lunes, 18 de febrero de 2019

SOBRE EL DISTRIBUTISMO. Este artículo fue escrito por Don Pedro Jiménez de León



Premisas básicas

Podemos ver tres puntos básicos en el distributismo, que serían:

La propiedad privada como punto de partida, pero no cualquier propiedad privada. Al contrario que sucede en el capitalismo, en el que unos pocos tienen una gran cantidad de propiedad productiva, en el distributismo se apuesta por que muchos tengan su pequeña propiedad productiva. Se apuesta por una propiedad productiva justamente distribuida, equitativa. Esto es: que cada familia sea dueña de su hogar y de su medio de producción, tratando de conseguir hogares autosuficientes. De esta manera, todo el mundo tendría unos beneficios acordes a sus verdaderas necesidades. Por supuesto, los primeros medios de producción son la agricultura y aquellos necesarios para procurarse el alimento. La idea es tener muchos pequeños hogares productores, en oposición a un único gran productor. ¿Qué ventajas tiene esto? Pues muchas. Para empezar, al ser el propietario el propio trabajador, el mismo puede realizar un trabajo creativo y dinámico y no estar sometido al aburrido y repetitivo trabajo de fábrica o de oficina. Y esto es muy importante si tenemos en consideración la naturaleza humana. El trabajo debe realizar a la persona, ser un fin en sí mismo. Nuestro trabajo debe ser capaz de realizar al espíritu humano, de tal manera que las personas -al trabajar- se sientan vivas y útiles y no como un medio para producir algo frío e inerte que no va con ellos; al contrario, el resultado final del trabajo ha de llevar inscrita su impronta, al igual que un artista. Esto no se consigue en las grandes fábricas con trabajos monótonos ni en las oficinas, con ese tipo de trabajo de masas que mata el alma y hunde a la persona. Otra ventaja fundamental es que al ser el trabajador su propio jefe, tendrá gran preocupación e interés por su bienestar, tanto material como mental y espiritual. El hecho de la explotación no se podrá dar y tampoco el de la pereza en el trabajo. Así, está asegurado el respeto a la dignidad humana del trabajador. Otra gran ventaja es que al haber un gran número de productores de mismos bienes y servicios el mercado se acercará inevitablemente al modelo perfectamente competitivo. Esto es, los precios vendrán dados por el mercado y los productores no podrán influir en él, consiguiéndose así un precio equilibrado. No habrá empresas con grandes cotas de poder o influencias políticas o sociales. Este mercado se autorregula y evita los monopolios y situaciones económicas injustas.

El distributismo sigue el principio de subsidiariedad, esto es, dicho de una manera sencilla, que lo que puede hacer una entidad más pequeña no lo haga una entidad más grande. La entidad más pequeña es el individuo, así es, que aquellas cosas que puede hacer el individuo no lo hagan grandes empresas. El principio de subsidiariedad debería regir tanto en la faceta económica como en la política. Este principio es básico y fundamental para el funcionamiento de un sistema distributista.

La tercera premisa, y muy importante, es la solidaridad. Pero no nos referimos a la solidaridad vana y falsa, sino a una muy profunda, que más bien yo llamaría caridad. Sería un gran cambio “de chip” en todas las mentes y es que el trabajo no debe buscar nuestro lucro personal, sino el bien común. Así, el Estado debe trabajar de manera subsidiaria para el bien común de cada comunidad. No importa si se pierde eficiencia en muchas cosas, lo importante es trabajar para y hacia el bien común, lo que es, tomar aquellas medidas que promuevan la virtud entre las personas y de esa manera su felicidad. El Estado debe asegurar la propiedad del sistema de producción de cada individuo o establecer empresas copropieatarias, de las que hablaremos más adelante.

El distributismo no rechaza que ciertos servicios como podría ser la seguridad social, la policía o el ejército se releguen al Estado y que éste asegure su correcto funcionamiento. Hay servicios que por sus características no son viables de llevar a cabo por la pequeña propiedad, por lo que deben relegarse al Estado, respetando siempre el principio de subsidiariedad.

