martes, 6 de octubre de 2026

Los Cambios Litúrgicos del Papa Pío XII.. (¿Un Católico puede rechazar las Leyes promulgadas por un Papa legítimo? Por elPadre Dominic Radeck



El Papa Pio XII promulgó varios cambios litúrgicos, entre otros están los siguientes:

1) Por muchos siglos la Iglesia Católica requirió que las personas estuviesen en ayunas desde la medianoche sin comer ni beber nada, incluso agua, antes de la recepción de la Comunión. En 1950 el Papa Pio XII cambió las leyes del ayuno para una hora para las bebidas no alcohólicas y tres horas para comidas y bebidas alcohólicas. Se puede tomar agua y se pude tomas medicamentos a cualquier hora antes de recibir la Sagrada Eucaristía. El resultado de esas mudanzas viene a ser que los católicos pueden recibir a Nuestro Señor en la Santa Comunión más frecuentemente. Los sacerdotes americanos que a menudo rezan varias Misas o Misas vespertinas en el Domingo apreciaron estos cambios.

2) Su Santidad permitió la celebración de la Misa a la tarde y a la noche — un cambio muy notable en comparación con la observancia anterior.

3) En 1955 él simplificó las rúbricas del Breviario Romano y del Misal cambiando la clase de algunas fiestas y descartando algunas octavas y vigilias. Él implemento al Breviario las reformas el Papa San Pio X hizo para el Breviario Monástico.

4) En 1955 el Papa Pio XII aprobó la Nueva Semana Santa, en la cual se restauró algunas de las ceremonias que fueron alteradas a través de los años. Además él la hizo más fácil para concurrencia de los trabajadores en las ceremonias del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual volviéndolas a su tiempo original y apropiado. En los tiempos apostólicos la Iglesia Católica celebraba la liturgia del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual “en las mismas horas del día en que aquellos sagrados misterios ocurrieron. Así, la institución de la eucaristía tuvo lugar en el atardecer del Jueves Santo, la Pasión y la Crucifixión tuvieron lugar en las horas después del mediodía del Viernes Santo y la Vigilia Pascual ocurrió en la noche del Sábado Santo, terminando a la mañana del día de Pascua con el jubilo de la Resurrección de Nuestro Señor.”

“Durante el Medio Evo… [la Iglesia], a causa de varias razones pertinentes, comenzó a hacer en horas más tempranas las performances litúrgicas en aquellos días, luego hacia el final de aquel periodo todos esos servicios litúrgicos han sido transferidos a la mañana. Esto no tuvo ligar sin detrimento del significado litúrgico y confusión entre las narraciones Evangélicas y la ceremonias litúrgicas adjuntas a ellas” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre, 1955).

Los servicios litúrgicos solemnes del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual eran llevados a cabo a la mañana en Iglesias casi vacías porque pocos podían atender a ellas. Colegiales tenían que suplantar a los hombres en la ceremonia del lavado de los pies en el Jueves Santo porque estos tenían que trabajar. Debido a la restauración de la semana Santa hecha por el Papa Pio XII las Iglesia ahora están llenas y los fieles vienen en gran número para asistir las ceremonias y recibir la Santa Comunión.

En 1951 el Papa Pio XII restauró la Vigilia Pascual para la noche, su propio tiempo:

“Por siglos la Iglesia ha visto la incongruidad de la celebración de la Vigilia Pascual — un servicio cuyo textos [v.gr. el alleluia] y simbolismos [v.gr. Lumen Christi] obviamente se inclinan hacia las horas de la noche — en tempranas horas de la mañana del Sábado Santo cuando ciertamente Cristo no había surgido todavía. Que esto no ha sido siempre así está probado históricamente fuera de toda duda.
(John Miller, C.S.C, “The History and Spirit of Holy Week”, The American Ecclesiastical Review, p.235.)

El Papa Pio XII redujo el número de las lecciones recitadas de doce para cuatro, volviendo a la práctica de San Gregorio Magno. El Papa ordenó que el ayuno de la Cuaresma concluyese a la medianoche del Sábado Santo en lugar de a la tarde para que completase los 40 días de ayuno, y no 39 días de ayuno. Esta ley disciplinaria asegura que el Sábado Santo retenga su carácter de tristeza por la muerte de Nuestro Redentor que yace en el Santo Sepulcro.

