incesantemente para hacer retroceder los límites del pecado en ellos mismos y en el mundo. La Iglesia está muy involucrada en el pecado: es el adversario con el que luchará hasta el fin de los tiempos.

La Iglesia no está libre de pecadores
La Iglesia es el reino del Hijo de Dios, del cual serán expulsados al final de los tiempos aquellos que causan escándalos y cometen iniquidades (Mt. 13, 41-43); la red que contendrá tanto peces buenos como malos hasta el fin de los tiempos (Mt. 13, 47-50). Solo destierra a los pecadores en casos extremos. La Iglesia siempre está llena de pecadores.
Los pecadores son miembros de Cristo, pero no de la misma manera que los justos. Pueden pertenecer a la misma Iglesia a la que pertenecen los justos, pero ellos solos jamás podrán constituir la Iglesia. La noción de miembros de Cristo y de la Iglesia se aplica de manera diferente a los justos y a los pecadores.
Los pecadores son miembros de la Iglesia por los valores espirituales que aún subsisten en ellos: caracteres sacramentales, fe y esperanza teologales, pero también por la caridad colectiva de la Iglesia. Permanecen asociados al destino de los justos de la misma forma que un miembro paralizado continúa participando en la vida de una persona humana.
La Iglesia sigue viva incluso en sus hijos que no están en estado de gracia, con la esperanza de unirlos nuevamente a ella en una unión viva.
Visto en: http://fsspx.news/es

EL RECUERDO DE UN PENSADOR INCLASIFICABLE, Por: Carlos Bukovac

Como datos biográficos vale repasar que luego de su infancia en el norte santafesino, ingresó como pupilo en el colegio santafesino "La Inmaculada" de los Padres Jesuitas. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1930, donde también logró el título de Doctor en Filosofía en la Universidad Gregoriana. En 1935 regresa a la Argentina, llevando a cabo una enorme actividad intelectual. 
Su dolorosa vida fue sobrellevada bajo el signo constante de la incomprensión. Nunca rehuyó la polémica, pero le hizo mucho daño la mediocridad que lo rodeaba. En 1946 se le pide que abandone la Compañía de Jesús, a lo que se niega. Al poco tiempo se le ordena que se recluya en Manresa, España, comenzando a quebrarse su salud. Acusado falsamente ante el Papa Pío XII, en 1949 es expulsado de la Compañía y se le impide todo ministerio sacerdotal. A partir de allí, quedaría en la miseria, logrando sobrevivir gracias a algunos pocos amigos y a su brillante labor como escritor y conferencista.
Luego de muchos años en los que a lo largo de sus libros describiría de variadas formas autorreferenciales su doloroso caso, en 1966 se arregló definitivamente su situación canónica absurda e injusta. Sus últimos años los pasaría más recluido que nunca en su departamento del barrio de Constitución, ámbito que describen con claridad Pablo Hernández y Rodolfo Braceli en sendos reportajes que le harían, un tiempito antes de su muerte.
En cuanto a su obra, se ha dicho que Castellani era inclasificable o, también, de género único. Su tema principal fue la teología (y dentro de ella la esjatología: "Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de fe"), pero también brilló como crítico literario, periodista, poeta, cuentista y novelista. Pero acaso lo que mejor lo defina sea su especial sentido del humor, sumamente irónico y capaz de mecharlo en cualquier tema del que estuviera escribiendo o disertando, inclusive el Fin de los
Tiempos. Quizás sea ese uno de los aspectos que más lo emparentaba con el inglés Chesterton. Como muestra, basta un botón, permitiéndonos recomendar el fabuloso "Credo del incrédulo".


Junto a Borges y a Ernesto Sábato visitando al Presidente Jorge Rafael Videla

LA IDEOLOGIA
En relación a su filiación ideológica, también es absolutamente imposible de etiquetar. Dentro de la Iglesia, imposible catalogarlo como progresista. Su ortodoxia y su profundo amor por la Verdad descartan de plano esa posibilidad. Ahora bien, menos posible aún es identificarlo como conservador, seguramente por sus disputas con la jerarquía que lo llevaron a una de sus grandes luchas: su combate contra el fariseísmo católico. Son célebres sus quejas por un catolicismo amanerado o mistongo y sus cartas a sus superiores y obispos.
Vale citar una al Nuncio Apostólico de aquél entonces en la que le reclamaba: "No pedimos a S.E. que salve a la Nación Argentina, déjenosla nomás; le pedimos que cumpla el mínimum mínimo de su deber. No pedimos a los Obispos que sean todos varones santos; les pedimos solamente que parezcan varones. No pedimos a los Curiales que tengan la santidad; les pedimos que perciban y no persigan la santidad. No pedimos a lo sacerdotes que crean en el Evangelio; les pedimos solamente que enseñen el Evangelio: todo el Evangelio".
Por otra parte, en lo político, también es sumamente difícil ubicarlo. En efecto, mal puede afirmarse que haya sido de izquierda, recordando su ortodoxia. Es cierto, en el contexto de su expulsión, en el que se ganaba la vida dando conferencias, frecuentó a varios intelectuales de izquierda con los que entabló una cordial relación. Ejemplo de ello es el interesante Los zurdos y Castellani (Pablo Hernández). No obstante, a pesar de esa cordial relación, ninguno logró convencerlo de que apostatara. Al respecto, es célebre su respuesta a Leónidas Barletta: "Tengo fe en Cristo y en la Iglesia por El fundada, que creo indestructible".
Y bien, ¿era entonces Castellani de derecha? ¿Era el típico nacionalista católico? Es verdad, suele ser un autor especialmente leído por los nacionalistas. No obstante, luego del paso en falso de su candidatura a Diputando Nacional en 1946 por la Alianza Libertadora Nacionalista, su relación con ellos fue por demás de compleja debido a los tan conocidos vicios que los caracterizaron a lo largo de su vida política. Ahora bien, que no se sintiera cómodo entre los nacionalistas y que los criticara con su habitual sarcasmo, no significa que su labor intelectual no haya estado impregnada de un profundo patriotismo. Vinculado con lo anterior, el politólogo Marcelo Gullo se atreve a realizar un parangón entre la figura de Borges, como paradigma del intelectual "cipayo" y el Padre Castellani, como un pensador verdaderamente nacional.


