viernes, 23 de enero de 2026

«El derecho a la rebeldía: el ejemplo de los Cristeros mejicanos» - Eugenio Vegas Latapié (1907-1985)


Estas dos únicas actitudes que hoy pueden adoptar los auténticos católicos se practicaron también en el siglo XVI. Los soldados de Felipe II que luchaban en Flandes y en Lepanto fueron el instrumento de que la Providencia se sirvió para que no quedara la religión católica barrida de todos los Estados ante las acometidas del protestantismo y del islam, en tanto que los frailes españoles, amparados por la espada de los conquistadores, daban a Roma veinte pueblos por cada uno de los que le arrebataba la herejía. La otra actitud, igualmente lícita e individualmente más admirable, fue la observada por los católicos ingleses frente a los impíos designios de Enrique VIII y de su hija adulterina Isabel. Cinco cartujos inician la santa teoría que había de contar seiscientos mártires que prefieren perder la vida a obedecer los deseos ilícitos de los reyes herejes; pero estos sacrificios no pudieron impedir que la herejía se impusiera en toda Inglaterra y que tardara más de dos siglos en volver el catolicismo a dar públicas señales de vida en el país.



Los católicos mexicanos han vuelto a empuñar la espada que, en 1929, por obediencia a la autoridad eclesiástica, se vieron obligados a enfundar a conciencia de que por esta causa muchos de ellos habían de perder su vida. Y esta vez, aleccionados por el cruelísimo tropiezo pasado… saben a dónde van y hasta dónde alcanzan sus derechos de ciudadanos y de católicos. Fechado el 12 de diciembre de 1934 en San Antonio de Texas, el Delegado Apostólico en México, monseñor Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia, dirigió una instrucción al Episcopado, clero y católicos de México, que remitió igualmente a todos los obispos esparcidos por todo el mundo «a fin de que todos los católicos de la tierra –son palabras del Delegado Apostólico– conozcan nuestra situación y pidan a Dios el remedio de nuestros males», en cuya Instrucción, en su apartado II leemos: «Por esto, en nombre de Dios y de nuestro santísimo Padre el Papa Pío XI, y de acuerdo plenamente con el venerable Episcopado Mexicano, damos las siguientes normas de conducta, según las cuales obraremos los Prelados y deberán también obrar el Clero Secular y Regular y todos los fieles:

»1º. La Iglesia Católica no reconoce ningún poder humano que le pueda impedir nada de lo que Ella misma juzgue necesario para la salvación de las almas; por lo mismo, en las cosas espirituales, a nadie está subordinada…

»Por lo mismo no debe de extrañarle al Gobierno que siempre que dé una orden atentatoria contra los derechos que la Iglesia tiene, como Sociedad perfecta que es, se hagan las debidas protestas; pues no porque la fuerza y la violencia nos impidan el libre uso de nuestros derechos dejen éstos de existir, y por lo mismo de clamar justicia. Deberá, pues, protestarse siempre contra todo acto atentatorio de las libertades inalienables de la Iglesia, haciendo esto con toda prudencia y con todo valor cristiano.

»2º. Teniendo como tiene la Iglesia la misión de civilizar, siendo como es Madre de los pueblos libres, necesariamente debe hacer saber y recordar a sus hijos que tiene grave obligación de trabajar y de sacrificarse por la libertad de México en todos los órdenes y valiéndose de todos los medios, con tal de que se guarden siempre las normas inmutables de la moral y de la justicia. El peligro del comunismo es inminente, y sólo la acción decidida, unánime y constante de todos los buenos mexicanos podrá salvar a nuestra desventurada Patria.

»Las normas de su Santidad, si se cumplen debidamente, producirán, sin duda, excelentes resultados. Por lo que se refiere al uso de medios violentos, como sería el recurso a las armas, ni el Episcopado ni el Clero debemos entrometernos, promoviéndolo o prohibiéndolo».

¿Quiénes son los insensatos que sostienen que la Iglesia prohíbe defender la Religión y la fe de los niños y de las generaciones futuras con las armas en la mano? Si nos es lícito e incluso legal, luchar por defender nuestros bienes y derechos materiales, ¿cómo no iba a ser lícito luchar y morir en defensa de los valores espirituales y eternos?

Tras dos siglos de ideología enciclopedista y liberal que terminaron por materializarlo todo, incluso los ideales de los que nos decimos católicos, vuelve la luz de la verdad a dejarse ver y a pregonar por todas partes que sólo a fuerza de sacrificios y de sangre se hacen las cosas grandes. El nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, en Hacia la Cruz del Sur, lanza desde su Patria una ardiente plegaria que va encontrando eco en todos los pechos jóvenes y generosos. Dice así el heredado grito conquistador:

¡Ay Virgencita! que luces

ojos de dulces miradas:

pues viste venir espadas

que dieron paso a las cruces,

¡mira tus tierras amadas!

y si hoy arrancan las cruces,

¡brillen de nuevo las luces



del filo de las espadas!

«Todo hombre que está decidido a morir –escribía Edouard Drumont– puede influir en los acontecimientos. Detrás de todos los acontecimientos hay un hombre que está decidido a morir…».

Nadie sabe nada de lo que pasa en México. Parece que no sólo no lo sabemos, sino que tampoco queremos saberlo. Y, sin embargo, no sólo tenemos obligación de enterarnos, sino que, además, deberíamos de haber acudido en ayuda de nuestros hermanos los católicos mexicanos, víctimas desde hace varios lustros de las más crueles y refinadas persecuciones. Pero los católicos en general, y más especialmente los católicos españoles, vivimos totalmente ajenos a la constante vigencia del divino precepto del amor al prójimo. Si permanecemos totalmente indiferentes a que en nuestra misma casa, calle o ciudad, sea mayor cada día el número de las personas que desconocen el nombre de Dios y sus enseñanzas sapientísimas y a que sea enormemente superior el número de quienes desean instruirse en las verdades de la fe que el de maestros dispuestos a enseñarla, ¿cómo nos vamos a interesar por la suerte de los católicos mexicanos? ¡Amaos los unos a los otros! ¡Ama al prójimo como a ti mismo! Son preceptos fundamentales que Nuestro Señor promulgó durante su vida mortal y, sin embargo, en la práctica, no hay preceptos que con más constancia y universalidad se conculquen que éstos. Es inútil que nada ni nadie intente romper la rutina materialista de las sociedades contemporáneas. ¡Qué nos importa que un poder tiránico sojuzgue a un pueblo, persiga y asesine a los sacerdotes, destruya los templos, deshaga hogares y prepare conscientemente la sistemática corrupción de la infancia y de la juventud! ¡Qué nos importa que, cuando nuestros hermanos los católicos mexicanos, en cumplimiento de sagradas obligaciones se vieron forzados a lanzarse al campo para defender virilmente la fe de sus hijos y los derechos imprescriptibles de la Religión y de la Patria, carecieran de armas, de dinero e incluso de apoyo moral! El mundo católico contempla insensible el martirio de un pueblo creyente, y desde las columnas de sus rotativos, servidos por el sectarismo de las agencias yanquis, califica de «bandidos» y «criminales» a los héroes de la epopeya que con su sangre generosa están escribiendo en estos momentos los católicos mexicanos.

El 12 de febrero de 1929, el Obispo de Huejutla lanzó desde el destierro un conmovedor documento, que titulaba Mensaje al mundo civilizado, en el que, para nuestra vergüenza, podemos leer lo siguiente:

«¿Será posible que el mundo civilizado nos siga mirando aún con el más irritante desprecio?

»Ya en nuestro anterior Mensaje decíamos que, fuera del Augusto Pontífice de la Cristiandad, que sí se ha preocupado verdaderamente por México y hecho todo lo humanamente posible por aliviar nuestra inmensa miseria, todos los pueblos que integran la gran familia cristiana nos han mirado con la más completa indiferencia.