5) En 1954 el Papa Pio XII hizo una revisión del Oficio Divino, omitiendo varias oraciones, como el Padre Nuestro, el Ave-María y el Credo antes de las horas, las preces en Laudes y Vísperas con algunas excepciones, el largo Credo Atanasiano, a excepción del día de la Santísima Trinidad, etc. De acuerdo con la Sagrada Congregación de Ritos, el objetivo propuesto de estas modificaciones era “para reducir la gran complejidad de las rubricas a una forma más sencilla”.

El Papa San Pio X ya había introducido algunos de esos cambios en el Breviario Monástico. A través de la influencia de los Benedictinos, el Papa Pio XII las extendió para todo el clero. Por la simplificación de las rubricas y la disminución de las oraciones, el Breviario pasó a ser más fácil para que los sacerdotes llevasen a cabo fiel y devotamente su obligación de recitar todos los días el Oficio Divino. El clero recibió de muy buena gana estos sabios cambios.

El Papa Pio XII aprobó y promulgó oficialmente estos cambios. Bugnini no tenía autoridad para promulgar nada. Referirse a la Nueva Semana Santa como si fuera la liturgia de Bugnini es cosa poco ingeniosa y hasta deshonesta intelectualmente hablando. Cualquier que sea el rol que haya tomado, eso no obscurece el hecho de que varios cardinales y liturgistas ortodoxos tuvieron envolvimiento en los preparativos de estos cambios.

La Sagrada Congregación de Ritos fue establecida para dirigir la liturgia de la Iglesia Latina. Por Iglesia Latina se entiende aquella parte de la Iglesia Católica, de lejos la mayor, que usa el latín en sus ceremonias. El Papa Pio XII estableció una comisión “para examinar la cuestión de la restauración del Ordo de la Semana Santa y proponer una solución. Obtenida la respuesta, Su Santidad decretó, como la seriedad del asunto demandaba, que la cuestión en su totalidad fuese sujeta a un especial examen hecho por los Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos.”

[Cuando los Cardenales se reunieron en el Vaticano en 1950,] “ellos consideraron a fondo el asunto y votaron unánimemente que el Ordo de la Semana Santa restaurada fuera aprobada y prescrita, sujetos a la aprobación del Santo Padre. Acto continuo, habiendo sido detalladamente reportada al Santo Padre por el… Cardenal Prefecto, Su Santidad se dignó a aprobar lo que los Cardenales habían decidido. Entonces, por especial mandato del mismo Papa Pio XII, la Sagrada Congregación de Ritos ha declarado lo siguiente… [dando directivas específicas, incluso:] Aquellos que siguen el Rito Romano están obligados… a seguir el Ordo de la Semana Santa Reformada, expuesto en la edición oficial del Vaticano” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre de 1955).

De acuerdo con el Papa Pio XII, la reformas litúrgicas que él promulgó fueron “un signo de la disposición providencial de Dios en la moción del Espíritu Santo a la Iglesia para los tiempos presentes” (The Assisi Papers, Procedentes del Primer Congreso Internacional de liturgia pastoral, Asís-Roma, 18 al 22 Septiembre, 1956, p. 224). Cristo dijo a San Pedro y a todos sus sucesores legales, “Aquel que os oye, a mi me oye.” (Lucas 10:16). El tema en cuestión es la obediencia a la legítima autoridad suprema de la Iglesia Católica. Un verdadero Papa aprobó estos cambios. Debemos aceptar estos cambios como legales y dignos de seguimiento salvo que podamos probar que el Papa Pio XII no fue un verdadero Papa.

El que diga que el Papa Pio XII no aprobó la Semana Santa Restaurada, lo dice sin fundamento. Es ridículo decir que el Papa Pio XII no tenía idea de que la Sagrada Congregación de Ritos y todo el mundo Católico estaban haciendo respecto a la Semana Santa. ¿No es este el mismo argumento que algunos usan para defender a los “papas” posconciliares — que desde la muerte del Papa Pio XII, los “Vicarios de Cristo” no han tenido idea de lo que pasaba en la Iglesia Católica? El argumento que dice que él era ya anciano o tenía cualquier otra discapacidad para regir la Iglesia es también completamente absurdo por lo claro de sus últimas encíclicas, directivas y discursos en el mismo año de su fallecimiento.