EL CASO BORGES
Aquí es por demás de interesante dedicarle una mención especial a la relación con Borges. En su faceta de crítico literario, Castellani le dedicó unos cuantos conceptos, algunos elogiosos y otros, bastante ácidos, entre los que vale mencionar la "agorafobia" de la que lo acusaba y su calidad de "blasfemo tímido". Por otra parte, ambos, Castellani y Borges, compartieron junto a Ernesto Sábato y Horacio Ratti, el famoso almuerzo en la Casa Rosada con el presidente Videla. Lo cierto es que, luego del almuerzo, tanto Borges como Sábato destinaron elogiosos comentarios hacia Videla, en tanto que Castellani fue el único que se atrevió a interceder por el paradero de Haroldo Conti, ante el desesperado pedido de su pareja.
Para ir finalizando, vale destacar que no son pocos los que opinan que el Padre Castellani fue una especie de Profeta. En tal sentido, no está de más citarlo en el prólogo a uno de sus mejores libros (Su Majestad Dulcinea): "Hay que saber que el que escribe un libro de estos no escribe lo que quiere sino lo que le sale de la cabeza; la cual a veces parece como conectada con una voluntad imperiosa, que no es la propia."
Llegado este punto, si bien su obra es relativamente conocida, considerando lo enorme de su talento, podemos preguntarnos, al igual que Rodolfo Braceli: "¿Cómo es posible que Castellani continúe siendo casi desconocido en la Argentina?" Quizás en parte debido a la acción de quién le había comprado los derechos sobre su obra a la heredera, para vendérselos luego a un grupo de españoles, impidiendo que se editen aquí y costando una enormidad los editados en la Península.
Pero quizás también, citando a su biógrafo, por aquello de que nadie es profeta en su tierra; pareciera que los argentinos sufrimos de un mal por el cual sólo apreciamos algo argentino si antes resulta alabado por extranjeros (el Martín Fierro, el tango y el mismo Borges son ejemplo de ello).
Quizás, ahora que el lúcido y valiente español Juan Manuel de Prada anda aprovechando cuanta ocasión sea para difundir y alabar su obra, quizás, sea hora de que el Padre Castellani sea reconocido como lo que realmente fue, uno de los más grandes pensadores que ha dado la "Argentada Tierra".

lunes, 18 de febrero de 2019

SOBRE EL DISTRIBUTISMO. Este artículo fue escrito por Don Pedro Jiménez de León



Premisas básicas

Podemos ver tres puntos básicos en el distributismo, que serían:

La propiedad privada como punto de partida, pero no cualquier propiedad privada. Al contrario que sucede en el capitalismo, en el que unos pocos tienen una gran cantidad de propiedad productiva, en el distributismo se apuesta por que muchos tengan su pequeña propiedad productiva. Se apuesta por una propiedad productiva justamente distribuida, equitativa. Esto es: que cada familia sea dueña de su hogar y de su medio de producción, tratando de conseguir hogares autosuficientes. De esta manera, todo el mundo tendría unos beneficios acordes a sus verdaderas necesidades. Por supuesto, los primeros medios de producción son la agricultura y aquellos necesarios para procurarse el alimento. La idea es tener muchos pequeños hogares productores, en oposición a un único gran productor. ¿Qué ventajas tiene esto? Pues muchas. Para empezar, al ser el propietario el propio trabajador, el mismo puede realizar un trabajo creativo y dinámico y no estar sometido al aburrido y repetitivo trabajo de fábrica o de oficina. Y esto es muy importante si tenemos en consideración la naturaleza humana. El trabajo debe realizar a la persona, ser un fin en sí mismo. Nuestro trabajo debe ser capaz de realizar al espíritu humano, de tal manera que las personas -al trabajar- se sientan vivas y útiles y no como un medio para producir algo frío e inerte que no va con ellos; al contrario, el resultado final del trabajo ha de llevar inscrita su impronta, al igual que un artista. Esto no se consigue en las grandes fábricas con trabajos monótonos ni en las oficinas, con ese tipo de trabajo de masas que mata el alma y hunde a la persona. Otra ventaja fundamental es que al ser el trabajador su propio jefe, tendrá gran preocupación e interés por su bienestar, tanto material como mental y espiritual. El hecho de la explotación no se podrá dar y tampoco el de la pereza en el trabajo. Así, está asegurado el respeto a la dignidad humana del trabajador. Otra gran ventaja es que al haber un gran número de productores de mismos bienes y servicios el mercado se acercará inevitablemente al modelo perfectamente competitivo. Esto es, los precios vendrán dados por el mercado y los productores no podrán influir en él, consiguiéndose así un precio equilibrado. No habrá empresas con grandes cotas de poder o influencias políticas o sociales. Este mercado se autorregula y evita los monopolios y situaciones económicas injustas.

