viernes, 5 de abril de 2019

LA SANTIDAD DE LA ÚNICA IGLESIA DE CRISTO: QUE NO ES OTRA QUE LA CATÓLICA, APOSTÓLICA, ROMANA

¿Qué es la santidad?
Derivada del latín sanctus "aquello que está prescrito", la palabra significa tanto un estado de pureza como una firmeza o estabilidad en este estado. El Evangelio nos enseña que estos elementos son el resultado del amor de Dios por nosotros y nuestra respuesta a este amor. La santidad de la Iglesia, por lo tanto, reside ante todo en la verdadera caridad.
Esta caridad es primero la de Cristo por su Iglesia, su amada esposa. Es el primer regalo que Cristo le hace: un amor que la santifica porque le agrada a Dios, que es la santidad misma. La Iglesia es santa con la santidad de Cristo, el santo de santos, porque ella es una con Él.
La caridad es también el objetivo establecido para la Iglesia, que debe guiar a sus hijos a la unión perfecta con Dios. Esta unión no es otra cosa que la santidad misma, que adquiere realidad en la caridad. La perfección de la vida espiritual es estrictamente idéntica a la grandeza de la caridad. Cuando muramos, seremos juzgados de acuerdo al amor.
La santidad es también el conjunto de medios que Cristo ha dado a su Iglesia para llevar a las almas a esta perfección de la vida espiritual. Sobre todo, su doctrina, la revelación final de la vida misma de Dios mismo, quien es la caridad. Esto también incluye a la jerarquía sacerdotal, obispos y sacerdotes, encargados de conferir los sacramentos que producen gracia y vida divina en las almas.
También incluye el culto divino, efectuado de manera perfecta por Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote en el Calvario, y confiado a nosotros en la Santa Misa, la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz. Por tanto, la Iglesia ha sido dotada de un tesoro inagotable de santidad. Un tesoro ordenado para la santificación de las almas, la producción de la gracia y la unión de las almas con Dios.

La Iglesia es santa
Esta santidad es primeramente la de las almas. Puede tener diversos grados: un grado ordinario, que consiste en evitar el pecado mortal y permanecer en estado de gracia; y un grado heroico, el de los santos canonizados.
Pero también es la santidad de los medios que hacen posible obtener este fin, en otras palabras, todos los medios que acabamos de mencionar. Y estos medios son proporcionales al resultado. Es por eso que en cada período de la historia de la Iglesia se puede encontrar la santidad entre los fieles.
Sin embargo, existe una objeción que hoy podría parecer bastante imponente: con todos los escándalos ocurridos en las filas de la Iglesia, ¿es la Iglesia verdaderamente santa? Y se podría agregar: ¿qué ha pasado con la doctrina misma, esta Revelación del Padre de la Luz para iluminarnos? Parece haber sido la primera víctima, especialmente desde el Concilio Vaticano II. ¿Podemos realmente afirmar hoy que la Iglesia es santa? ¿Ha sido santa alguna vez? Porque siempre ha existido el pecado.

La Iglesia no tiene mancha
San Pablo lo afirma claramente: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó Él mismo por ella para santificarla, purificándola con la palabra en el agua bautismal, a fin de presentarla delante de Sí mismo como Iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada" (Ef. 5, 25-27). Este texto se refiere directamente a la Iglesia actual, tal como salió después de su bautismo, cuya gracia la incorporó a Cristo.
La misma enseñanza se puede encontrar en la primera epístola de San Juan, donde está escrito que "Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque en él permanece la simiente de Aquél y no es capaz de pecar por cuanto es nacido de Dios" (I Jn. 3, 9): y por otra parte: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (I Jn. 1, 8). El apóstol amado desea enseñarnos que los miembros de la Iglesia pecan cuando traicionan a la Iglesia; la Iglesia, por lo tanto, no está libre de pecadores, pero ella no tiene pecado.
Decir que la Iglesia no tiene pecado significa que ella nunca consiente en pecar; pero eso no significa que ella no tenga nada que ver con el pecado. Su misión es ir a buscar a sus hijos en medio de su pecado, luchar incesantemente para hacer retroceder los límites del pecado en ellos mismos y en el mundo. La Iglesia está muy involucrada en el pecado: es el adversario con el que luchará hasta el fin de los tiempos.