El Papa Pio VI estigmatizó como “al menos errónea” la hipótesis “de que la Iglesia podría establecer una disciplina que fuera peligrosa, prejudicial, conducente a la superstición o al materialismo.” (Dz. 1578). En la sección 22, canon 7, el concilio de Trento condenó a cualquiera que diga que las ceremonias de la Iglesia son un estimulo a la impiedad más que a la piedad.

Los cambios introducidos por el Papa Pio XII son legales, santos y conducentes a la santificación y salvación de las almas. La Iglesia Católica ha enseñado consistentemente que un Papa válido no puede promulgar una ceremonia o ley litúrgica que sea prejudicial a la fe y a la piedad y que desagrada a Dios. En tales decisiones el Papa es protegido por la infalibilidad.

Los teólogos enseñan que las leyes disciplinarias universales y los cambios litúrgicos son objetos secundarios de la infalibilidad. Esto está claramente explicado por Monseñor Van Noort: “El bien conocido axioma, Lex orandi est lex credendi (la ley de la oración es la ley de la creencia), es una especial aplicación de la doctrina de la infalibilidad de la Iglesia en materias disciplinares. Este axioma dice en efecto que la formula de la oración aprobada para el uso público de la Iglesia universal no puede contener errores contra la fe y moral” (Christ’s Church — La Iglesia de Cristo — p.116).

Los cambios litúrgicos del Papa Pio XII — la institución de la festividad de San José Obrero, la restauración de la Semana Santa, las leyes para el ayuno Eucarístico, etc. — no son pecaminosas. Se alguno dijere que ellas son heréticas o pecaminosas, éste estaría acusando la autoridad doctrinal infalible de la Iglesia de prácticas sacrílegas y errores doctrinales que corrompen la fe, comprometen sus doctrinas y perjudica a las almas. Tal acusación negaría que Cristo proteja a Su Iglesia y sagrada liturgia de ella del mal y del error.

El Papa Pio XII prohibió sin excepciones, en un leguaje más preciso, a los sacerdotes de usar la liturgia antigua. Él condenó también el anticuarismo (arqueologismo), es decir, la práctica de volver a las observancias litúrgicas primitivas por la no conformidad con las rubricas concurrentes y con las leyes eclesiásticas, que en tal ocasión sería implícita la no actividad del Espíritu Santo en la conducción de la Iglesia. Ni siempre lo más antiguo es mejor, especialmente cuando desafía las órdenes de un verdadero Papa.

El motivo por el cual nosotros seguimos los cambios litúrgicos del Papa Pio XII es la autoridad infalible de la Iglesia de enseñar. Los cambios fueron autorizados por un Vicario de Cristo infalible y fueron promulgados oficialmente para remplazar los antiguos ritos y leyes existentes. Ya que el Papa Pio XII era un Papa verdadero, debemos obedecer sus órdenes respecto a la sagrada liturgia. La obediencia es lo más seguro, lo más consistente y la regla de ortodoxia.

Por otro lado, aquellos que aceptan a Pio XII como un verdadero Papa mientras rehúsan aceptar sus decretos litúrgicos, demuestran rebeldía y desobediencia. Recogiendo y eligiendo lo que ellos quieren, ellos se ponen a sí mismos como la suprema autoridad de la Iglesia Católica. Ellos se adjudican el derecho de juzgar al Papa, cerniendo lo que él enseña y decidiendo lo que van a obedecer y lo que van a rechazar. Recoger y escoger lo que se va obedecer y lo que se va a rechazar es un error. Es un sello de rebelión le negar obediencia al verdadero vicario de Cristo; rebelión en materia de obediencia a la legítima autoridad es siempre un peligro para la Fe.