El distributismo sigue el principio de subsidiariedad, esto es, dicho de una manera sencilla, que lo que puede hacer una entidad más pequeña no lo haga una entidad más grande. La entidad más pequeña es el individuo, así es, que aquellas cosas que puede hacer el individuo no lo hagan grandes empresas. El principio de subsidiariedad debería regir tanto en la faceta económica como en la política. Este principio es básico y fundamental para el funcionamiento de un sistema distributista.

La tercera premisa, y muy importante, es la solidaridad. Pero no nos referimos a la solidaridad vana y falsa, sino a una muy profunda, que más bien yo llamaría caridad. Sería un gran cambio “de chip” en todas las mentes y es que el trabajo no debe buscar nuestro lucro personal, sino el bien común. Así, el Estado debe trabajar de manera subsidiaria para el bien común de cada comunidad. No importa si se pierde eficiencia en muchas cosas, lo importante es trabajar para y hacia el bien común, lo que es, tomar aquellas medidas que promuevan la virtud entre las personas y de esa manera su felicidad. El Estado debe asegurar la propiedad del sistema de producción de cada individuo o establecer empresas copropieatarias, de las que hablaremos más adelante.

El distributismo no rechaza que ciertos servicios como podría ser la seguridad social, la policía o el ejército se releguen al Estado y que éste asegure su correcto funcionamiento. Hay servicios que por sus características no son viables de llevar a cabo por la pequeña propiedad, por lo que deben relegarse al Estado, respetando siempre el principio de subsidiariedad.

Problemas de la actual tecnología
E.F. Schumacher hace un análisis sobre la actual tecnología y sus implicaciones y problemas. Ésta no está adaptada a la producción a pequeña escala y adolece de cuatro problemas. Estos son:

Tendencia al gigantismo: la actual tecnología tiende hacia una producción masiva y agigantada. Y cada vez más. Se produce más y se consume más. Y esto es absurdo, ya que se pretende seguir produciendo en masa infinitamente, cuando tenemos medios finitos. Algo tan obvio y que no se tiene en cuenta. Algún día el sistema colapsará por su propia lógica, los factores de producción son finitos y la producción tiende cada vez a más. El día que se acaben los factores de producción o que empiece a haber una escasez, el sistema se vendrá abajo. Y este sistema se sostiene en su mayoría por la energía fósil, que tarde o temprano acabará, ya que no es un recurso renovable. La solución es la energía nuclear, la cual es renovable pero que produce una contaminación que no se sabe tratar. La solución implica más problemas. Esta tendencia al gigantismo es la causa del problema. Si en vez de grandes medios para grandes poblaciones, pudiésemos usar, centrándonos en el tema concreto de la energía, algún sistema de energía renovable diseñado para pequeño tamaño, para cada hogar o pequeña industria, este problema no existiría. Y así en todos los ámbitos.

Complicación: la complicación de las industrias y de todos los niveles de la vida es efecto del gigantismo. Se producen bienes y servicios cada vez más complejos que los usuarios no pueden arreglar por sí mismos y dependen de otros. Y realmente hay niveles de complicación de las cosas que no son necesarios para nada, pero son más cómodos (por ejemplo, el elevalunas eléctrico).

Necesidad de grandes capitales: Esta tendencia al gigantismo y la complejidad de los medios de producción tienen la consecuencia de que hace falta ser millonario para poner en marcha una empresa. Esto –necesariamente- abre una brecha entre los propietarios y los trabajadores; los propietarios serán los que tienen gran cantidad de dinero y los trabajadores los que no. Los medios de producción están diseñados para hacer grandes producciones, están diseñadas para el gigantismo, además de lo cara que es la tecnología moderna por su complejidad, por lo que para montar una fábrica hace falta un capital enorme que difícilmente se puede tener e imposibilita la aparición de la pequeña empresa.

Además, la actual tecnología de masas es poco respetuosa con el medio ambiente. La explotación intensificada de los factores no renovables tarde o temprano se hará notar, así como la contaminación que produce.