»Al presente, después de más de dos años de prolongada agonía, en que hemos perdido lo más granado de nuestra juventud y consumido en la lucha gran parte de nuestra energía; después de haber demostrado con la elocuencia de los hechos que los mexicanos sabemos morir por la fe y por la libertad, y de haber desmentido solemnemente los embustes del tirano que soñaba acabar para siempre con la Religión de nuestros padres; después de haber probado, en pleno siglo XX, que la Religión Católica, Apostólica Romana es la única resurrección para el mundo en medio del naufragio universal, éste no ha sabido tener ni siquiera una palabra de aliento para los heroicos católicos de México, ni un gesto de indignación para la casta de asesinos y bandidos de todo progreso y de toda civilización que nos esclavizan».

Y continúa, enardecido, el ejemplar Prelado: «Sería un crimen en los Estados Unidos, por ejemplo, enviar armas y parque a los libertadores, aunque no lo sea el apoyar con todas las fuerzas a los facinerosos que desgarran las entrañas del pueblo mexicano.

»No sabemos qué pánico se apodera en estos momentos de toda la familia humana que impide tender una mano generosa a un pueblo civilizado que sucumbe en las garras de la tiranía y del despotismo. Nosotros creemos que es vano temor a los grandes de la tierra; pero esto mismo causa en nuestro ánimo la más profunda tristeza, porque vemos que el mundo actual retrograda violentamente al paganismo arrastrado por la corriente impetuosa de la fuerza bruta.

»El mundo civilizado ha sido muy cruel para con el pueblo mexicano. Viéndole aherrojado, azotado y herido de muerte por sus poderosos enemigos, lo ha abandonado y despreciado; viéndole caído en tierra, ha seguido de fiesta con sus verdugos, celebrando y aplaudiendo los actos de barbarie y salvajismo que ignoraron los siglos pasados».

Pero ¿qué sucede en México? La historia de la República mexicana sería, aproximadamente, la misma relación de revoluciones, motines y tiranías que la que constituye la de las demás repúblicas hispanoamericanas, de no tener la vecindad espantosa del monstruo yanqui, dedicado, desde la independencia de México, a descristianizar este país y a asegurar por todos los medios la estabilidad de los demagogos en el poder. El territorio mexicano ha sido, desde siempre, presa codiciada de todos los políticos norteamericanos, que en el desorden interior y la total descatolización del país ven los medios indispensables de adueñarse de él por completo. La enemistad a la Religión católica por parte de los políticos yanquis ha sido constante desde la independencia de México, por estimar indispensable la muerte del catolicismo para acabar con el espíritu nacional y hacer posible que todo México siga la suerte de California y Texas.

La persecución religiosa se inicia poco después de la independencia, como consecuencia de la instauración de las instituciones liberales y democráticas, que, como en todos los demás países, ha llevado aparejada la guerra a la Iglesia. La persecución religiosa se presentaba, al correr de los años, unas veces con formas crueles y otras persiguiendo solapadamente sus designios; pero al subir a la presidencia Plutarco Elías Calles se decidió la destrucción radical y completa de la Religión católica en México. Pacientes y sumisos hasta entonces, los católicos tratan de impedir que se les prive de sus últimas libertades, y, al efecto, dentro de la legalidad y fieles a la más pura doctrina democrática, elevan innumerables solicitudes, peticiones y protestas a los poderes públicos, algunas de las cuales iban autorizadas por millones de firmas. Pero todo fue inútil. Al fin, cuando se creyeron cargados de una razón que desde un principio les había asistido, tras no poco tiempo perdido en esas ingenuas reclamaciones, decidieron acudir a las vías de hecho, a esas peligrosas vías de hecho tan censuradas por los cobardes y prudentes egoístas, pero sin las cuales nada grande se hubiera hecho en el mundo.

Primero fue el boycot pacífico a la vida económica del país, restringiendo hasta lo absurdo todos los gastos superfluos e incluso los necesarios, constituyendo una imponente manifestación de protesta de la inmensa mayoría del país. Más tarde, ante el desprecio del gobierno tiránico decidieron apelar, por fin, a las armas.

Lo que fue aquella guerra esperamos que se escribirá algún día, para asombro y ejemplo de las generaciones venideras. De 1926 a 1929, a despecho de los contratiempos y de la carencia de armas y dinero, a precio de sangre y de heroísmo se va organizando un aguerrido ejército, que recibe el título de «Libertador», que llegó a contar con treinta mil valerosos cruzados, y en nada estuvo que no lograse derrocar la tiranía imperante. De este ejército dice el Obispo de Huejutla: «Por entre los escombros de nuestras humeantes ruinas, a lo largo de los inmensos valles sembrados de cadáveres, por entre los escarpados montes de la sierra de Anáhuac, en aquellas cavernas donde ha ido siempre a refugiarse la justicia cuando se ha visto perseguida en las grandes ciudades, se ve por doquier a los soldados de la libertad. Éstos no roban, ni asesinan, ni ultrajan a mujeres, ni son carga pesada para el Estado, ni se compran con dinero, ni se rinden al cansancio, ni se abaten por la adversidad.

»Éstos no son soldados asalariados que combaten por el pan, sino nobles ciudadanos que luchan por la conquista de un ideal. Estos hombres pálidos y demacrados, hambrientos y cubiertos de andrajos que montan endebles caballos y devoran inmensas distancias, que velan durante la noche, y al amanecer se ven cubiertos por el humo del combate, que gimen, que lloran, que saben sentir las desdichas de la Patria, son los honrados y cultos mexicanos que han trocado las delicias del hogar por los azares de la guerra; que han abandonado mujer, hijos e intereses, por servir a la Patria, y que saben morir valientemente para servir a Dios.

»Si el Ejército Libertador hubiera sido apoyado por el elemento acaudalado del país, si los ricos hubieran cumplido, siquiera en parte, con su deber, dando a los libertadores unas cuantas monedas, en muy poco tiempo habrían derribado éstos a la infame tiranía que nos oprime; pero no, no son los ricos a quienes el pueblo deberá su futura liberación, ni son ellos los que se han sacrificado por la Patria: es la clase media, es el pueblo humilde de donde han surgido los mártires de la fe. Muchos jóvenes, principalmente de la benemérita A.C.J.M., han cortado su carrera, o bien renunciado a un brillante porvenir, por irse a engrosar las filas de la libertad; otros se hallan en el destierro, y muchos han sido descuartizados por el enemigo de nuestra fe».

Pero esta guerra religiosa, que pudo ser para México tan fausta y saludable como, según la Biblia, fue la revuelta de los Macabeos para Israel, no tuvo los resultados que eran de esperar por la intervención en la lucha, de la política, las negociaciones y las torpes componendas... La escuela seguiría ignorando a Dios, la infancia seguiría siendo iniciada con miras corruptoras en todos los misterios de la vida sexual; el divorcio continuaría deshaciendo hogares; en una palabra, seguiría vigente toda la legislación antirreligiosa, reconociéndose de hecho unas leyes que para los católicos no tienen de ley más que el nombre, a cambio de que algunos templos continuaran abiertos, no se persiguiera a los sacerdotes y otras ínfimas conquistas…

Durante dos años, el modesto statu quo no se vio grandemente violado. Alguna vez lograban filtrarse en las columnas de la prensa telegramas perdidos, dando la noticia de haber aparecido asesinado un jefe «cristero» a poco de haber regresado a su aldea. Así fueron cayendo centenares de jefes del ejército libertador, estando indefensos por haber depuesto las armas obedeciendo…; de tal modo, que el número de muertos habidos en tiempo de paz excedió al de los que cayeron en el campo de batalla.

Deshecha la resistencia católica, desalentados los cruzados y sin medios humanos para poder de nuevo levantar cabeza tras el rudo golpe que les infligió el «pacto» de 1929, el Gobierno mexicano ha vuelto a imprimir ritmo acelerado a la política antirreligiosa y comunista. Pero lo que a juicio de las gentes frívolas era imposible, no lo es para los hombres de fe. La fe mueve las montañas, y sólo pensando en esta fuente inagotable de energías espirituales podemos concebir que los católicos mexicanos hayan logrado sacar de la nada otro Ejército libertador que, cuando se escriben estas páginas, está riñendo combates en más de nueve Estados.

