viernes, 12 de julio de 2019

Revista Roma N° 117 UNA ENFERMEDAD DE LA INTELIGENCIA: EL LIBERALISMO Daniel Raffard de Brienne

Sometido a las consecuencias del pecado original, el hombre con demasiada frecuencia se entrega a seguir los impulsos de las tres concupiscencias. Una de ellas en particular, el orgullo, lo incita a renovar sin cesar lo que fue el pecado original: “Seréis como dioses”. Hinchado de su similidivinidad, el hombre pretende ser el maestro de la verdad. Su inteligencia ya no le sirve para sondear humildemente la realidad, sino solamente para interpretarla según las concepciones que ella elabora a priori. La inteligencia, de receptora, se convierte en emisora. Para ella, el sujeto modela al objeto, la realidad nace de la idea y la verdad se conforma por consiguiente a esa idea.
La inteligencia se cree divina en el momento preciso en que se halla en regresión. Pues es una regresión entregarla a las impresiones del sujeto, cuando éste es el juguete de esas facultades inferiores que son las pasiones, los sentimientos, la sensibilidad. Finalmente, la inteligencia ya no sirve sino para justificar, por medio de esas construcciones artificiales que son las ideologías, los desbordes de las facultades inferiores abandonadas a la concupiscencia. La propia voluntad libre deja el lugar a la esclavitud de las turbias pasiones que se encuentran en el fondo de todas las desviaciones que su mal uso impone a la inteligencia: la sensualidad, el odio, la envidia...
No repetiremos aquí el análisis y la crítica, que ya hemos hecho[1], del pensamiento idealista y subjetivo y de las principales ideologías que ha inducido. En general, esas ideologías no rechazan las realidades materiales evidentes, aunque puedan, como el marxismo, reducirlas a no ser sino fuerzas evolutivas. Esto las conduce más o menos directamente a un materialismo muy alejado del realismo. De cualquier manera, partiendo del sujeto y no del objeto, desembocan, no en la verdad que es conformidad con la realidad, sino en el error o más bien en una multitud «le errores donde se encuentran necesariamente unas o varias contradicciones.
La Iglesia, detentora de la única verdad expresada en una doctrina completa y coherente, no puede dejarse ganar por las ideologías. Pero los hombres de Iglesia, ellos sí, son vulnerables. La historia muestra que muchos de entre ellos no han temido extraviarse fuera de la vía estrecha de la verdad para seguir caminos artificiales.
El más amplio y sin duda el más peligroso de esos caminos, es el del liberalismo. El liberalismo, por sus efectos disolventes, allana el terreno en provecho de ideologías que se pretenden constructivas. Depende de un pensamiento esencialmente destructor que tiende a la liberación del hombre respecto a todas las coacciones. Considera, en efecto, como alienaciones de una libertad sin límites a las injustas coacciones que constituye a sus ojos el respeto del orden natural y de las leyes morales. En fin de cuentas, el liberalismo cuestiona de nuevo a la verdad, fundamento de ese orden y de esas leyes.
Para los liberales, o bien la verdad única y objetiva no existe, o bien ella permanece inaccesible, pues no se debe privilegiar a ninguna de las respuestas que puede aportar el espíritu humano: no puede haber certeza. A cada sujeto le corresponde elaborar su propia “verdad” y nada autoriza a favorecer a una de esas “verdades”. Se ve que el liberalismo so sitúa exactamente en los antípodas de la doctrina católica. Los liberales son de tal modo conscientes de ello, que a pesar de su tolerancia teórica hacia todas las “verdades”, y por una de esas contradicciones que muestran la falsedad de sus concepciones, siempre han perseguido a la Iglesia y a la religión católica.