La Iglesia no está libre de pecadores
La Iglesia es el reino del Hijo de Dios, del cual serán expulsados al final de los tiempos aquellos que causan escándalos y cometen iniquidades (Mt. 13, 41-43); la red que contendrá tanto peces buenos como malos hasta el fin de los tiempos (Mt. 13, 47-50). Solo destierra a los pecadores en casos extremos. La Iglesia siempre está llena de pecadores.
Los pecadores son miembros de Cristo, pero no de la misma manera que los justos. Pueden pertenecer a la misma Iglesia a la que pertenecen los justos, pero ellos solos jamás podrán constituir la Iglesia. La noción de miembros de Cristo y de la Iglesia se aplica de manera diferente a los justos y a los pecadores.
Los pecadores son miembros de la Iglesia por los valores espirituales que aún subsisten en ellos: caracteres sacramentales, fe y esperanza teologales, pero también por la caridad colectiva de la Iglesia. Permanecen asociados al destino de los justos de la misma forma que un miembro paralizado continúa participando en la vida de una persona humana.
La Iglesia sigue viva incluso en sus hijos que no están en estado de gracia, con la esperanza de unirlos nuevamente a ella en una unión viva.
Visto en: http://fsspx.news/es

EL RECUERDO DE UN PENSADOR INCLASIFICABLE, Por: Carlos Bukovac

Como datos biográficos vale repasar que luego de su infancia en el norte santafesino, ingresó como pupilo en el colegio santafesino "La Inmaculada" de los Padres Jesuitas. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1930, donde también logró el título de Doctor en Filosofía en la Universidad Gregoriana. En 1935 regresa a la Argentina, llevando a cabo una enorme actividad intelectual. 
Su dolorosa vida fue sobrellevada bajo el signo constante de la incomprensión. Nunca rehuyó la polémica, pero le hizo mucho daño la mediocridad que lo rodeaba. En 1946 se le pide que abandone la Compañía de Jesús, a lo que se niega. Al poco tiempo se le ordena que se recluya en Manresa, España, comenzando a quebrarse su salud. Acusado falsamente ante el Papa Pío XII, en 1949 es expulsado de la Compañía y se le impide todo ministerio sacerdotal. A partir de allí, quedaría en la miseria, logrando sobrevivir gracias a algunos pocos amigos y a su brillante labor como escritor y conferencista.
Luego de muchos años en los que a lo largo de sus libros describiría de variadas formas autorreferenciales su doloroso caso, en 1966 se arregló definitivamente su situación canónica absurda e injusta. Sus últimos años los pasaría más recluido que nunca en su departamento del barrio de Constitución, ámbito que describen con claridad Pablo Hernández y Rodolfo Braceli en sendos reportajes que le harían, un tiempito antes de su muerte.
En cuanto a su obra, se ha dicho que Castellani era inclasificable o, también, de género único. Su tema principal fue la teología (y dentro de ella la esjatología: "Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de fe"), pero también brilló como crítico literario, periodista, poeta, cuentista y novelista. Pero acaso lo que mejor lo defina sea su especial sentido del humor, sumamente irónico y capaz de mecharlo en cualquier tema del que estuviera escribiendo o disertando, inclusive el Fin de los
Tiempos. Quizás sea ese uno de los aspectos que más lo emparentaba con el inglés Chesterton. Como muestra, basta un botón, permitiéndonos recomendar el fabuloso "Credo del incrédulo".