El libro, al que las precedentes consideraciones sirven de prólogo, no es, como a primera vista parece, una ingenua novela mejor o peor escrita y más o menos inspirada. Son una serie de estampas rigurosamente históricas tomadas de la situación por que atravesó México de 1926 a 1929, y que hoy se están repitiendo. Hechos históricos, argumentos y conversaciones que nos dan una impresión exacta de la situación de México en aquellos días, de la mentalidad de los recios varones y las esforzadas mujeres mexicanas. La doctrina defendida a lo largo de sus páginas es la misma que sostiene en El Derecho a la Rebeldía el Magistral de la Catedral de Salamanca, Sr. Castro Albarrán. Puede decirse de Héctor que es la forma novelada de El Derecho a la Rebeldía. El autor, cuya sólida cultura queda bien patente con la lectura de este libro, se ha visto obligado, por residir en México, a ocultar su nombre bajo el seudónimo de Jorge Gram[2].

* En «Revista Verbo – Speiro», Madrid – España; N° 451-452 (2007), pp. 27-36

[1] Reproducimos ahora con título de la redacción el prólogo que Eugenio Vegas Latapié puso para la edición peninsular de la novela de ambiente cristero Héctor, firmado por Jorge Gram. En ediciones mejicanas posteriores se reprodujo, con la advertencia de que se había juzgado necesario suprimir algunos párrafos inspirados por una información incompleta sobre los «arreglos» de 1929. Se estampa aquí también con dichas mutilaciones (N. de la R.de Verbo-Speiro).
[2] Jorge Gram es el seudónimo del P. David Guadalupe Ramírez (1889-1950), sacerdote mejicano. Bajo dicho nombre escribió entre otras obras, varias novelas cristeras.

miércoles, 8 de octubre de 2025

BREVES CRÓNICAS DE APOSTOLADO EN PERÚ.. todas las fotos

 




(junto al Sr. Ray, su Sra, esposa Jane y su nietito Mateo)


(frente a la hermosa iglesia de la Merced en Lima)


( Bendiciendo y rezando un responso por el eterno descanso del Sr. Dino Romero)


(compartiendo un riquísimo almuerzo (ceviche) preparado por Omar en su casa)

Visitando las ruinas prehispánicas de Huacho




Visitando a los abuelitos en el asilo Virgen del Carmen





En la histórica iglesia Santa María





24 de Septiembre es la Festividad de Ntra. Sra. de la Merced y participamos de su solemne procesión





Bendiciendo a los enfermos y algunas casas




jueves, 16 de febrero de 2023

¿Cómo aprovechar la Santa Comunión?