Tecnología de alcance intermedio
Schumacher nos habla entonces de lo que él llamó la “tecnología de alcance intermedio”. Esta tecnología se funda en cuatro puntos:

No necesita un gran capital: ha de ser una tecnología sencilla, que -frente a las grandes maquinarias- tenga prioridad por las herramientas, de manera que para montar una fábrica no hagan falta gran cantidad de capital.

Esta tecnología se debe adaptar al lugar donde se va a realizar el trabajo.

Debe ser adecuada a la producción que se desea realizar. Como está pensada para la pequeña empresa, no habrá producciones de masas, por lo que tiene que lograr ser rentable en la pequeña producción.

Igualmente ha de ser respetuosa con el medio, no debe consumir de manera indiscriminada los factores no renovables y a su vez debe evitar la contaminación en la medida de lo posible.

Fábricas copropietarias
Una vez saciadas las necesidades básicas de la comunidad: alimentación, vestimenta, fabricación de casas, escuela, médicos, etc. es probable que se decida a realizar producciones más complejas, por ejemplo coches. Es difícil que un solo hogar, por muy numeroso que sea, se dedique a la fabricación de coches. Entra aquí en juego la fábrica copropietaria, que también nos narra Schumacher. Esto es, una fábrica de un tamaño limitado, la cual garantice el trato cara a cara entre los trabajadores y que no permita la masificación. La característica determinante de este tipo de fábrica es que todos los trabajadores son copropietarios y el sistema de gobierno de la empresa es democrático. De esta manera se asegura la alternancia en el gobierno de la misma, así como el respeto de los derechos fundamentales y el trabajo creativo y realizador en la misma. Esta fábrica a su vez es tan pequeña y elemental que su administración y contabilidad es sencilla de hacer, por lo que simplifica todo ese trabajo.

Implicaciones sociales y políticas
La sociedad de masas ha engendrado una sociedad impersonal y fría. Sólo hay que asomarse a las grandes ciudades y veremos millares de personas con prisa –no se sabe, ni saben porqué-, indiferentes unos de otros, donde la percepción que uno tiene de sí mismo, entre tanta gente, es de vacío y de soledad. Una ciudad o zona distributista arrancaría de cuajo este entorno de masas e impersonal. Cada hogar con su medio de producción, crearía un entorno pequeño, íntimo, una comunidad de personas donde todos están en relación. El trabajo realizador y sin el estrés de la empresa moderna da tiempo a mirar a la gente que pasa al lado nuestro e intercambiar alguna palabra. Fin de prisas, fin de estrés. Puede parecer algo insignificante esto, pero creo que es lo más significante. Tanto que se habla de la comodidad de la vida y del ocio hoy en día, pues éste es el factor determinante. Un entorno que facilite una vida relajada, agradable, que sea remanso de paz para el espíritu es una necesidad fundamental. Es necesario crear ese entorno adecuado para la vida humana, y la gran ciudad masificada no lo es. De esta manera se rompería con la percepción tanto del socialismo como del liberalismo de que el hombre es sólo un amasijo de células sin sentido y que por tanto da lo mismo dónde viva y qué haga, ya que su existencia se reduce a trabajar y producir. Pues no, el hombre está llamado a conocer a Dios, a realizarse como persona y vivir en armonía. A poder tener el encuentro con Dios en todas las facetas de su vida, incluido el trabajo. Y eso es imposible hoy en día en los actuales trabajos.

Por otra parte, el distributismo rompe con la concepción económica utilitarista y egoísta de Adam Smith. La idea no será producir para nuestro lucro personal, sino, al contrario, para ayudar a la comunidad. Una vez nuestras necesidades básicas estén satisfechas, nuestro trabajo sólo será completo cuando lo volquemos sobre las necesidades de la comunidad. Es la acción preferencial por los pobres que siempre ha manifestado la Iglesia. Este es un pilar fundamental de la concepción económica distributista y requiere un fuerte cambio de mentalidad, pero es fundamental. Pensemos que éste un sistema económico de bases católicas y ha de ser humano y hacia los demás, no al contrario.

Otra importante implicación es la política. Es un hecho que las grandes empresas tienen unas influencias importantísimas en la política. Tales influencias muchas veces marcan más la dirección de un gobierno que el propio voto de sus electores. Las inversiones de estas empresas en los partidos o el poder comercial que tienen son bazas determinantes en la política. Siguiendo un modelo distributista, estas bazas desaparecen. Al no haber unas pocas enormes empresas, sino un montón pequeñitas de propietarios diferentes, no habrá una influencia marcada sobre el interés de unos pocos grandes propietarios, sino de muchos propietarios que tendrán un interés común según los problemas de su industria y así con todas las industrias, por lo que la influencia será más justa y más distribuida.