Junto a Borges y a Ernesto Sábato visitando al Presidente Jorge Rafael Videla

LA IDEOLOGIA
En relación a su filiación ideológica, también es absolutamente imposible de etiquetar. Dentro de la Iglesia, imposible catalogarlo como progresista. Su ortodoxia y su profundo amor por la Verdad descartan de plano esa posibilidad. Ahora bien, menos posible aún es identificarlo como conservador, seguramente por sus disputas con la jerarquía que lo llevaron a una de sus grandes luchas: su combate contra el fariseísmo católico. Son célebres sus quejas por un catolicismo amanerado o mistongo y sus cartas a sus superiores y obispos.
Vale citar una al Nuncio Apostólico de aquél entonces en la que le reclamaba: "No pedimos a S.E. que salve a la Nación Argentina, déjenosla nomás; le pedimos que cumpla el mínimum mínimo de su deber. No pedimos a los Obispos que sean todos varones santos; les pedimos solamente que parezcan varones. No pedimos a los Curiales que tengan la santidad; les pedimos que perciban y no persigan la santidad. No pedimos a lo sacerdotes que crean en el Evangelio; les pedimos solamente que enseñen el Evangelio: todo el Evangelio".
Por otra parte, en lo político, también es sumamente difícil ubicarlo. En efecto, mal puede afirmarse que haya sido de izquierda, recordando su ortodoxia. Es cierto, en el contexto de su expulsión, en el que se ganaba la vida dando conferencias, frecuentó a varios intelectuales de izquierda con los que entabló una cordial relación. Ejemplo de ello es el interesante Los zurdos y Castellani (Pablo Hernández). No obstante, a pesar de esa cordial relación, ninguno logró convencerlo de que apostatara. Al respecto, es célebre su respuesta a Leónidas Barletta: "Tengo fe en Cristo y en la Iglesia por El fundada, que creo indestructible".
Y bien, ¿era entonces Castellani de derecha? ¿Era el típico nacionalista católico? Es verdad, suele ser un autor especialmente leído por los nacionalistas. No obstante, luego del paso en falso de su candidatura a Diputando Nacional en 1946 por la Alianza Libertadora Nacionalista, su relación con ellos fue por demás de compleja debido a los tan conocidos vicios que los caracterizaron a lo largo de su vida política. Ahora bien, que no se sintiera cómodo entre los nacionalistas y que los criticara con su habitual sarcasmo, no significa que su labor intelectual no haya estado impregnada de un profundo patriotismo. Vinculado con lo anterior, el politólogo Marcelo Gullo se atreve a realizar un parangón entre la figura de Borges, como paradigma del intelectual "cipayo" y el Padre Castellani, como un pensador verdaderamente nacional.


EL CASO BORGES
Aquí es por demás de interesante dedicarle una mención especial a la relación con Borges. En su faceta de crítico literario, Castellani le dedicó unos cuantos conceptos, algunos elogiosos y otros, bastante ácidos, entre los que vale mencionar la "agorafobia" de la que lo acusaba y su calidad de "blasfemo tímido". Por otra parte, ambos, Castellani y Borges, compartieron junto a Ernesto Sábato y Horacio Ratti, el famoso almuerzo en la Casa Rosada con el presidente Videla. Lo cierto es que, luego del almuerzo, tanto Borges como Sábato destinaron elogiosos comentarios hacia Videla, en tanto que Castellani fue el único que se atrevió a interceder por el paradero de Haroldo Conti, ante el desesperado pedido de su pareja.
Para ir finalizando, vale destacar que no son pocos los que opinan que el Padre Castellani fue una especie de Profeta. En tal sentido, no está de más citarlo en el prólogo a uno de sus mejores libros (Su Majestad Dulcinea): "Hay que saber que el que escribe un libro de estos no escribe lo que quiere sino lo que le sale de la cabeza; la cual a veces parece como conectada con una voluntad imperiosa, que no es la propia."
Llegado este punto, si bien su obra es relativamente conocida, considerando lo enorme de su talento, podemos preguntarnos, al igual que Rodolfo Braceli: "¿Cómo es posible que Castellani continúe siendo casi desconocido en la Argentina?" Quizás en parte debido a la acción de quién le había comprado los derechos sobre su obra a la heredera, para vendérselos luego a un grupo de españoles, impidiendo que se editen aquí y costando una enormidad los editados en la Península.
Pero quizás también, citando a su biógrafo, por aquello de que nadie es profeta en su tierra; pareciera que los argentinos sufrimos de un mal por el cual sólo apreciamos algo argentino si antes resulta alabado por extranjeros (el Martín Fierro, el tango y el mismo Borges son ejemplo de ello).
Quizás, ahora que el lúcido y valiente español Juan Manuel de Prada anda aprovechando cuanta ocasión sea para difundir y alabar su obra, quizás, sea hora de que el Padre Castellani sea reconocido como lo que realmente fue, uno de los más grandes pensadores que ha dado la "Argentada Tierra".