El Galicanismo fue una herejía contra la jurisdicción papal, que tendía a limitar los poderes del Papa. Comenzó al principio del siglo XV y se desparramó por toda la Europa. Acto continuo, muchos europeos perdieron su censo de obediencia al Papa. En 1682 el clero francés formuló los Cuatro Artículos que se hicieron obligatorios para todas las escuelas y para todos los maestros de teología. Los cuatro artículos estatuyeron que el juicio papal carece de valor sin el consentimiento de la Iglesia. Los Papas Alejandro VIII y Pio VI y el Concilio Vaticano condenaron el Galicanismo. Tristemente, el espíritu del Galicanismo prevalece hoy día.

Aquellos que rechazan los cambios litúrgicos del Papa Pio XII son inconsistentes. Si ellos aceptan a Pio XII como papa, deben reservar su propia opinión acerca de la liturgia de él, echar a un rincón sus gustos y disgustos litúrgicos y simplemente obedecerlo. La mentalidad católica es obedecer a los superiores legales en todo, excepto en el pecado.

El espíritu de obediencia a la autoridad legítima fue expresada por la madre de Lucia, una de los niños de Fátima. Cuando la madre de Lucia fue cuestionada sobre el porqué el nuevo párroco no permitía danzar y el antiguo sí lo permitía, ella contestó: “Yo no sé porque el antiguo párroco permitía y el nuevo no. Si el nuevo párroco no quiere las danzas, mis hijos no danzarán.”

Concluiremos con un discurso del Papa San Pio X a los sacerdotes de la Unión apostólica:


“Cuando uno ama al Papa, uno no se queda a debatir sobre lo que él aconseja o manda, no pregunta hasta donde se extiende el riguroso deber de obedecer y no marca los límites de esta obligación. Cuando uno ama al Papa, uno no objeta que él no ha hablado con toda claridad, como si él fuera obligado a repetir su voluntad en el oído de cada uno lo que muy a menudo expresa no sólo viva voce, sino también por cartas y otros documentos públicos; uno no pone en duda sus órdenes so pretexto — fácilmente usado por cualquiera que no quiera obedecer — de que ellas no emanan de él, sino de sus legados; uno no limita el espacio en el cual podemos y debemos ejecutar su voluntad; uno no se opone a la autoridad del Papa porque otras personas, letradas quizás, difieren de la opinión del Papa. Además, no obstante su gran conocimiento, su santificación está en espera, porque no puede haber santidad donde hay discordancia con el Papa.”
(AAS 1912, p. 695)

Acordarnos hemos de que todo esto incumbe al legítimo y válido Papa elegido; esto no se aplica a un hereje o un “papa” electo inválidamente — un falso papa.


Fuente: Sito del CMRI


viernes, 23 de enero de 2026

«El derecho a la rebeldía: el ejemplo de los Cristeros mejicanos» - Eugenio Vegas Latapié (1907-1985)


Estas dos únicas actitudes que hoy pueden adoptar los auténticos católicos se practicaron también en el siglo XVI. Los soldados de Felipe II que luchaban en Flandes y en Lepanto fueron el instrumento de que la Providencia se sirvió para que no quedara la religión católica barrida de todos los Estados ante las acometidas del protestantismo y del islam, en tanto que los frailes españoles, amparados por la espada de los conquistadores, daban a Roma veinte pueblos por cada uno de los que le arrebataba la herejía. La otra actitud, igualmente lícita e individualmente más admirable, fue la observada por los católicos ingleses frente a los impíos designios de Enrique VIII y de su hija adulterina Isabel. Cinco cartujos inician la santa teoría que había de contar seiscientos mártires que prefieren perder la vida a obedecer los deseos ilícitos de los reyes herejes; pero estos sacrificios no pudieron impedir que la herejía se impusiera en toda Inglaterra y que tardara más de dos siglos en volver el catolicismo a dar públicas señales de vida en el país.