¿Podemos hacer algo?
Chesterton nos indica que mantengamos siempre una puerta abierta, una ventana abierta, para que no nos ahoguemos. Nada tan sencillo como eso. Como normalmente no tenemos propiedades ni terrenos para empezar a hacer una pequeña empresa de alcance medio y producción media, para comerciar con otras pequeñas empresas, o un terreno para producirnos en gran medida nuestro propio sustento, etc. podemos ir hacia lo sencillo. Tener preferencia por el pequeño comercio frente al grande. En vez de ir al Mc Donalds –y no vayamos, más que sea por salud- vayamos a la pequeña hamburguesería. Evitemos que desaparezca el pequeño comercio. Esto implica evitar la “cultura de derroche”. Así también podemos dar a conocer el distributismo, una verdadera alternativa al sistema económico actual.

Esto es sólo un pequeñísimo e incompleto ensayo sobre lo que es el distributismo. Entre todos, y con la acción vivificadora del Espíritu, podremos traer el Reino de Cristo al mundo.

viernes, 8 de febrero de 2019

DESVELANDO AL VERDADERO SAN FRANCISCO DE ASÍS

El libro aborda a fondo y con abundante documentación la misma cuestión: el “espíritu del tiempo” y las ideologías de moda han deformado al santo de Asís, presentándonos una falsa imagen al gusto hodierno: buenista, pacifista, contrario a las Cruzadas, ecumenista, filomusulmán, ecologista, vegetariano y revolucionario.

Ante esta manipulación, el estudio de las fuentes históricas nos permite descubrir al verdadero San Francisco, un reformador combativo, austero, exigente, noble y generoso. Un santo medieval y “anti-moderno", como afirmó Chesterton, que, precisamente por este motivo es muy actual.

Vignelli señala que la manipulación tiene ya una larga historia. Al principio fueron los humanistas, los protestantes, los “libertinos” y los ilustrados quienes se burlaban de San Francisco, denigrándole como idiota, masoquista, alucinado, asocial. Estos ataques cambian a partir del Romanticismo, en que el santo pasa de insultado a elogiado… pero por falsas características. Así, se le presenta como campeón de un ascetismo anti-eclesial, de la herejía pauperista, del “pensamiento libre” masónico e incluso de la revolución socialista.

Se quiso trasladar a San Francisco la dialéctica modernista entre el “Cristo de la historia” y el “Cristo de la fe” y entre la “Iglesia primitiva” y la “Iglesia institucional". El “Francisco de la historia” sería un personaje profético que trató de crear una hermandad de “espíritus libres", liberados de las instituciones eclesiásticas y prontos para regresar al comunismo primitivo. Contra éste, se habría elaborado un “Francisco de la fe", impuesto por los Papas y encarnado en una orden religiosa sometida al poder de Roma. Pero el primero habría subsistido en las comunidades minoritarias disidentes, como las de los Espirituales y los Fraticelli. De aquí nace un Francisco imaginario, melancólico y sentimental, escéptico en materia dogmática y permisivo en moral, “abierto al mundo” y “amigo de todos".

Ya en 1921 el Papa Benedicto XV advirtió: «Ese personaje de Asís, invención puramente modernista, que algunos nos presentan recientemente como poco respetuoso con la Sede apostólica y como defensor de un ascetismo vago y vacío, no puede ser identificado con Francisco ni considerado como un santo».

Los puntos que caracterizan al Francisco imaginario y progre, y que Vignelli va destruyendo uno por uno, son los siguientes:


San Francisco no fue buenista

Francisco de Asís habría inventado un modelo de apostolado del mero “testimonio", negándose a recurrir no solo a cualquier tipo de polémica o condena, sino también a la imposición o la prohibición.

Pero la verdad es que San Francisco no sólo empleó palabras y formas suaves, sino también muy duras cuando lo creía conveniente. No disimulaba las culpas, sino que las mostraba tal cual. Ante el pecado, no empleaba excusas, sino amargos reproches. Además, Francisco solía estimular el santo temor de Dios amenazando con el castigo del infierno.

En la Segunda carta a los fieles escribe: «Los que aman las tinieblas más que la luz, negándose a observar los Mandamientos de Dios, son maldecidos por Él […]. En cualquier lugar, tiempo y manera en que el hombre muere en pecado mortal, el diablo […] le arranca el alma del cuerpo, causándole tal angustia y tribulación que nadie puede entenderlo si no lo ha sufrido […]. Así, el pecador pierde su alma y su cuerpo en su breve vida y termina en el infierno donde es atormentado eternamente».

Una curiosa anécdota acaba de destruir esa imagen buenista del Santo: solía entregar los frailes ingobernables en “manos del boxeador florentino", esto es, de un fraile de Florencia, fra Giovanni, que era conocido por su capacidad para dar puñetazos. Parece ser que el remedio era bastante eficaz.

San Francisco no fue pacifista

La paz que San Francisco predicaba está radicalmente alejada de la paz de los pacifistas y consistía en la conversión de la criatura al Creador. «La paz franciscana no es la paz que el hombre encuentra en sí mismo, sino la paz que el hombre encuentra en Dios cuando, […] en la humildad de un abandono perfecto, se confía solo a Dios», escribe Barsotti en su libro sobre el Santo.