Mas el Salvador ofrécele otro alimento aún más divino; ofrécesele a sí mismo como manjar del alma. Dijo una vez el Señor a San Agustín:
Yo soy el pan de los fuertes. Pero no me cambiarás en tu sustancia propia, como sucede al manjar de que se alimenta tu cuerpo, sino al contrario, tú te mudarás en mí".[1]
En la comunión, Nuestro Señor nada tiene que ganar; toda la ganancia es del alma que es vivificada y elevada a lo sobrenatural; las virtudes de Jesucristo se trasfunden al alma, y queda ésta como incorporada a Él, haciéndose miembro de su cuerpo místico.
¿Cómo se realiza esta transformación e incorporación? Principalmente porque Jesús, presente en la Eucaristía, eleva al alma a un intensísimo amor.
Los efectos que este divino manjar produce los explica muy bien Santo Tomás (IIIª, q. 79, a. 1):
Los efectos que la Pasión consiguió para el mundo entero, los consigue este sacramento en cada uno de nosotros." Más adelante añade: "Así como el alimento material sostiene la vida corporal, y la aumenta, la renueva y es agradable al paladar, efectos semejantes produce la Eucaristía en el alma."
En primer lugar, sostiene o da mantenimiento. Todo aquel que, en el orden natural, no se alimenta o se alimenta mal, decae; la misma cosa acontece al que se priva del pan eucarístico que el Señor nos ofrece como el mejor manjar del alma. ¿Por qué nos habremos de privar, sin razón, de este pan supersustancial (Mt 6, 11) que debe ser para el alma, el pan nuestro de cada día?
Como el pan material restaura el organismo, renovando las fuerzas perdidas por el trabajo y la fatiga, así la Eucaristía repara las fuerzas espirituales que perdemos por la negligencia. Como dice el Concilio de Trento, nos libra además de las faltas veniales, devuélvenos el fervor que por ellas habíamos perdido, y nos preserva del pecado mortal.
Además, los manjares naturales aumentan la vida del cuerpo en el período del crecimiento. Mas en el orden espiritual, siempre tenemos que ir creciendo en el amor de Dios y del prójimo, hasta el momento de la muerte. Y para poderlo conseguir, en el pan eucarístico nos lo regala cada día con gracias renovadas. Por eso nunca se detiene, en los santos, el crecimiento sobrenatural, mientras aspiran a acercarse a Dios: su fe se hace cada día más esplendorosa y más viva, más firme su esperanza, y su caridad más pura y ardiente. Y así, poco a poco, de la resignación en los sufrimientos pasan al amor y alegría de la Cruz. Por la comunión todas las virtudes infusas van en aumento junto con la caridad, hasta llegar muchas veces al heroísmo. Los dones del Espíritu Santo, que son disposiciones permanentes infusas, conexas con la caridad, van creciendo también a una con ella.
En fin, así como el pan material es agradable al paladar, el pan eucarístico es dulcísimo al alma fiel, que en él encuentra fortaleza y gran sabor espiritual.
Dice el autor de la Imitación (1. IV, c. II y Ill):
Señor, confiando en tu bondad y gran misericordia, me llego enfermo al Salvador, hambriento y sediento a la fuente de la vida, pobre al Rey del cielo, siervo al Señor, criatura al Creador, desconsolado a mi piadoso consolador. (...) Date, Señor, a mí y basta; porque sin Ti ninguna consolación satisface. Sin Ti no puedo existir, y sin tu visitación no puedo vivir."
Santo Tomás expresó admirablemente este misterio de la comunión:
O res mirabilis, manducat Dominum, pauper, servus, et humilis!
¡Oh prodigio inefable! ¡Que el pobre servidor, esclavo y miserable, se coma a su Señor."
Esta es la sublime unión de la suprema riqueza con la pobreza. ¡Y decir que la costumbre y la rutina no nos dejan ver con claridad el sobrenatural esplendor de este don infinito!
Condiciones necesarias para hacer una buena comunión
Nos las recuerda el decreto por el que S. S. Pío X exhorta a los fieles a la comunión frecuente (20 de diciembre de 1905): En primer lugar, recuerda el decreto este principio:
Los sacramentos de la nueva ley, al mismo tiempo que operan ex opere operato, producen un efecto tanto mayor cuanto son más perfectas las condiciones en que se los recibe... Hase pues de procurar que una buena preparación preceda a la santa comunión, y que vaya seguida de fervorosa acción de gracias, según la posibilidad y condiciones de cada uno."
Según el mismo decreto, la condición primaria e indispensable para sacar provecho de la comunión es la intención recta y piadosa. Dice así:
La comunión frecuente y cotidiana, tan del agrado de Nuestro Señor Jesucristo y de la Iglesia católica, debe ser en tal forma facilitada a todos los fieles de cualquier clase y condición, que nadie que se acerque a la sagrada Mesa en estado de gracia y con recta y piadosa intención, ha de ser rechazado por ninguna prohibición. Intención recta quiere decir que aquel que se acerca a la santa comunión no lo haga movido por la costumbre, ni por vanidad, ni por cualquier otra razón humana, sino que pretenda únicamente responder a la voluntad del Señor, unirse a él más estrechamente por la caridad y, mediante este divino remedio, sanar sus enfermedades y sus culpas."
Esa recta y piadosa intención de que se habla aquí, ha de ser manifiestamente sobrenatural, o inspirada por motivos de fe; o sea, por el deseo de conseguir la gracia de servir mejor a Dios y de evitar el pecado. Si, junto con esta fundamental intención, se mezclase alguna otra secundaria de vanidad o deseo de ser alabado, este motivo secundario y accidental no impediría que fuese buena la comunión, aunque disminuiría su provecho. Los frutos que de ella saquemos serán tanto más abundantes cuanto esa recta y piadosa intención fuere más pura e intensa. Estos principios son ciertos y no es posible ponerlos en duda. Una sola comunión ferviente es, pues, mucho más provechosa que muchas hechas con tibieza.
Condiciones para hacer una ferviente comunión
Santa Catalina de Sena, en su Diálogo (cap. 110), señala estas condiciones, mediante un curioso símbolo:
Supongamos", dice, "que varias personas se alumbran con velas o cirios. La primera lleva una vela de una onza; la segunda, otra de dos onzas; la tercera, de tres; ésta, de una libra. Cada una enciende su vela. Y sucede que la que tiene la de una onza, ve menos que la que se alumbra con la de una libra. Así acontece a los que se acercan a este sacramento. Cada uno lleva su cirio encendido, es decir, los santos deseos con que recibe la comunión".
¿Cómo se manifiestan tales deseos?
Esos santos deseos, condición de una ferviente comunión, se han de manifestar en primer lugar, desechando todo apego al pecado venial, a la maledicencia, envidia, vanidad, sensualidad, etc... Esta afición es menos reprehensible en un cristiano de pocas luces, que en otros que han recibido gracias abundantes de las que no se muestran muy agradecidos. Si tales negligencia e ingratitud fueran en aumento, harían que la comunión fuera cada vez menos provechosa
Para que ésta sea fervorosa, se ha de combatir la afición a las imperfecciones, es decir, a un modo imperfecto de obrar, como acontece en los que, habiendo recibido cinco talentos, obran como si sólo poseyeran tres (modo remisso), y apenas luchan contra sus defectos. La afición a las imperfecciones se revela también en andar tras ciertas satisfacciones naturales y lícitas, pero inútiles, como, por ejemplo, tomar ciertos refrigerios sin los cuales podría uno pasar. Hacer el sacrificio de tales satisfacciones sería cosa muy agradable a Dios, y el alma, mostrando así mayor generosidad, recibiría en la comunión gracias más abundantes. No nos es lícito olvidar que nuestro modelo es el Salvador mismo, que se sacrificó hasta la muerte en la Cruz, y que debemos trabajar por nuestra salud y la del prójimo, empleando los medios de que echó mano nuestro divino Salvador. El alejamiento del pecado venial y de las imperfecciones es, empero, una disposición negativa.
Las disposiciones positivas para la comunión ferviente son: la humildad (Domine, non sum dignus), un profundo respeto a la Eucaristía, la fe viva y un deseo ardiente de recibir a Nuestro Señor que es el Pan de vida. Estas condiciones se resumen en una sola: tener hambre de la Santa Eucaristía.
Cualquier manjar es bueno cuando hay hambre. Un rico, accidentalmente privado de alimentos y hambriento, se siente dichoso si le dan un pedazo de pan negro; nunca le pareció gustar cosa más sabrosa. Si nosotros tuviéramos hambre de la Eucaristía, sacaríamos mucho más fruto de nuestras comuniones. Acordémonos de lo que era esta hambre en Santa Catalina de Siena: un día que con gran crueldad le había sido negada la comunión, en el momento que el sacerdote partía en dos la hostia de la misa, desprendióse una partecita y, milagrosamente voló hasta la Santa, en recompensa de su ardiente deseo de recibir a Jesús.
¿Cómo llegaremos a sentir esta hambre de la Eucaristía? Lo conseguiremos si meditamos detenidamente que sin ese alimento nuestra alma moriría espiritualmente, y luego haciendo con generosidad algunos sacrificios cada día.
Si alguna vez sentimos que nuestro cuerpo se debilita, sin dilación le proporcionamos manjares sustanciosos que lo reconfortan. El manjar por excelencia que restituye las fuerzas espirituales es la Eucaristía. Nuestra sensibilidad, tan inclinada a la sensualidad y a la pereza, tiene gran necesidad de ser vivificada por el contacto del cuerpo virginal de Cristo, que por amor nuestro sufrió los más terribles tormentos. Nuestro espíritu siempre inclinado a la soberbia, a la inconsideración, al olvido de las verdades fundamentales, a la idiotez espiritual, tiene gran necesidad de ser esclarecido por el contacto de la inteligencia soberanamente luminosa del Salvador, que es el Camino, la Verdad y la Vida. También nuestra voluntad tiene sus fallas; está falta de energías y está helada porque no tiene amor. Y ése es el principio de todas sus debilidades. ¿Quién será capaz de devolverle ese ardor, esa llama esencial para que siempre vaya hacia arriba en lugar de descender? El contacto con el Corazón Eucarístico de Jesús, ardiente horno de caridad, y con su voluntad, inconmoviblemente fija en el bien, y fuente de mérito de infinito valor. De su plenitud hemos de recibir todos, gracia tras gracia. Tal es la necesidad en que nos encontramos de esta unión con el Salvador, que es el principal efecto de la comunión.
Si viviéramos firmemente persuadidos de que la Eucaristía es el alimento esencial y siempre necesario de nuestras almas, ni un solo momento dejaríamos de sentir esa hambre espiritual, que se echa de ver en todos los santos.
Para encontrarla, si acaso la hubiéramos perdido, preciso es hacer ejercicio, como se recomienda a las personas débiles que languidecen. Mas el ejercicio espiritual consiste en ofrecer a Dios algunos sacrificios cada día; particularmente hemos de renunciar a buscarnos a nosotros mismos en las tareas en que nos ocupamos; por ese camino irá el egoísmo desapareciendo, poco a poco, para dar lugar a la caridad que ocupará el primer puesto en nuestra alma; de esa manera dejaremos de preocuparnos de nuestras pequeñas naderías, para pensar más en la gloria de Dios y la salvación de las almas. Así volverá de nuevo el hambre de la Eucaristía. Para comulgar con buenas disposiciones, pidamos a María nos haga participar del amor con que de las manos de San Juan recibía la santa comunión.
