martes, 5 de enero de 2016

LA EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Para los occidentales, que, como queda dicho más arriba, aceptaron la fiesta alrededor del año 400, la Epifanía es popularmente el día de los reyes magos. En la antífona de entrada de la misa correspondiente a esta solemnidad se canta: "Ya viene el Señor del universo. en sus manos está la realeza, el poder y el imperio". El verdadero rey que debemos contemplar en esta festividad es el pequeño Jesús. Las oraciones litúrgicas se refieren a la estrella que condujo a los magos junto al Niño Divino, al que buscaban para adorarlo.
Precisamente en esta adoración han visto los santos padres la aceptación de la divinidad de Jesucristo por parte de los pueblos paganos. Los magos supieron utilizar sus conocimientos-en su caso, la astronomía de su tiempo- para descubrir al Salvador, prometido por medio de Israel, a todos los hombres.
El sagrado misterio de la Epifanía está referido en el evangelio de san Mateo. Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los maestros de la ley supieron informarles que el Mesías del Señor debía nacer en Belén, la pequeña ciudad natal de David; sin embargo fueron incapaces de ir a adorarlo junto con los extranjeros. Los magos, llegados al lugar donde estaban el niño con María su madre, ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias preciosas en las que la tradición ha querido ver el reconocimiento implícito de la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra).
A Melchor, Gaspar y Baltasar -nombres que les ha atribuido la leyenda, considerándolos tres por ser triple el don presentado, según el texto evangélico -puede llamárselos adecuadamente peregrinos de la estrella. Los orientales llamaban magos a sus doctores; en lengua persa, mago significa "sacerdote". La tradición, más tarde, ha dado a estos personajes el título de reyes, como buscando destacar más aún la solemnidad del episodio que, en sí mismo, es humilde y sencillo. Esta atribución de realeza a los visitantes ha sido apoyada ocasionalmente en numerosos pasajes de la Escritura que describen el homenaje que el Mesías de Israel recibe por parte de los reyes extranjeros.
La Epifanía, como lo expresa la liturgia, anticipa nuestra participación en la gloria de la inmortalidad de Cristo manifestada en una naturaleza mortal como la nuestra. Es, pues, una fiesta de esperanza que prolonga la luz de Navidad.
Esta solemnidad debería ser muy especialmente observada por los pueblos que, como el nuestro, no pertenecen a Israel según la sangre. En los tiempos antiguos, sólo los profetas, inspirados por Dios mismo, llegaron a vislumbrar el estupendo designio del Señor: salvar a la humanidad entera, y no exclusivamente al pueblo elegido.
Con conciencia siempre creciente de la misericordia del Señor, construyamos desde hoy nuestra espiritualidad personal y comunitaria en la tolerancia y la comprensión de los que son distintos en su conducta religiosa, o proceden de pueblos y culturas diferentes a los nuestros.
Sólo Dios salva: las actitudes y los valores humanos, la raza, la lengua, las costumbres, participan de este don redentor si se adecuan a la voluntad redentora de Dios, "nunca" por méritos propios. Las diversas culturas están llamadas a encarnar el evangelio de Cristo, según su genio propio, no a sustituirlo, pues es único, original y eterno.

lunes, 28 de diciembre de 2015

SAINT JOHN THE EVANGELIST ... WHITE Vestments Within the Octave of the Nativity



Saint John, brother of Saint James the Greater, the Apostle of Spain, is the beloved disciple. He was privileged, with his brother and Saint Peter, to behold Our Lord raise up a dead child to life, then saw Him transfigured on the mountaintop; he alone reposed his head on His breast at the Last Supper. After the crucifixion it is he who, with Saint Peter, hastened to the empty tomb on the morning of the Resurrection. Standing beside Mary at the Cross, he had heard his Master confide that Blessed Mother to him to be henceforth his Mother also. He took his precious treasure for refuge to Ephesus when the persecution of the Jerusalem Christians became too intense; and from there he went out to evangelize Asia Minor, of which he became the first Archbishop. He was later exiled to the Island of Patmos, where he wrote the Apocalypse, but afterwards returned to Ephesus.

Compared with an eagle by his flights of elevated contemplation, Saint John is the supreme Doctor of the Divinity of Jesus of Nazareth. Endowed with an astounding memory, he was able even in his later years, to reproduce the discourses of Christ in such a way as to make the reader experience their power and impact on their audiences as if present to hear them. He is the author of five books of the New Testament, his Gospel, three Epistles, and the last canonical prophecy, the Apocalypse or Revelation of Saint John — all of which were composed after the ruin of Jerusalem in 70 A.D.

In his extreme old age he continued to visit the churches of Asia, and Saint Jeromerelates that when age and weakness grew upon him so that he was no longer able to preach to the people, he would be carried to the assembly of the faithful by his disciples, with great difficulty; and every time said to his flock only these words: “My dear children, love one another.”

Saint John died in peace at Ephesus in the third year of Trajan, that is, the hundredth of the Christian era, or the sixty-sixth from the crucifixion of Christ, Saint John then being about ninety-four years old, according to Saint Epiphanus.

The Feast of St. John is the only feast of an apostle now remaining in the Christmas cycle. The station is at St. Mary Major, dedicated to the Savior; this basilica seemed the most suitable place for the celebration of the Christmas station in honor of St. John to whom the Blessed Virgin had been entrusted, both on account of the Savior's crib there preserved, and of the mosaics of Pope Sixtus III commemorating the Council of Ephesus, held near the tomb of the Evangelist. The Gradual Is drawn from that passage of St. John's Gospel in which reference is made to the popular belief current in the first generation of Christians in Asia that the beloved disciple should not die before the parousia or last coming of Christ. The advanced age of the Apostle, on the other hand, seemed to lend credit to this opinion. So St. John, in the very last chapter of his Gospel, desired -as a sort of final postscript- to rectify this erroneous interpretation of the Savior's words. "So I will have him to remain till I come, what is it to thee?" The words were uttered by Our Lord merely as an hypothesis. "So (if) I will"; but in the several oral versions of the episode the conditional and hypothetical particle "If" was easily passed over; hence St. John felt the necessity of explaining the misunderstanding and setting the matter right.

We want to thank the Friends of Our Lady of Fatima for expediting these resources of the Propers. Sources:Saint Andrew Daily Missal and the Marian Missal , 1945