Problemas de la actual tecnología
E.F. Schumacher hace un análisis sobre la actual tecnología y sus implicaciones y problemas. Ésta no está adaptada a la producción a pequeña escala y adolece de cuatro problemas. Estos son:

Tendencia al gigantismo: la actual tecnología tiende hacia una producción masiva y agigantada. Y cada vez más. Se produce más y se consume más. Y esto es absurdo, ya que se pretende seguir produciendo en masa infinitamente, cuando tenemos medios finitos. Algo tan obvio y que no se tiene en cuenta. Algún día el sistema colapsará por su propia lógica, los factores de producción son finitos y la producción tiende cada vez a más. El día que se acaben los factores de producción o que empiece a haber una escasez, el sistema se vendrá abajo. Y este sistema se sostiene en su mayoría por la energía fósil, que tarde o temprano acabará, ya que no es un recurso renovable. La solución es la energía nuclear, la cual es renovable pero que produce una contaminación que no se sabe tratar. La solución implica más problemas. Esta tendencia al gigantismo es la causa del problema. Si en vez de grandes medios para grandes poblaciones, pudiésemos usar, centrándonos en el tema concreto de la energía, algún sistema de energía renovable diseñado para pequeño tamaño, para cada hogar o pequeña industria, este problema no existiría. Y así en todos los ámbitos.

Complicación: la complicación de las industrias y de todos los niveles de la vida es efecto del gigantismo. Se producen bienes y servicios cada vez más complejos que los usuarios no pueden arreglar por sí mismos y dependen de otros. Y realmente hay niveles de complicación de las cosas que no son necesarios para nada, pero son más cómodos (por ejemplo, el elevalunas eléctrico).

Necesidad de grandes capitales: Esta tendencia al gigantismo y la complejidad de los medios de producción tienen la consecuencia de que hace falta ser millonario para poner en marcha una empresa. Esto –necesariamente- abre una brecha entre los propietarios y los trabajadores; los propietarios serán los que tienen gran cantidad de dinero y los trabajadores los que no. Los medios de producción están diseñados para hacer grandes producciones, están diseñadas para el gigantismo, además de lo cara que es la tecnología moderna por su complejidad, por lo que para montar una fábrica hace falta un capital enorme que difícilmente se puede tener e imposibilita la aparición de la pequeña empresa.

Además, la actual tecnología de masas es poco respetuosa con el medio ambiente. La explotación intensificada de los factores no renovables tarde o temprano se hará notar, así como la contaminación que produce.

Tecnología de alcance intermedio
Schumacher nos habla entonces de lo que él llamó la “tecnología de alcance intermedio”. Esta tecnología se funda en cuatro puntos:

No necesita un gran capital: ha de ser una tecnología sencilla, que -frente a las grandes maquinarias- tenga prioridad por las herramientas, de manera que para montar una fábrica no hagan falta gran cantidad de capital.

Esta tecnología se debe adaptar al lugar donde se va a realizar el trabajo.

Debe ser adecuada a la producción que se desea realizar. Como está pensada para la pequeña empresa, no habrá producciones de masas, por lo que tiene que lograr ser rentable en la pequeña producción.

Igualmente ha de ser respetuosa con el medio, no debe consumir de manera indiscriminada los factores no renovables y a su vez debe evitar la contaminación en la medida de lo posible.

Fábricas copropietarias
Una vez saciadas las necesidades básicas de la comunidad: alimentación, vestimenta, fabricación de casas, escuela, médicos, etc. es probable que se decida a realizar producciones más complejas, por ejemplo coches. Es difícil que un solo hogar, por muy numeroso que sea, se dedique a la fabricación de coches. Entra aquí en juego la fábrica copropietaria, que también nos narra Schumacher. Esto es, una fábrica de un tamaño limitado, la cual garantice el trato cara a cara entre los trabajadores y que no permita la masificación. La característica determinante de este tipo de fábrica es que todos los trabajadores son copropietarios y el sistema de gobierno de la empresa es democrático. De esta manera se asegura la alternancia en el gobierno de la misma, así como el respeto de los derechos fundamentales y el trabajo creativo y realizador en la misma. Esta fábrica a su vez es tan pequeña y elemental que su administración y contabilidad es sencilla de hacer, por lo que simplifica todo ese trabajo.