El liberalismo entró con fuerza en la historia con la Reforma del siglo XVI. Uno se equivocaría limitando el protestantismo al antipapismo y a algunas diferencias doctrinales. De modo mucho más fundamental, él aporta el cuestionamiento global de la verdad al inventar el “libre examen”, que permite a cada uno construir su propia religión partiendo de una interpretación personal de los textos bíblicos. Por supuesto, el libre examen puede conducir lógicamente a cuestionar la historicidad y la objetividad de esos textos. Puede también llevar, como ya lo hizo Lutero, a suprimir o modificar los pasajes que contradicen la opinión que uno se ha hecho. Por supuesto también, pese a sus principios de libertad y en contradicción con ellos, los reformadores no soportaron sus mutuas divergencias de interpretación. Todavía menos soportaron el mantenimiento de la doctrina católica y combatieron violentamente a la Iglesia.
Nacida en el seno del protestantismo y no sin sufrir influencias judias, la Franc-IMasonería se difunde en el siglo XVIII. Su organización en pirámide de sociedades secretas le facilita la infiltración en los ambientes influyentes y le va a permitir modificar profundamente el curso de la historia. Mucho peor que su secreto, la ideología de la Masonería se revela aun más disolvente que la de la Reforma. Los rastros de doctrina y de moral que podía conservar el libre examen de la Biblia son barridos en nombre de la tolerancia. El programa masónico se resume en la célebre fórmula: solve et coagula: “disuelve y reúne”. Disolución de la sociedad natural. Reunión en una no-sociedad libre, igual y fraternal, en una suerte de ecumenismo formado alrededor de algunos términos abstractos bajo el ala de la Franc-Masonería. El antidogmatismo fundamental de las sociedades secretas choca de frente con la firme doctrina católica. El principal combate de la Masonería se lanzará por consiguiente contra la Iglesia. Y ese combate será tanto más encarnizado en cuanto que no es sino un paroxismo de la rebelión que conduce por medio de los hombres el Príncipe de la mentira contra Dios, autor de la Verdad.
Los esfuerzos de la Masonería desembocarán en desencadenar la Revolución de 1789 que se esforzará por destruir sistemáticamente el orden natural y que aplicará terribles golpes, que ella hubiera querido mortales, a la Iglesia: la Revolución fue ante todo anticatólica. Desde entonces, ya sea en la calma o en la violencia, no dejan de sucederse o de enfrentarse el solve liberal y el coagula socialista, ambos de esencia masónica, ambos enemigos de la Iglesia pues enemigos de Dios.
No contenta con atacar a la Iglesia desde el exterior, la Franc-Masonería se encargó de infiltrar a sus agentes en el interior de la ciudadela. Ya la subversión del clero bajo la Revolución se había beneficiado con la presencia de numerosos clérigos en las logias. Una calculada ofensiva volvió a comenzar en ese sentido desde comienzos del siglo XIX, y con justicia se acusó desde entonces y se acusa todavía a numerosos prelados de pertenecer a la secta masónica: así, el cardenal Rampolla, que por poco casi fue elegido papa en lugar de San Pío X, o Monseñor Bugnini, el autor de la nueva misa llamada de PabloVI.[2]
Todavía más peligrosas que los hombres, las ideas penetraron también en la plaza. Se vio aparecer un “catolicismo liberal”, a la espera de un “socialismo cristiano” (en ambos casos, la asociación de dos términos contradictorios basta para probar la falsedad de la ideología).
Los papas descubrieron el peligro y, hasta Pío XII, no cesaron de denunciarlo. Condenaron repetidas veces a la Franc-Masonería, al liberalismo y al socialismo. Condenaron también a Lamennais y a su cristianismo liberal como a Sangnier y a su democracia cristiana. Pío IX presentó incluso en el Syllabus un catálogo de proposiciones condenadas. Y San Pío X estigmatizó al modernismo como al colector de todas las herejías, tan verdad es que el solve liberal reabre el camino a todos los viejos errores.