Tras su conversión, Francisco adaptó su espiritualidad juvenil a su nueva misión de conquista religiosa, transfiriendo la batalla de lo natural a lo sobrenatural. Así, gustaba de presentarse como un “soldado de Cristo” y un “heraldo del gran Rey". Al contemplar a su Orden reunida en el primer Capítulo general, el Santo la describió en términos militares como “el ejército de los caballeros de Dios” y solía llamar a sus primeros compañeros “mis caballeros de la mesa redonda".

Y en su Primera Regla escribe que “los hermanos no lleven armas ofensivas, si no para defender a la Iglesia Romana, a la fe cristiana o a su tierra natal, o con el permiso de sus ministros“. O sea, que cuando estaba justificado, San Francisco no ponía reparo al empleo de las armas.

San Francisco no estuvo en contra de las Cruzadas

Al contrario, mostró un sincero entusiasmo y admiración por aquella empresa.
San Francisco no se limitó a decir bellas palabras, sino que quiso participar personalmente en la Quinta Cruzada, proclamada en 1213 por el Papa Inocencio III, para poder predicar a los musulmanes y ayudar a los cruzados ante los peligros físicos y especialmente espirituales a los que se enfrentaban.

Como recogió Fray Illuminato de Rieti, que acompañó a San Francisco cuando se presentó ante el sultán, éste le habría espetado lo siguiente: “Cuando invaden las tierras que has usurpado, los cristianos actúan con justicia, porque blasfemas del Nombre de Cristo y te esfuerzas por alejar de la verdadera Religión a tantas personas como puedes. Si, por el contrario, quisieras conocer, confesar y adorar al Creador y Redentor del mundo, los cristianos te amarían como a ellos mismos”. Cómo salió con vida de allí es realmente un milagro notorio.

San Francisco no fue “ecumenista”

Entiéndase, nos referimos a ese “ecumenismo”, falso si quieren, que apuesta por disolver todas las religiones en un sincretismo relativista. San Francisco fue especialmente virulento al enfrentarse contra la herejía cátara, especialmente odiosa para el Santo por cuanto negaba la bondad de la creación material.

De hecho, prohibió estrictamente que las personas sospechosas de herejía fueran aceptadas tanto en su Orden regular como en la Tercera Orden: «Si alguien, de palabra o con hechos, se aleja de la fe y de la vida católica, y si no se enmienda, sea expulsado totalmente de nuestra fraternidad», se recoge en la Primera Regla. Y en su Testamento exige que los frailes sospechosos de herejía o cisma sean encarcelados y entregados al cardenal protector de la Orden para ser investigados.

San Francisco no fue filomusulmán

Ya hemos hablado de su participación en la Quinta Cruzada, motivada por su intención inequívoca de “predicar la Fe de Cristo a los Sarracenos para favorecer su conversión“. Y en su Regla recoge la obligación de “Anunciar la palabra de Dios, para que [los incrédulos] pueden creer en Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en su Hijo Redentor y Salvador, a fin de que sean bautizados y convertido en cristianos, porque quien no nazca de nuevo por el agua y el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de Dios”.

Al enviar a los primeros frailes franciscanos a Marruecos, San Francisco les dio este mandato: “Jesucristo me ha ordenado que os envíe al país de los sarracenos, como ovejas en medio de lobos, para predicar y confesar su fe y combatir la ley de Mahoma. ¡Disponeos pues a cumplir la voluntad del Señor!“. Aquellos heroicos frailes llevaron a cabo con admirable radicalidad las órdenes de su Fundador: no se limitaron a “predicar la fe de Cristo y las enseñanzas del Evangelio", sino que les echaron en cara a los musulmanes su infidelidad al único y verdadero Dios, diciéndoles que: “Mahoma os guía por un camino falso y mentiroso que os llevará al infierno, donde ahora sufre ya tormento junto con sus seguidores”, tal y como recoge Giacomo da Vitry.

Cinco de aquellos hermanos fueron torturados y decapitados por el califa de Marrakech en enero de 1220 y exaltados por San Francisco como los primeros verdaderos frailes menores, algo confirmado por la Iglesia cuando los beatificó como mártires.

Y ya hemos explicado las palabras del Santo ante el sultán, quien, perplejo ante la sinceridad de Francisco, le pidió que orara para que Dios le aclarara cuál es el camino más seguro para la salvación.

San Francisco no fue ecologista

No al modo moderno, pues a amor a la Creación no hay quien le ganara. Pero en su Regla, escribe: «No debemos desear nada más, ni querer nada más, ni en nada más encontrar placer y deleite, si no en nuestro Creador, Redentor y Salvador, el único Dios verdadero, que es el sumo bien, y todo bien, y el único que es bueno».