Los frutos de una comunión ferviente están en proporción con la generosidad con que a ella nos preparamos. "Al que tiene [buena voluntad] se le dará más y nadará en la abundancia, dice el Santo Evangelio (Mt 13, 12). Santo Tomás nos recuerda en el oficio del Santísimo Sacramento, que el profeta Elías, cuando era perseguido, se detuvo, rendido, en el desierto, y se echó debajo de un enebro como para esperar la muerte; y se durmió; le despertó un ángel y le mostró junto a sí un pan cocido a fuego lento y un cántaro de agua. Elías comió y bebió, y, con la fuerza que le dio este alimento, caminó cuarenta días, hasta el monte Horeb, donde le esperaba el Señor. He ahí una figura de los efectos de la comunión ferviente.
Meditemos en que cada una de nuestras comuniones debería ser sustancialmente más fervorosa que la anterior; y en que todas ellas no sólo han de conservarnos en la caridad, sino que han de acrecentarla, y disponernos en consecuencia a recibir al día siguiente al Señor, con un amor, no sólo igual, sino mucho más ardiente que la víspera. Como una piedra cae con tanta mayor rapidez cuanto se acerca más al suelo, así, dice Santo Tomás [2], deberían las almas ir a Dios con tanta más prisa cuanto más se acercan a Él y son por Él más atraídas. Y esta ley de la aceleración, que es a la vez ley natural y del orden de la gracia, habría de verificarse sobre todo por la comunión cotidiana. Y así sería si no fueran obstáculo algunas aficiones al pecado venial o a las imperfecciones. Encuentra, en cambio, realización plena en la vida de los santos, que en los últimos años de su vida realizan mucho más rápidos progresos en la santidad, como se ve en la vida de Santo Tomás. Esta aceleración fue realidad especialmente en la vida de María, modelo de devoción eucarística; con seguridad que cada una de sus comuniones fue más fervorosa que la precedente.
Pluguiera a Dios que otro tanto acaeciera en nosotros, aunque sea en menor medida; y que, aunque la devoción sensible faltare, nunca se eche de menos la sustancial, o sea la disposición del alma a entregarse al servicio de Dios.
Como dice la Imitación de Cristo (1. IV, c. IV):
Pues, ¿quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? ¿O quién está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor? Tú eres fuente llena, que siempre mana y rebosa; fuego que de continuo arde y nunca se apaga."
Esta fuente de gracia es tan alta y tan fecunda, que puede ser comparada con las cualidades del agua, que da refrigerio, y a sus opuestas, las del fuego abrasador. Aquello que en las cosas materiales anda dividido, únese en la vida espiritual, sobre todo en la Eucaristía.
Pensemos, al comulgar, en San Juan, que reposó su cabeza en el costado de Jesús, y en Santa Catalina de Siena, quien más de una vez tuvo la dicha de beber con detenimiento en la llaga de su Corazón, siempre abierto para mostrarnos su amor. Tales gracias extraordinarias las concede Dios, de tanto en tanto, para darnos a entender las cosas que pasarían en nuestra alma si supiéramos responder con generosidad al divino llamamiento.
Examen: Las comuniones sin acción de gracias
Si scires donum Dei! ¡Si conocieras el don de Dios!
No pocas almas interiores nos han expresado el dolor y pena que sienten ante el hecho de que, en algunos lugares, la mayor parte de los fieles se van de la iglesia inmediatamente después de la misa en que han comulgado. Aún más, tal costumbre tiende a hacerse general, aun en muchos pensionados y colegios católicos, en los que, antes, los alumnos que habían comulgado continuaban en la capilla como unos diez minutos después de la misa, dando gracias; costumbre que muchos han conservado toda la vida.
En ese tiempo, para hacer comprender la necesidad de la acción de gracias, se contaba, y con mucho fruto, lo que una vez hizo San Felipe de Neri, quien mandó en cierta ocasión que dos monaguillos, con cirios encendidos, acompañasen, un buen trecho, a una dama que solía salir de la iglesia inmediatamente después de la misa de comunión. Mas hoy van introduciéndose por todas partes ciertos modales de irrespetuosidad hacia todo el mundo, hacia los superiores como hacia los iguales e inferiores, y aun hacia Nuestro Señor. De continuar así, habrá pronto muchos que comulgan y muy pocos que comulgan bien. Si las almas celosas no se esfuerzan por contrarrestar esta corriente de despreocupación, en vez de disminuir irá en aumento, destruyendo poco a poco el espíritu de mortificación y de verdadera y sólida piedad. Mas lo cierto es que Nuestro Señor permanece siempre el mismo, y nuestros deberes hacia Él son también los mismos de antes.
La acción de gracias es un deber siempre que hayamos recibido un beneficio, y tanto mayor cuanto el favor es más notable. Cuando obsequiamos con un objeto de algún valor a una persona amiga, nos causa no poca pena el ver que, a veces, ni siquiera se toma la molestia de pronunciar una sola palabra de agradecimiento. Cosa que sucede con más frecuencia de lo que sería de desear. Y si tal despreocupación, que es ingratitud, nos molesta, ¿qué no podremos decir de las ingratitudes sin cuento para con Nuestro Señor cuyos beneficios son inmensos e infinitos?
El mismo Jesús nos lo dijo, después de la curación de los diez leprosos, de los que sólo uno se volvió a darle las gracias: ¿Los otros nueve dónde están?, preguntó el Salvador.
Mas en la comunión, el beneficio que recibimos es inmensamente superior a la milagrosa curación de una enfermedad corporal, puesto que recibimos al autor de la salud y el acrecentamiento de la vida de la gracia, que es germen de la vida eterna; en ella se nos da también aumento de caridad, es decir, de la más excelsa de las virtudes, la cual vivifica y anima todas las otras y es el fundamento y principio del mérito.
Jesús dio con frecuencia gracias a su eterno Padre por todos sus beneficios, particularmente por el de la Encarnación redentora; y desde el fondo de su alma agradeció a su Padre el que hubiera revelado ese misterio a los pequeños y humildes. Dióle gracias en la Cruz, al pronunciar el Consummatum est. Y ahora no cesa de hacerlo en el santo Sacrificio de la Misa, en la que es sacerdote principal. La acción de gracias es uno de los cuatro fines del sacrificio, junto con la adoración, la súplica y la reparación. Y aun después del fin del mundo, una vez que la última misa esté ya celebrada, y cuando no habrá ya sacrificio propiamente dicho, sino sólo su consumación; cuando la impetración y reparación se hubieren terminado, el culto de adoración y de acción de gracias durará eternamente, y su expresión será el Sanctus, que será el eterno cántico de los elegidos.
Así se comprende que muchas almas interiores tengan tanta diligencia y la muy santa costumbre de hacer celebrar misas de acción de gracias, particularmente los segundos viernes de mes, para contrarrestar la ingratitud de los hombres, y aun de tantos cristianos que apenas saben agradecer los inmensos beneficios recibidos del Señor.
Si alguna cosa hay, sin embargo, que exija especial acción de gracias, es la institución de la Sagrada Eucaristía, por la cual quiso Jesús permanecer real y sustancialmente con nosotros, continuando por modo sacramental la oblación de su sacrificio, y a fin de dársenos en manjar que nutra nuestras almas mejor que el más sustancioso de los alimentos pudiera nutrir el cuerpo. No se trata aquí de alimentar nuestra mente con los conceptos de un San Agustín o de un Santo Tomás, sino de hacer nuestro sustento al mismo Jesucristo Señor Nuestro, con su humanidad y la plenitud de gracias que reside en su alma santísima, unida personalmente al Verbo y a la Divinidad. El Beato Nicolás de Flüe decía: Señor Jesús, róbame a mí mismo y entrégame a ti; añadamos nosotros: Señor Jesús, entrégate a mí, para que yo te pertenezca totalmente. Sería éste el más excelso don que pudiéramos recibir. ¿Y no merecería de nuestra parte rendidísimas acciones de gracias? Esa finalidad tiene precisamente la devoción al Corazón eucarístico de Jesús.
Si el autor que os hace donación de su libro puede con razón quejarse de que no le hayáis dado las gracias, ¡cuánto más dolorosa no será la ingratitud de quien no se acuerda de mostrar y significar su agradecimiento después de la comunión, en la que Jesús se da a sí mismo a nuestras almas!
Los fieles que se alejan de la iglesia casi al momento de haber comulgado, diríase que se olvidan de que la presencia real de Jesús subsiste en ellos, como las especies sacramentales, un cuarto de hora más o menos después de la comunión, ¿y no serán capaces de hacer compañía a este divino Huésped durante esos pocos minutos? ¿Cómo no caen en la cuenta de su irreverencia? [3] Nuestro Señor nos llama, se entrega a nosotros con tan divino amor, y nosotros diríase que nada tenemos que decirle ni escuchar su voz durante unos pocos instantes.
Los Santos, y en particular Santa Teresa, como lo hace notar Bossuet, nos han repetido muchas veces que la acción de gracias después de comulgar es para nosotros el momento más precioso de la vida espiritual.[4] La esencia del Sacrificio de la Misa está indudablemente en la consagración, pero de él participamos por la comunión. Hase de establecer en ese momento, real contacto entre el alma santísima de Jesús y la nuestra, y unión íntima de su inteligencia humana, iluminada por la lumbre de la gloria, con la nuestra que con tanta frecuencia se halla oscurecida, llena de tinieblas, olvidada de sus deberes y tan obtusa en presencia de las cosas divinas; hemos igualmente de esforzarnos por que sea realidad la unión íntima de la voluntad humana de Jesús, inmutable en el bien, con la nuestra, tan mudable e inconstante; y en fin, unión de su purísima sensibilidad con la nuestra tan pecadora. En la sensibilidad de Nuestro Señor está el foco y centro de las virtudes de fortaleza y virginidad que esfuerzan y comunican pureza a las almas que se acercan a él.
Mas Jesús no habla sino a los que le escuchan y no dejan voluntariamente de oírle. Por eso, no sólo hemos de reprocharnos las distracciones directamente voluntarias, sino también las que no lo son sino indirectamente, pero debidas a nuestra negligencia en considerar, desear y hacer aquello que estamos obligados a considerar, hacer y desear. Tal negligencia es el principio de multitud de pecados de omisión, que, al examinar la conciencia, se nos pasan casi inadvertidos. Muchas personas que no encuentran pecados en su conciencia, por no haber cometido ninguno grave, están, sin embargo cargadas, de faltas de omisión y negligencia indirectamente voluntaria, que no carece de alguna culpabilidad.
No echemos, pues, en olvido, la acción de gracias, como sucede con frecuencia. ¿Qué frutos se pueden esperar de comuniones hechas con tan poco cuidado y devoción?
Todo beneficio exige el agradecimiento, y un beneficio inconmensurable demanda un agradecimiento proporcionado. Como no somos capaces de tenerlo para con Dios, pidamos a María medianera que venga en nuestro auxilio y nos haga tomar parte en la acción de gracias que ella ofreció al Señor después del sacrificio de la Cruz, después del Consummatum est, y después de las misas del apóstol San Juan. Tanta negligencia en la acción de gracias por la santa comunión proviene de que no conocemos como debiéramos el don de Dios: si scires donum Dei! Pidamos al Señor, humilde pero ardientemente, la gracia de un vivísimo espíritu de fe, que nos permita comprender mejor cada día el valor de la Eucaristía; pidamos la gracia de la contemplación sobrenatural de este misterio de fe, es decir, el conocimiento vivo y claro que procede de los dones de inteligencia y de sabiduría, y es el principio de una ferviente acción de gracias, tanto más intensa cuanto fuere mayor el conocimiento de la grandeza del don que hemos recibido.[5]