La multiplicidad de las condenaciones muestra el poco resultado de cada una de ellas. Por cierto, la Iglesia no podía esperar destruir la Franc-Masonería sin la acción del brazo secular. Pero ni siquiera llegaba a impedir la infiltración en su seno de los hombres y de las ideas más subversivos, pues los nuevos heresiarcas tenían cuidado de camuflarse y mantenerse en ei uparuio eciesiai. asi se difundió una doctrina heterodoxa en la que el hombre tendía a pasar antes que Dios. En ella se hablaba más de los derechos del hombre o de dignidad humana que de deberes para con Dios; de justicia social que de salvación eterna. Los dogmas se tornaban en ella relativos, sometidos al evolucionismo; su fundamento, la Sagrada Escritura, ya no era sino el testigo del pensamiento contingente en el tiempo de sus redactores. De eso se seguía que la verdad ya no tenía valor absoluto; que debía adaptarse sin cesar en función de la evolución de las costumbres y de la historia; que por consiguiente, si todas las religiones podían poseer retazos de ella, ninguna podía pretender retenerla por entero. Se imponía la idea de reagrupar a todas esas religiones alrededor de algunas nociones de base, borrosas de preferencia para mayor facilidad, en un seudo-“ecumenismo” de inspiración totalmente masónica.
No se podía imaginar una doctrina más contraria a la de la Iglesia. Sin embargo, esta doctrina fue (provisioriamente) impuesta a la Iglesia por el grupo de prelados complotados que, mediante un golpe palaciego[3], se apoderaron del Concilio Vaticano II. Los responsables no dudaron, por otra parte, en comparar este Concilio a “1789” o a la “revolución de octubre”, para señalar bien la ruptura entre la Iglesia y lo que ellos mismos llaman “la Iglesia conciliar”. La lógica revolucionaria los condujo a combatir exclusivamente y con encarnizamiento los vestigios y supervivencias de “la Iglesia del pasado”. La Iglesia conciliar se encuentra en efecto prisionera de la eterna contradicción del liberalismo incapaz de coexistir con la verdad. Le es necesario destruir supervivencias cuya persistencia y reviviscencia bastan para arruinar la tesis del evolucionismo inevitable y que pueden, si bien no dar mala conciencia a los reformadores, al menos molestarlos sirviendo de puntos de referencia a partir de los cuales se puede juzgar la extensión de la apostasía a donde conduce el pretendido “ecumenismo”.

[1] “Le deuxiéme étandard” (Lecture et Tradition n9 115); y también “Cheminant vers la vérité. Éléments de reflexión apologétique” (Lecture et Tradition n9 113).
[2] No damos aquí las referencias justificativas de esta rápida recorrida histórica. Ellas son bien conocidas.
(“LES VOIES ÉTRANGES DE L’OEOUMÉNISME”, capítulo II, in: “Lecture et Tradition”, n9 149-150, juillet-aoüt 1989, pp. 6-9). (Trad.: Thomas Me Ian).
• “LECTURE ET TRADITION” es un “boletín literario, contrarrevolucionario”, dirigido por Jean AUGUY. Dirección: Chiré-en-Montreuil —86190 Vouillé— France. Suscripción anual: 130 FF.
DANIEL RAFFARD DE BRIENNE es el autor de nueve excelentes trabajos, publicados todos en “Lecture et Tradition”:
“Lex Orandi. La Nouvelle Messe et la Foi”. (n9 101; mai-juin 1983).
“Lex Credendi. La Nouvelle Catéchése et la Foi”. (n9 107; mai-juin 1984).
[3] Sobre ese golpe palaciego, véase en particular: 
P. Ralph WILTGEN; S. V. D. : The Rhine flows into the Tiber; A History of Vatican II (Hawtorn Books, 1967)
Mons. Lefebvre: "Il l'ont découronné (Fideliter 1987).
Romano Amerio: Iote Unum. Studio delle variazioni della Chiesa Cattolica nel secolo XX (Riccardo Riccardi, 1985)

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