«Y si él mismo pareció dejarse llevar por el más tierno amor hacia las creaturas, y «por más pequeñas que fueran» las llamaba «con el nombre de hermano y hermana» -amor que, por lo demás, si no se sale del debido orden no está prohibido por ninguna ley-, era movido a amarlas tan sólo por el amor de Dios, porque «sabía que todas ellas tenían con él un mismo principio», y porque veía en ellas la bondad de Dios » escribió Pío XI en Rite expiatis, 19. Y concluye el Papa : «El que fue heraldo de tan gran Rey, quiere a los hombres conformes con la vida evangélica y con el amor a la Cruz, y no sólo amantes y enamorados de las flores, las aves, los corderos, los peces, y las liebres».

Como escribiera B. Tomasso de Celano, su amor a la naturaleza era para «alabar en todo al Artífice divino, refiriendo al Creador todo aquello que admiraba en las criaturas […]. En la belleza de la Creación veía un reflejo de la suma Belleza celestial».

Y en su Cántico de las criaturas no encontramos ni rastro de veneración idolátrica a la “madre naturaleza", sino que Francisco reafirma la bondad intrínseca de las realidades terrenales en tanto obras de Dios; “teofanías” que manifiestan la bondad divina y permiten al hombre contemplar, en la belleza creada, la Belleza increada.

San Francisco no era vegetariano

Al contrario, tal y como numerosos episodios testimonian. Como cuando San Francisco invitó a sus discípulos a que comieran la carne que habían recibido como limosna, exclamando con alegría: “¡Como dice el Evangelio, comamos libremente la comida que recibimos!“.

El Santo gustaba de celebrar las Navidades con un almuerzo a base de carne y decía: «Cuando es Navidad, ¡no hay abstinencia que valga! Y si las paredes pudieran comer carne, ¡habría que dársela también a ellas!»

San Francisco no era revolucionario

Ya desde el inicio, Francisco ve su misión más bien como una restauración: no en vano el encargo del mismo Cristo había sido aquel “restaura mi casa”.

Francisco nunca animó a los pobres a rebelarse. A diferencia de los pauperistas, no estaba obsesionado con el problema de la pobreza económica, sino con el de la pobreza espiritual, tanto que a menudo repetía que hay que preocuparse no por las condiciones terrenas, sino por el destino en el otro mundo: “Hay que desear no tanto la salvación del cuerpo como la de las almas“.

Francisco no predicó ningún tipo de lucha de clases, sino que siempre trató de promover la concordia y armonía entre señores y súbditos. En su Asís natal se recuerda aún al Santo con gratitud también porque reconcilió las clases superiores e inferiores de la ciudad en el acto que tuvo lugar en noviembre de 1210 en el gran salón del Ayuntamiento.

En cuanto a un presunto compromiso político de San Francisco, hay que recordar que prohibió a sus frailes cualquier injerencia en asuntos estrictamente sociales o económicos: “¡Que los frailes no se inmiscuyan en cuestiones temporales!“. Si necesitásemos alguna prueba de su carácter no revolucionario bastaría recordar esta admonición suya: “No es lícito tomar las cosas de otros o distribuir a los necesitados la propiedad de otros“.

Lo decíamos al principio, el verdadero San Francisco no ha perdido ni un ápice de actualidad.

martes, 29 de enero de 2019

EL QUE VUELVE -Leído y recomendado para usted-

En el Tercer y último Libro encontramos el magistral estudio del P. Rovira que apareció en el diccionario Espasa, bajo la voz Parusía. Un profundo y largo estudio donde se encuentra el planteo del problema y posterior desarrollo del tema tratados con gran erudición y que debería ser material de consulta obligada.
Si bien, como se indica en el prólogo y contrariamente a lo que creíamos, el P. Alcañiz había ya publicado una pequeña separata con este estudio, sin embargo, se trata de una rara avis, con lo cual creemos que el editor ha prestado un gran servicio a quienes nos interesamos por estos temas; quienes hemos leído las dieciocho columnas, a dos por página, en letra pequeña, publicado por Espasa no podemos menos que sentirnos agradecidos por esta publicación.
Como se vé, se trata de tres estudios similares en cuanto al tema, pero cada uno presenta un cierto matiz que es importante señalar:
El libro de Chasles sirve perfectamente para introducir con él a aquellos que no tienen más que un conocimiento superficial, cuando no confuso y hasta erróneo, del tema. Hermosa obrita que lo lleva a uno a gustar las hermosuras de las Escrituras y la dulzura y consuelo del Reinado futuro de Jesucristo.
El artículo de Pinsk es ideal para quienes aman la liturgia y nutren con ella su vida espiritual. Es muy edificante e ideal para leerlo en tiempos de Adviento-Epifanía, aunque claro está que cualquier momento puede ser oportuno.
Por su parte, el artículo del P. Rovira es de un mayor nivel teológico que los anteriores y trata el tema con una maestría a la altura de los grandes exégetas católicos del siglo XX y supone en el lector un cierto conocimiento previo del tema.
El Libro está precedido por una introducción y termina con una bibliografía sugerida.
El prólogo, además de darnos una pequeña noticia de la vida de los diversos autores, nos informa sobre una hermosa anécdota acaecida en la Argentina y que involucra a reconocidas personalidades.
El Libro se cierra con la bibliografía y debemos confesar que hubo más de un autor que desconocíamos por completo.
No queremos terminar esta pequeña recensión sin permitirnos decir dos palabras sobre uno de esos libros: se trata de Voici Je viens escrito por M. Chasles (ver AQUI).
Es un libro escrito trece años después que el que aquí reseñamos y se nota que no han pasado en vano. Se vé a la Autora con mayor seguridad, pisando más firme y con un manejo más suelto de las Escrituras. Es un hermoso libro donde la Autora pasa revista en la primera parte al sentido típico desde Adán hasta los Profetas para continuar desarrollando todo el Nuevo Testamento.
Como bien lo indica el Editor del libro, Chasles modificó en Voici Je viens una postura que había expresado anteriormente aquí. Dice la Autora que después de haber escrito el primer libro, pero antes del decreto del `44, había llegado a la conclusión que el Reino de Nuestro Señor no iba a ser visible y aprovecha para hacer notar su cambio de postura. Feliz cambio de opinión, creemos, y en consonancia con los mejores autores (Lacunza, Van Rixtel, Ramos García, etc.), como así también con las directivas del Santo Oficio que, como bien indica la Autora, no tuvo problemas en adherir por completo dado que ese era ya su pensamiento.
Esperemos que algún día alguien pueda animarse a hacer la traducción de este otro libro de M. Chasles que seguramente no le ha de faltar editor…
En fin, ya para terminar, sólo resta agradecer a la editorial Vórtice por la publicación de este libro, de gran actualidad, dirigido a toda clase de personas y que ciertamente no debería faltar en ninguna biblioteca de todos aquellos que nos interesamos por todos estos temas, tan difíciles, pero a la vez tan consoladores en estos aciagos y, a no dudarlo,hermosos tiempos que nos ha tocado vivir.