[1] Confesiones, 1, VII, c. X.

[2] Comentario de la Epístola a los Hebreos, X, 25

[3] No nos referimos aquí a las personas verdaderamente piadosas que, por obligación o alguna necesidad, se ven en la precisión de abandonar la iglesia luego de la comunión.

[4] Véase sobre el particular la hermosa vida de la fundadora del Cenáculo, Madre María Teresa Couderc: Une grande humble, por el P. Perrov, S. J., p. 195: El día que he recibido la santa comunión, dice a su Superiora, me es imposible dejar la capilla. El tiempo dedicado a la acción de gracias por la comunidad me parece tan breve, que debo violentarme para seguirla al refectorio.

[5] Recuérdese lo que era la acción de gracias del peregrino mendigo que se llamó San Benito José Labre, que con frecuencia se elevaba en éxtasis y se transfiguraba contemplando al Salvador presente en la Eucaristía.

martes, 25 de mayo de 2021

DE LA PACIENCIA EN LAS ENFERMEDADES.


Dije que el Señor le regaló, porque los santos estimaban como regalos las enfermedades y dolores que el Señor les enviaba. Cierto día, San Francisco de Asís se hallaba en cama, acabado de dolores, y un compañero que le asistía le dijo: " Padre, ruegue a Dios que le alivie este trabajo y que no cargue tanto la mano sobre usted ". Al oír esto, se lanzó prontamente el Santo de la cama y, arrodillado en tierra, se puso a dar gracias a Dios dd aquellos dolores, y, vuelto al compañero, le dijo: " Sepa, hermano, que, si no supiera yo que había hablado por sencillez, no quisiera volverlo a ver ".
Enfermo habrá que diga: A mí no me desagrada tanto padecer cuanto verme imposibilitado de ir a la Iglesia para practicar mis devociones, comulgar y oír Misa; no puedo ir al coro a rezar el oficio con mis compañeros; no puedo celebrar, ni siquiera puedo hacer oración, por los dolores y desvanecimientos de cabeza. Pero, por favor, dígame: y ¿ para que quiere ir a la iglesia o al coro ? ¿ Para qué ir a comulgar, a celebrar o a oír Misa ? ¿ Para agradar a Dios ? Pero si ahora no le agrada a Dios que reze el oficio, que comulgue ni que oiga Misa, sino que lleve con paciencia en el lecho las penalidades de la enfermedad... Si esta mi respuesta no es dd su agrado, es señal de que no busca lo que a Dios agrada, sino lo suyo. El venerable P. Maestro Ávila, escribiendo a un sacerdote que se quejaba de este modo, le dice: " No tantees lo que hiciera estando sano, mas cuánto agrades al Señor con contentarte con estar enfermo. Y si buscas, como creo que buscas, la voluntad de Dios puramente, ¿ que más se te da estar enfermo que sano, pues que su voluntad es todo nuestro bien?" Dices que no puedes hacer oración porque anda desconcertada la cabeza.
Concedido: no puedes meditar, pero ¿ y no puedes hacer actos de conformidad con la voluntad de Dios? Pues sabe que, si te ejercitas en tales actos, tienes la mejor oración que puedas tener, abrazando con amor los dolores que te afligen. Así lo hacia San Vicente de Paúl: cuando estaba gravemente enfermo, se ponía gravemente en la presencia de Dios, sin violentarse en aplicar el pensamiento en un punto particular, y se ejercitaba de cuando en cuando en algún acto de amor, de confianza, de acción de gracias y, más a menudo, de resignación, mayormente cuando con más fiereza le asaltaban los dolores. San Francisco de Sales decía que " las tribulaciones, consideradas en sí mismas, son espantosas; pero, consideradas como voluntad de Dios, son amables y deleitosas ". ¿ Que no puedes hacer oración ? Y ¿ qué mejor que repetir las miradas al crucifijo, ofreciéndole los trabajos que sufres y uniendo lo poco que padeces a los inmensos dolores padecidos por Jesucristo en la Cruz ?
Hallándose en cama cierta virtuosa señora, víctima de graves dolencias, una criada le puso en manos el crucifijo, diciéndole que rogara a Dios la librara de aquellos dolores; a lo que respondió la enferma: " Pero ¿ cómo me pides ruegue a Dios que me baje de la cruz, teniéndole crucificado en mis manos ? Líbreme Dios de ello, pues quiero padecer por el que padeció por mi dolores mayores que los míos ". Que fue lo que el mismo Señor dijo a Santa Teresa, hallándose apretada de grave enfermedad apareciéndosele todo llagado:
" Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tus dolores ". Por lo que la Santa solía decir después cuando le aquejaba cualquier enfermedad: " Oh Señor mío!, cuando pienso por qué de manera padeciste y como por ninguna lo mereciste, no se qué me diga de mi ni dónde tuve el seso cuando no deseaba padecer, ni a donde estoy cuando me disculpo ". Santa Liduvina estuvo treinta y dicho años en continuos padecimientos de fiebres, gota, inflamación de la garganta y llagas por todo el cuerpo; pero, teniendo siempre ante la vista los dolores de Jesucristo, se la veía en cama alegre y jovial. Se cuenta también de San José de Leonisa que, teniendo el cirujano que hacerle una dolorosa operación, ordenó lo ataran para evitar los movimientos por efecto del dolor, y el Santo, tomando en manos el crucifijo, exclamó " ¿ Para qué esas cuerdas y para qué esas ataduras ? Este es quien me hará soportar pacientemente todo dolor por amor suyo "; y así sufrió la operación sin proferir una queja. El mártir San Jonás, condenado a permanecer durante una noche tan tranquila como aquella, porque se había representado a Jesucristo pendiente de la cruz, y así aus dolores, en comparación con los de Cristo, se le habían hecho más bien regalos que tormentos. ¡ Cuántos méritos DE pueden alcanzar con solo sufrir pacientemente las enfermedades ! Le fue dado al P. Baltasar Álvarez ver la gloria que Dios tenía preparada para cierta religiosa ferviente que había sufrido con paciencia ejemplarísima la enfermedad, y decía que más había merecido aquella religiosa en ocho meses de enfermedad que otras de vida ejemplar en muchos años. Sufriendo con paciencia los dolores de nuestras enfermedades, se compone en gran parte, quizá mayor, la corona que Dios nos tiene dispuesta en el paraíso. Esto precisamente se le reveló a Santa Liduvina, quien, después de haber sobrellevado tantas y tan dolorosas enfermedades como arriba se mencionó, deseaba morir mártir por Jesucristo, cuando cierto día que suspiraba por tal martirio vió una hermosa corona, pero no acabada aún, y oyó que se preparaba para ella, por lo que la Santa, deseosa de que se acabara, pidió al Señor que le aumentara los padecinientos. La escuchó el Señor y le envió unos soldados, que la maltrataron no sólo de palabra, sino apaléandola. Acto continuo se le apareció un ángel con la Corona ya acabada, y le dijo que aquellos últimos tormentos habían terminado de engastar las perlas que faltaban, y poco después murió.
Para las almas que aman ardientemente a Jesucristo, los dolores e ignominias se tornan suaves y deleitables. De ahí que los santos mártires fueran con tanta alegría al encuentro de los ecúleos, las uñas de hierro, las planchas ardientes y las hachas de los verdugos. El mártir San Procopio, cuando el tirano le atormentaba, le decía: " Atorméntame cuanto te plazca, pero ten por entendido que los amadores de Jesucristo nada estiman más precioso que padecer por su amor ".
San Gordiano, también mártir, decía al tirano que le amenazaba con la muerte: " Tú me amenazas con la muerte, pero lo que yo siento es no poder morir más que una vez por Jesucristo ". Pero ¿ por qué los mártires, pregunto yo, hablaban de esta manera ? No, responde San Bernardo; no hizo esto la estupidez, sino el amor. No eran estúpidos, sino que sentían perfectamente los tormentos y dolores que les hacían padecer; pero, porque amaban a Jesucristo tenían a gran ganancia sufrir tanto y perderlo todo, aun la misma vida, por su amor.
En tiempo de enfermedad debemos, sobre todo, estar dispuestos a aceptar la muerte, y la muerte que a Dios le plazca. Tenemos que morir y alguna ha de ser nuestra última enfermedad; así que en cada una de ellas habremos de estar dispuestos a abrazar la que Dios nos tenga destinada. Pero dirá algun enfermo: " Yo cometí muchos pecados y no hice penitencia de ellos, por lo que quisiera vivir, no no por vivir, sino para satisfacer a la justicia divina antes de morir ". Pero dime, hermano mío, ¿ cómo sabes que viviendo harás penitencia y no serás peor de lo que antes fuiste ? Ahora puedes esperar de la misericordia divina que te habrá perdonado. ¿ Qué mayor penitencia que estar pronto a aceptar resignadamente la muerte si tal es la voluntad de Dios ? San Luis Gonzaga, muerto en la juventud de los veintitrés años, se abrazó alegremente con la muerte, diciendo: " Ahora confío hallarme en gracia de Dios, y como ignoro lo que después acontecerá, muero contento si al Señor le place llamarme ahora a la otra vida ". El P. Maestro Ávila decía " que cualquiera que se hallara con mediana disposición debía antes desear la muerte que la vida, por razón del peligro en que se vive, que todo cesa con la muerte ".
Además, en este mundo no se puede vivir, debido a nuestra natural debilidad, sin cometer algún pecado, al menos venial; aun cuando no sólo fuera más que para evitar el peligro de ofender a Dios venialmente, deberiamos abrazarnos alegremente con la muerte. Por otra parte, si amamos verdaderamente a Dios, debíamos suspirar ardientemente por verle en el paraíso y amarle con todas nuestras fuerzas, cosa que no se puede hacer perfectamente en esta vida; pero si la muerte no nos abre aquella puerta, no podremos entrar en la dichosa patria del amor. Por esto exclamaba el enamorado de Dios, San Agustín: " ¡ Ea, Señor, muérame yo para contemplarte ! " Señor, permiteme morir, pues si no muero, no puedo llegar a verte y amarte cara a cara.
Santos Vicente de Paúl, Francisco de Sales, Teresa de Jesús, San Francisco de Asís, José de Leonisa, Liduvina, Gordiano, Bernardo, Luis Gonzaga y venerables P. Luis de la Puente, P. Maestro Ávila y mártir San Jonás y mártir San Procopio. Orate pro nobis. Amén