Los católicos mexicanos han vuelto a empuñar la espada que, en 1929, por obediencia a la autoridad eclesiástica, se vieron obligados a enfundar a conciencia de que por esta causa muchos de ellos habían de perder su vida. Y esta vez, aleccionados por el cruelísimo tropiezo pasado… saben a dónde van y hasta dónde alcanzan sus derechos de ciudadanos y de católicos. Fechado el 12 de diciembre de 1934 en San Antonio de Texas, el Delegado Apostólico en México, monseñor Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia, dirigió una instrucción al Episcopado, clero y católicos de México, que remitió igualmente a todos los obispos esparcidos por todo el mundo «a fin de que todos los católicos de la tierra –son palabras del Delegado Apostólico– conozcan nuestra situación y pidan a Dios el remedio de nuestros males», en cuya Instrucción, en su apartado II leemos: «Por esto, en nombre de Dios y de nuestro santísimo Padre el Papa Pío XI, y de acuerdo plenamente con el venerable Episcopado Mexicano, damos las siguientes normas de conducta, según las cuales obraremos los Prelados y deberán también obrar el Clero Secular y Regular y todos los fieles:

»1º. La Iglesia Católica no reconoce ningún poder humano que le pueda impedir nada de lo que Ella misma juzgue necesario para la salvación de las almas; por lo mismo, en las cosas espirituales, a nadie está subordinada…

»Por lo mismo no debe de extrañarle al Gobierno que siempre que dé una orden atentatoria contra los derechos que la Iglesia tiene, como Sociedad perfecta que es, se hagan las debidas protestas; pues no porque la fuerza y la violencia nos impidan el libre uso de nuestros derechos dejen éstos de existir, y por lo mismo de clamar justicia. Deberá, pues, protestarse siempre contra todo acto atentatorio de las libertades inalienables de la Iglesia, haciendo esto con toda prudencia y con todo valor cristiano.

»2º. Teniendo como tiene la Iglesia la misión de civilizar, siendo como es Madre de los pueblos libres, necesariamente debe hacer saber y recordar a sus hijos que tiene grave obligación de trabajar y de sacrificarse por la libertad de México en todos los órdenes y valiéndose de todos los medios, con tal de que se guarden siempre las normas inmutables de la moral y de la justicia. El peligro del comunismo es inminente, y sólo la acción decidida, unánime y constante de todos los buenos mexicanos podrá salvar a nuestra desventurada Patria.

»Las normas de su Santidad, si se cumplen debidamente, producirán, sin duda, excelentes resultados. Por lo que se refiere al uso de medios violentos, como sería el recurso a las armas, ni el Episcopado ni el Clero debemos entrometernos, promoviéndolo o prohibiéndolo».

¿Quiénes son los insensatos que sostienen que la Iglesia prohíbe defender la Religión y la fe de los niños y de las generaciones futuras con las armas en la mano? Si nos es lícito e incluso legal, luchar por defender nuestros bienes y derechos materiales, ¿cómo no iba a ser lícito luchar y morir en defensa de los valores espirituales y eternos?

Tras dos siglos de ideología enciclopedista y liberal que terminaron por materializarlo todo, incluso los ideales de los que nos decimos católicos, vuelve la luz de la verdad a dejarse ver y a pregonar por todas partes que sólo a fuerza de sacrificios y de sangre se hacen las cosas grandes. El nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, en Hacia la Cruz del Sur, lanza desde su Patria una ardiente plegaria que va encontrando eco en todos los pechos jóvenes y generosos. Dice así el heredado grito conquistador:

¡Ay Virgencita! que luces

ojos de dulces miradas:

pues viste venir espadas

que dieron paso a las cruces,

¡mira tus tierras amadas!

y si hoy arrancan las cruces,

¡brillen de nuevo las luces



del filo de las espadas!

«Todo hombre que está decidido a morir –escribía Edouard Drumont– puede influir en los acontecimientos. Detrás de todos los acontecimientos hay un hombre que está decidido a morir…».