lunes, 12 de noviembre de 2018

SANTA MISA Y MENSAJE DE NAVIDAD 2017

En el pesebre contemplamos a Aquél que se despojó de la gloria divina para hacerse pobre, movido por el amor al hombre. mientras todas las frentes de los cristianos fieles se disponen a inclinarse y todas las rodillas a doblarse en adoración ante el inefable misterio de la misericordiosa bondad de Dios, que, en su caridad infinita, quiso dar como don supremo y augusto, a la humanidad, su Hijo unigénito. La estrella indicadora de la cuna del Redentor recién nacido desde hace veinte siglos resplandece todavía maravillosa en el cielo de la Cristiandad. Agítense los pueblos, y las naciones conjúrense contra Dios y contra su Mesías (Sal 2, 1-2.); a través de las tempestades del mundo humano, la estrella no conoció, no conoce ni conocerá ocasos; el pasado, el presente y el porvenir son suyos. Ella enseña a no desesperar jamás: resplandece ante los pueblos incluso cuando sobre la tierra, como sobre un océano rugiente por la tempestad, se amontonan negros nubarrones, cargados de ruinas y de calamidades. Su luz es luz de consuelo, de esperanza, de fe inquebrantable, de vida y de seguridad en el triunfo final del Redentor, que desembocará, cual torrente de salvación, en la paz interior y en la gloria para todos aquellos que, elevados al orden sobrenatural de la gracia, habrán recibido el poder de hacerse hijos de Dios, porque de Dios han nacido.
Es verdad, que, si nuestros ojos no mirasen más allá de la materia y de la carne, apenas si podrían encontrar motivo alguno de consuelo. Difunden, sí, las campanas el alegre mensaje de Navidad, se iluminan las iglesias y capillas, los cánticos religiosos alegran los espíritus, todo es fiesta y ornato en los sagrados templos; pero la humanidad no cesa de desgarrarse en una guerra exterminadora. En la sagrada liturgia resuena sobre los labios de la Iglesia la admirable antífona: Rex pacificus magnificatus est, cuius vultum desiderat universa terra («Ha sido glorificado el Rey pacífico, cuyo rostro desea ver toda la tierra». [Breviario romano, antífona 1ª vísperas de las de Navidad])

La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz. No una luz total, como la que inunda todo en pleno día, sino una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que se propaga, como representan bien tantos cuadros de la Natividad. Él es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. Es un encuentro con la Vida inmortal, que se ha hecho mortal en la escena mística de la Navidad; una escena que podemos admirar también aquí, en esta humilde capilla, así como en innumerables templos y capillas de todo el mundo, y en cada casa donde el nombre de Jesús es adorado.

La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes…, todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su «sí» como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino. 
Jesús mismo lo dice en su predicación: estos son los pobres de espíritu, los afligidos, los humildes, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por la causa de la justicia (cf. Mt 5,3-10). Estos son los que reconocen en Jesús el rostro de Dios y se ponen en camino, como los pastores de Belén, renovados en su corazón por la alegría de su amor.

Queridos fieles, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador» (cf. Tt2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero… que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, «no hay otro Dios fuera de mí» (Is 45,22). Venid a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; venid a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.
Vayamos, pues, hermanos. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.