viernes, 29 de enero de 2021

LA RESTAURACIÓN DE LA FAMILIA. Por: Reverendo Padre Antonio Mathet

 San Pablo en su primera Epístola a los Corintios hace un verdadero y profundo análisis del Sacramento del matrimonio al igual que en la carta a los Efesios. En el capítulo V de esta última dice el Apóstol: "Las casadas estén sujetas a sus maridos, como al Señor; por cuanto el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es Cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo; del cual El mismo es Salvador. De donde, así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres le han de estar a sus maridos en todo. Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se sacrificó por ella para santificarla, limpiándola en el bautismo de agua con la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer delante de El llena de gloria, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos. Quien ama a su mujer, a sí mismo se ama. Ciertamente que nadie aborreció jamás a su propia carne; antes bien, la sustenta y cuida, así como también Cristo a la Iglesia; porque nosotros somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una sola carne. Sacramento es éste grande, mas yo  hablo con respecto a Cristo y a la Iglesia. Cada uno, pues, de vosotros, ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido" (Cfr. Ef. V, 22-23).

   Vemos aquí como el Apóstol de los gentiles señala claramente: la condición de jefe que el marido debe desempeñar en el matrimonio debiendo al mismo tiempo amar a su mujer como Cristo amó a la Iglesia, a la vez que la mujer debe estar sujeta al marido en la obediencia para que de esa manera reine la armonía en esa unión sacramental que es el matrimonio.

   Con respecto a los hijos y a los padres dice también San Pablo en la misma carta a los Efesios: "Hijos, obedeced vosotros a vuestros padres en el Señor; porque es ésta una cosa justa. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento que va acompañado con la promesa; para que te vaya bien y tengas larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no irritéis a vuestros hijos, mas educadlos corrigiéndolos, e instruyéndolos según el Señor" (Cfr. Ef. VI, 1-4).

   Es notable el paréntesis que San Pablo introduce aquí en la cita del cuarto Mandamiento para destacar que es el primero (único a cuyo amor nos estimula Dios por una promesa de felicidad aún temporal. Sin duda interesa al divino Padre ver honrada la paternidad que es una imagen de la suya.

   También Su Santidad el Papa Pío XI en su Encíclica sobre el matrimonio cristiano "Casti Connubi Quanta Sit Dignitas" del 3 de diciembre de 1930 dice entre otras cosas: "Cuán grande sea la dignidad del casto matrimonio, principalmente puede colegirse que habiendo Jesucristo Nuestro Seftor, Hijo del Eterno Padre, tomado la carne del hombre caído, no sólo quiso incluir de un modo peculiar este principio y fundamento de la sociedad doméstica y hasta del humano consorcio en aquél su amantísimo designio de redimir, como lo hizo, a nuestro linaje, sino que también lo elevó a verdadero y grande sacramento de la Nueva Ley, restituyéndolo antes a la primitiva pureza de la divina institución y encomendando toda su disciplina y cuidado a Su Esposa la Santa Iglesia.

   Dice allí también el Pío XI que la doctrina y la gracia de Jesucristo robustece el matrimonio para que de esta manera los cónyuges cristianos, robustecidas sus flacas voluntades con esa gracia interior de Dios, se conduzcan en todos sus pensamientos y en todas sus obras, en consonancia con la purísima ley de Cristo, de la cual se derivan para sí y para sus familias, la felicidad y la paz.

   Advierte también el Santo Padre sobre los errores modernos sobre el matrimonio, los cuales apoyándose en falsos principios de una nueva y perversísima moralidad hacen que muchos hombres, olvidando la divina obra de restauración en Cristo, desconozcan por completo la santidad excelsa del matrimonio cristiano o la nieguen descaradamente conculcándola. Continúa diciendo el Romano Pontífice que se debe vindicar la divina institución del matrimonio, su dignidad sacramental y su perpetua estabilidad haciendo notar especialmente que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina; que no protegido, confirmado, ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, Señor de la naturaleza, y de su restaurador Cristo Señor Nuestro, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges. Esta es la doctrina de la Sagrada Escritura, (Gén. 1, 27-28; 11, 22-23; Mt. XIX, 3 ss.) esta es la constante tradición de la Iglesia universal, ésta es la definición solemne del Santo Concilio de Trento, el cual con las mismas palabras del texto sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios.

   El principal texto sagrado con respecto a la indisolubilidad del matrimonio es sin duda el pronunciado por Jesucristo Nuestro Señor al elevarlo a Sacramento en el cual dijo que El Creador desde el principio varón y mujer los hizo y por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos sino una carne. ¡Pues bien, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe! y Yo os digo que quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con una repudiada, comete adulterio" (Mt. 19,3 ss.).