Nadie sabe nada de lo que pasa en México. Parece que no sólo no lo sabemos, sino que tampoco queremos saberlo. Y, sin embargo, no sólo tenemos obligación de enterarnos, sino que, además, deberíamos de haber acudido en ayuda de nuestros hermanos los católicos mexicanos, víctimas desde hace varios lustros de las más crueles y refinadas persecuciones. Pero los católicos en general, y más especialmente los católicos españoles, vivimos totalmente ajenos a la constante vigencia del divino precepto del amor al prójimo. Si permanecemos totalmente indiferentes a que en nuestra misma casa, calle o ciudad, sea mayor cada día el número de las personas que desconocen el nombre de Dios y sus enseñanzas sapientísimas y a que sea enormemente superior el número de quienes desean instruirse en las verdades de la fe que el de maestros dispuestos a enseñarla, ¿cómo nos vamos a interesar por la suerte de los católicos mexicanos? ¡Amaos los unos a los otros! ¡Ama al prójimo como a ti mismo! Son preceptos fundamentales que Nuestro Señor promulgó durante su vida mortal y, sin embargo, en la práctica, no hay preceptos que con más constancia y universalidad se conculquen que éstos. Es inútil que nada ni nadie intente romper la rutina materialista de las sociedades contemporáneas. ¡Qué nos importa que un poder tiránico sojuzgue a un pueblo, persiga y asesine a los sacerdotes, destruya los templos, deshaga hogares y prepare conscientemente la sistemática corrupción de la infancia y de la juventud! ¡Qué nos importa que, cuando nuestros hermanos los católicos mexicanos, en cumplimiento de sagradas obligaciones se vieron forzados a lanzarse al campo para defender virilmente la fe de sus hijos y los derechos imprescriptibles de la Religión y de la Patria, carecieran de armas, de dinero e incluso de apoyo moral! El mundo católico contempla insensible el martirio de un pueblo creyente, y desde las columnas de sus rotativos, servidos por el sectarismo de las agencias yanquis, califica de «bandidos» y «criminales» a los héroes de la epopeya que con su sangre generosa están escribiendo en estos momentos los católicos mexicanos.

El 12 de febrero de 1929, el Obispo de Huejutla lanzó desde el destierro un conmovedor documento, que titulaba Mensaje al mundo civilizado, en el que, para nuestra vergüenza, podemos leer lo siguiente:

«¿Será posible que el mundo civilizado nos siga mirando aún con el más irritante desprecio?

»Ya en nuestro anterior Mensaje decíamos que, fuera del Augusto Pontífice de la Cristiandad, que sí se ha preocupado verdaderamente por México y hecho todo lo humanamente posible por aliviar nuestra inmensa miseria, todos los pueblos que integran la gran familia cristiana nos han mirado con la más completa indiferencia.

»Al presente, después de más de dos años de prolongada agonía, en que hemos perdido lo más granado de nuestra juventud y consumido en la lucha gran parte de nuestra energía; después de haber demostrado con la elocuencia de los hechos que los mexicanos sabemos morir por la fe y por la libertad, y de haber desmentido solemnemente los embustes del tirano que soñaba acabar para siempre con la Religión de nuestros padres; después de haber probado, en pleno siglo XX, que la Religión Católica, Apostólica Romana es la única resurrección para el mundo en medio del naufragio universal, éste no ha sabido tener ni siquiera una palabra de aliento para los heroicos católicos de México, ni un gesto de indignación para la casta de asesinos y bandidos de todo progreso y de toda civilización que nos esclavizan».

Y continúa, enardecido, el ejemplar Prelado: «Sería un crimen en los Estados Unidos, por ejemplo, enviar armas y parque a los libertadores, aunque no lo sea el apoyar con todas las fuerzas a los facinerosos que desgarran las entrañas del pueblo mexicano.

»No sabemos qué pánico se apodera en estos momentos de toda la familia humana que impide tender una mano generosa a un pueblo civilizado que sucumbe en las garras de la tiranía y del despotismo. Nosotros creemos que es vano temor a los grandes de la tierra; pero esto mismo causa en nuestro ánimo la más profunda tristeza, porque vemos que el mundo actual retrograda violentamente al paganismo arrastrado por la corriente impetuosa de la fuerza bruta.

»El mundo civilizado ha sido muy cruel para con el pueblo mexicano. Viéndole aherrojado, azotado y herido de muerte por sus poderosos enemigos, lo ha abandonado y despreciado; viéndole caído en tierra, ha seguido de fiesta con sus verdugos, celebrando y aplaudiendo los actos de barbarie y salvajismo que ignoraron los siglos pasados».