   Dice también el Papa en "Casti Connubi" que ya no hay duda de que para elegir el género de vida, está en el arbitrio o voluntad propia una de estas dos cosas: o seguir el consejo de guardar virginidad dado por Jesucristo, el cual es el estado más excelente pero al cual solamente unos pocos son llamados por Dios Nuestro Señor, u obligarse con el vínculo matrimonial. Ninguna ley humana puede privar a un hombre del derecho natural y originario de casarse, ni circunscribir de manera alguna la razón de las nupcias, establecida por Dios desde el principio: "Creced y multiplicaos" (Gen. 1, 8).

   Acota la misma Encíclica con referencia a los bienes del matrimonio elaborados por San Agustín, que el primer bien del matrimonio son los hijos,conforme al mandato divino de "creced y multiplicaos" de lo cual también bellamente deduce este gran santo de las palabras del Apóstol San Pablo a Timoteo cuando dice que se celebre el matrimonio con el fin de engendrar lo cual testifica así el Apóstol: "Quiero que las que son jóvenes se casen" Y como si se le preguntara: ¿Con qué fin? añade en seguida: Para que críen hijos, para que sean madres de familia" (1 Tim V, 14) El segundo bien del matrimonio es la fidelidad conyugal que es la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial a lo cual están gravemente obligados por ser dicho contrato de institución divina.

 LOS ATAQUES AL MATRIMONIO

   Dice el Papa Pío XI al ponderar la excelencia del casto matrimonio, que causa gran dolor el ver a esta divina institución tantas veces despreciada y también en diversas partes conculcada. Pensemos que ésto lo dice el Sumo Pontífice en el año 1930.

   Señala que se niega la institución Divina del matrimonio y la santificación por Cristo afirmándose que es de institución humana, es decir que dicen esos detractores que el matrimonio no ha sido instituido por el Autor de la naturaleza ni elevado por Jesucristo Seftor Nuestro a la dignidad de sacramento verdadero, sino que es invención de los hombres. Y de acuerdo a ésto, entonces, concluyen que las leyes, instituciones y costumbres por las que se rige el matrimonio, debiendo su origen a la sola voluntad de los hombres, tan sólo a ellas están sometidas y, por consiguiente, pueden ser establecidas, cambiadas y abrogadas según el arbitrio de los mismos hombres y las viscisitudes de las cosas humanas; y que la facultad generativa, que se funda en la misma naturaleza se extiende más que el matrimonio y que, por lo tanto, puede ejercitarse tanto dentro como fuera del santuario del matrimonio, aún sin tener en cuenta los fines del mismo, como si el vergonzoso libertinaje de la mujer fornicaria gozase casi de los mismos derechos que la casta maternidad de la esposa legítima. Esto llegan a sostener estos hombres perversos.

   Y de lo anterior se derivan fatalmente toda una serie de nuevos modos de uniones ilícitas como por ejemplo lo que se llama Matnmomo por cierto tiempo", "el matrimonio de prueba", "el matrimonio amistoso", etc. Y al sostenerse que el matrimonio es de institución humana se incurre en ese mal tremendo que es el divorcio vincular. Y así vemos que los hombres han conculcado y violado el mandato de Jesucristo al elevar el matrimonio a sacramento cuando dijo: "No separe el hombre lo que Dios ha unido".

   Otro mal gravísimo que atenta contra la santidad del matrimonio es el de la limitación de los hijos por métodos artificiales, lo que constituye una grave ofensa a Dios Nuestro Señor, Autor de esa naturaleza.

   Y todo esto desemboca en el más grave de todos los crímenes que es el aborto, pecado monstruoso, habiendo sancionado la Iglesia con pena de excomunión a los que en él incurren, por ser el asesinato de un ser indefenso en el útero materno y privándolo al mismo del Santo Bautismo, y por lo tanto, de la Visión Beatifica por toda la eternidad.

LA SlTUACION ACTUAL
DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

   Desgraciadamente, en esta tremenda crisis de esta segunda mitad del siglo XX, la institución matrimonial y familiar forma también parte de la misma.

   Ella se traduce en una situación realmente catastrófica en un inmenso número de los matrimonios actuales y por ende en un inmenso número de familias.

   Es una situación de crisis general en la sociedad actual; ocasionada ante todo por la crisis de la Iglesia, mejor dicho de una gran mayona de los miembros de la jerarquía (obispos y sacerdotes) que han sido seducidos por las reformas producidas por el "liberalismo católico" que se ha adueñado de los más altos puestos de esa jerarquía ocasionando el lamentable cuadro de una Iglesia que aparece como contradiciéndose de todo lo que sostuvo a lo largo de casi veinte siglos a través de unos 260 Papas desde San Pedro hasta Pío XII; de 20 Concilios Ecuménicos Dogmáticos y otras manifestaciones y sucesos de la Iglesia Católica Apostólica Romana,. única verdadera por ser la única fundada por Nuestro Sefior Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre y por lo tanto la única barca en la que nos podemos salvar ya que es dogma de fe que fuera de ella no hay salvación.

   El mundo y por lo tanto la sociedad ya estaba en decadencia desde hacía cinco siglos debido sobre todo a la Reforma protestante y al liberalismo triunfante de la Revolución Francesa, pero la Iglesia era el faro rector de ese mundo renegado al cual trataba de salvar. Pero a partir del Concilio Vaticano IIel suceso más desgraciado del siglo, y como consecuencia del mismo, la Iglesia Conciliar, de faro rector de ese mundo desgraciado, se ha convertido en su furgón de cola obedeciendo así a ese mundo cuyo príncipe es Satanás. Y toda la apostasía es debida a ese falso ecumenismo que se ha querido implantar porque se ha atacado el dogma "Extra Eclessia nulla salus" ("Fuera de la Iglesia no hay salvación") por lo cual se han destruido los Sacramentos, la moral y principalmente el Santo Scrificio de la Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz reemplazándolo por un ritoconmemorativo de la Última Cena, es decir, de tendencia protestanteque conduce a la herejía. Y esta destrucciónde la Misa y su reemplazo por la cena es precisamente para ese acercamiento a los protestantes basados en ese ecumenismo equivocado.

   Hablando específicamente de la familia en medio de de esta crisis, con respecto a la misma se ha perdido la noción de su función esencial que es la de ser célula de la sociedad, habiendo desaparecido la autoridad de los padres sobre los hijos, éstos últimos actúan por su cuenta y en muchos casos son atrapados por las ideas disolventes en boga, cayendo muchas veces en la subversión, en la pornografía, en la droga, etc. Es decir, en resumen, que se ha destruido a la familia.

REMEDIOS PARA LA
RESTAURACIÓN DE LA FAMILIA

   Es necesario emprender una gran "Cruzada" para la restauración de la familia.

   Para ello se debe emprender primero una "Cruzada" para los matrimonios en la cual se inculque a los esposos lo que es en realidad el Sacramento por el cual se hallan unidos, aclararles bien cuales son sus fines, sobre todo el primario que es el de la concepción de la prole y su educación de acuerdo a los mandatos de Dios, advertirles la gravedad de l contracepción y hacer que le tomen un gran horror al aborto.

   Hay que tener en cuenta que más del 90% de los abortos que se realizan actualmente en el mundo no son causados por madres solteras ni por problemas de salud, los cuales son también muy graves, sino que son ocasionados por matrimonios, con el pretexto de que no quieren tener más hijos, es decir, para vivir más cómodos y utilizando el acto maritalno para el fin del mismo, que es la procreación, sino simplemente para satisfacción de sus pasiones; se debe emprender en esta "Cruzada" una campaña contra este crimen del aborto, exhibiendo filmes con respecto al mismo; si los matrimonios vieran esos filmes y por ellos apreciaran lo que es un feto desde la iniciación del embarazo hasta el nacimiento, en que ese nuevo ser vive, respira, se alimenta, etcétera. Y como trata de defenderse en el momento en que se va a provocar el aborto, esos padres y madres de familia le tomarían un gran horror al mismo. O sea, que lo fundamental para la restauración de la familia es llevar a cabo actualmente grandes campañas contra todos los males que se le oponen.

   Hacerles comprender la grave ofensa que se le ocasiona a Dios y los graves castigos externos que ello acarrea.

   En fin, debemos rezar ante todo para el éxito de esas campañas. Rezar a Dios Nuestro Señor y muy especialmente a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen María y al gran San José, es decir, a la Sagrada Familia de Nazaret para que todas las familias traten de imitarla.