Pero ¿qué sucede en México? La historia de la República mexicana sería, aproximadamente, la misma relación de revoluciones, motines y tiranías que la que constituye la de las demás repúblicas hispanoamericanas, de no tener la vecindad espantosa del monstruo yanqui, dedicado, desde la independencia de México, a descristianizar este país y a asegurar por todos los medios la estabilidad de los demagogos en el poder. El territorio mexicano ha sido, desde siempre, presa codiciada de todos los políticos norteamericanos, que en el desorden interior y la total descatolización del país ven los medios indispensables de adueñarse de él por completo. La enemistad a la Religión católica por parte de los políticos yanquis ha sido constante desde la independencia de México, por estimar indispensable la muerte del catolicismo para acabar con el espíritu nacional y hacer posible que todo México siga la suerte de California y Texas.

La persecución religiosa se inicia poco después de la independencia, como consecuencia de la instauración de las instituciones liberales y democráticas, que, como en todos los demás países, ha llevado aparejada la guerra a la Iglesia. La persecución religiosa se presentaba, al correr de los años, unas veces con formas crueles y otras persiguiendo solapadamente sus designios; pero al subir a la presidencia Plutarco Elías Calles se decidió la destrucción radical y completa de la Religión católica en México. Pacientes y sumisos hasta entonces, los católicos tratan de impedir que se les prive de sus últimas libertades, y, al efecto, dentro de la legalidad y fieles a la más pura doctrina democrática, elevan innumerables solicitudes, peticiones y protestas a los poderes públicos, algunas de las cuales iban autorizadas por millones de firmas. Pero todo fue inútil. Al fin, cuando se creyeron cargados de una razón que desde un principio les había asistido, tras no poco tiempo perdido en esas ingenuas reclamaciones, decidieron acudir a las vías de hecho, a esas peligrosas vías de hecho tan censuradas por los cobardes y prudentes egoístas, pero sin las cuales nada grande se hubiera hecho en el mundo.

Primero fue el boycot pacífico a la vida económica del país, restringiendo hasta lo absurdo todos los gastos superfluos e incluso los necesarios, constituyendo una imponente manifestación de protesta de la inmensa mayoría del país. Más tarde, ante el desprecio del gobierno tiránico decidieron apelar, por fin, a las armas.

Lo que fue aquella guerra esperamos que se escribirá algún día, para asombro y ejemplo de las generaciones venideras. De 1926 a 1929, a despecho de los contratiempos y de la carencia de armas y dinero, a precio de sangre y de heroísmo se va organizando un aguerrido ejército, que recibe el título de «Libertador», que llegó a contar con treinta mil valerosos cruzados, y en nada estuvo que no lograse derrocar la tiranía imperante. De este ejército dice el Obispo de Huejutla: «Por entre los escombros de nuestras humeantes ruinas, a lo largo de los inmensos valles sembrados de cadáveres, por entre los escarpados montes de la sierra de Anáhuac, en aquellas cavernas donde ha ido siempre a refugiarse la justicia cuando se ha visto perseguida en las grandes ciudades, se ve por doquier a los soldados de la libertad. Éstos no roban, ni asesinan, ni ultrajan a mujeres, ni son carga pesada para el Estado, ni se compran con dinero, ni se rinden al cansancio, ni se abaten por la adversidad.

»Éstos no son soldados asalariados que combaten por el pan, sino nobles ciudadanos que luchan por la conquista de un ideal. Estos hombres pálidos y demacrados, hambrientos y cubiertos de andrajos que montan endebles caballos y devoran inmensas distancias, que velan durante la noche, y al amanecer se ven cubiertos por el humo del combate, que gimen, que lloran, que saben sentir las desdichas de la Patria, son los honrados y cultos mexicanos que han trocado las delicias del hogar por los azares de la guerra; que han abandonado mujer, hijos e intereses, por servir a la Patria, y que saben morir valientemente para servir a Dios.

»Si el Ejército Libertador hubiera sido apoyado por el elemento acaudalado del país, si los ricos hubieran cumplido, siquiera en parte, con su deber, dando a los libertadores unas cuantas monedas, en muy poco tiempo habrían derribado éstos a la infame tiranía que nos oprime; pero no, no son los ricos a quienes el pueblo deberá su futura liberación, ni son ellos los que se han sacrificado por la Patria: es la clase media, es el pueblo humilde de donde han surgido los mártires de la fe. Muchos jóvenes, principalmente de la benemérita A.C.J.M., han cortado su carrera, o bien renunciado a un brillante porvenir, por irse a engrosar las filas de la libertad; otros se hallan en el destierro, y muchos han sido descuartizados por el enemigo de nuestra fe».

Pero esta guerra religiosa, que pudo ser para México tan fausta y saludable como, según la Biblia, fue la revuelta de los Macabeos para Israel, no tuvo los resultados que eran de esperar por la intervención en la lucha, de la política, las negociaciones y las torpes componendas... La escuela seguiría ignorando a Dios, la infancia seguiría siendo iniciada con miras corruptoras en todos los misterios de la vida sexual; el divorcio continuaría deshaciendo hogares; en una palabra, seguiría vigente toda la legislación antirreligiosa, reconociéndose de hecho unas leyes que para los católicos no tienen de ley más que el nombre, a cambio de que algunos templos continuaran abiertos, no se persiguiera a los sacerdotes y otras ínfimas conquistas…

Durante dos años, el modesto statu quo no se vio grandemente violado. Alguna vez lograban filtrarse en las columnas de la prensa telegramas perdidos, dando la noticia de haber aparecido asesinado un jefe «cristero» a poco de haber regresado a su aldea. Así fueron cayendo centenares de jefes del ejército libertador, estando indefensos por haber depuesto las armas obedeciendo…; de tal modo, que el número de muertos habidos en tiempo de paz excedió al de los que cayeron en el campo de batalla.

Deshecha la resistencia católica, desalentados los cruzados y sin medios humanos para poder de nuevo levantar cabeza tras el rudo golpe que les infligió el «pacto» de 1929, el Gobierno mexicano ha vuelto a imprimir ritmo acelerado a la política antirreligiosa y comunista. Pero lo que a juicio de las gentes frívolas era imposible, no lo es para los hombres de fe. La fe mueve las montañas, y sólo pensando en esta fuente inagotable de energías espirituales podemos concebir que los católicos mexicanos hayan logrado sacar de la nada otro Ejército libertador que, cuando se escriben estas páginas, está riñendo combates en más de nueve Estados.

El libro, al que las precedentes consideraciones sirven de prólogo, no es, como a primera vista parece, una ingenua novela mejor o peor escrita y más o menos inspirada. Son una serie de estampas rigurosamente históricas tomadas de la situación por que atravesó México de 1926 a 1929, y que hoy se están repitiendo. Hechos históricos, argumentos y conversaciones que nos dan una impresión exacta de la situación de México en aquellos días, de la mentalidad de los recios varones y las esforzadas mujeres mexicanas. La doctrina defendida a lo largo de sus páginas es la misma que sostiene en El Derecho a la Rebeldía el Magistral de la Catedral de Salamanca, Sr. Castro Albarrán. Puede decirse de Héctor que es la forma novelada de El Derecho a la Rebeldía. El autor, cuya sólida cultura queda bien patente con la lectura de este libro, se ha visto obligado, por residir en México, a ocultar su nombre bajo el seudónimo de Jorge Gram[2].

* En «Revista Verbo – Speiro», Madrid – España; N° 451-452 (2007), pp. 27-36

[1] Reproducimos ahora con título de la redacción el prólogo que Eugenio Vegas Latapié puso para la edición peninsular de la novela de ambiente cristero Héctor, firmado por Jorge Gram. En ediciones mejicanas posteriores se reprodujo, con la advertencia de que se había juzgado necesario suprimir algunos párrafos inspirados por una información incompleta sobre los «arreglos» de 1929. Se estampa aquí también con dichas mutilaciones (N. de la R.de Verbo-Speiro).
[2] Jorge Gram es el seudónimo del P. David Guadalupe Ramírez (1889-1950), sacerdote mejicano. Bajo dicho nombre escribió entre otras obras, varias novelas cristeras.