Implicaciones sociales y políticas
La sociedad de masas ha engendrado una sociedad impersonal y fría. Sólo hay que asomarse a las grandes ciudades y veremos millares de personas con prisa –no se sabe, ni saben porqué-, indiferentes unos de otros, donde la percepción que uno tiene de sí mismo, entre tanta gente, es de vacío y de soledad. Una ciudad o zona distributista arrancaría de cuajo este entorno de masas e impersonal. Cada hogar con su medio de producción, crearía un entorno pequeño, íntimo, una comunidad de personas donde todos están en relación. El trabajo realizador y sin el estrés de la empresa moderna da tiempo a mirar a la gente que pasa al lado nuestro e intercambiar alguna palabra. Fin de prisas, fin de estrés. Puede parecer algo insignificante esto, pero creo que es lo más significante. Tanto que se habla de la comodidad de la vida y del ocio hoy en día, pues éste es el factor determinante. Un entorno que facilite una vida relajada, agradable, que sea remanso de paz para el espíritu es una necesidad fundamental. Es necesario crear ese entorno adecuado para la vida humana, y la gran ciudad masificada no lo es. De esta manera se rompería con la percepción tanto del socialismo como del liberalismo de que el hombre es sólo un amasijo de células sin sentido y que por tanto da lo mismo dónde viva y qué haga, ya que su existencia se reduce a trabajar y producir. Pues no, el hombre está llamado a conocer a Dios, a realizarse como persona y vivir en armonía. A poder tener el encuentro con Dios en todas las facetas de su vida, incluido el trabajo. Y eso es imposible hoy en día en los actuales trabajos.

Por otra parte, el distributismo rompe con la concepción económica utilitarista y egoísta de Adam Smith. La idea no será producir para nuestro lucro personal, sino, al contrario, para ayudar a la comunidad. Una vez nuestras necesidades básicas estén satisfechas, nuestro trabajo sólo será completo cuando lo volquemos sobre las necesidades de la comunidad. Es la acción preferencial por los pobres que siempre ha manifestado la Iglesia. Este es un pilar fundamental de la concepción económica distributista y requiere un fuerte cambio de mentalidad, pero es fundamental. Pensemos que éste un sistema económico de bases católicas y ha de ser humano y hacia los demás, no al contrario.

Otra importante implicación es la política. Es un hecho que las grandes empresas tienen unas influencias importantísimas en la política. Tales influencias muchas veces marcan más la dirección de un gobierno que el propio voto de sus electores. Las inversiones de estas empresas en los partidos o el poder comercial que tienen son bazas determinantes en la política. Siguiendo un modelo distributista, estas bazas desaparecen. Al no haber unas pocas enormes empresas, sino un montón pequeñitas de propietarios diferentes, no habrá una influencia marcada sobre el interés de unos pocos grandes propietarios, sino de muchos propietarios que tendrán un interés común según los problemas de su industria y así con todas las industrias, por lo que la influencia será más justa y más distribuida.

¿Podemos hacer algo?
Chesterton nos indica que mantengamos siempre una puerta abierta, una ventana abierta, para que no nos ahoguemos. Nada tan sencillo como eso. Como normalmente no tenemos propiedades ni terrenos para empezar a hacer una pequeña empresa de alcance medio y producción media, para comerciar con otras pequeñas empresas, o un terreno para producirnos en gran medida nuestro propio sustento, etc. podemos ir hacia lo sencillo. Tener preferencia por el pequeño comercio frente al grande. En vez de ir al Mc Donalds –y no vayamos, más que sea por salud- vayamos a la pequeña hamburguesería. Evitemos que desaparezca el pequeño comercio. Esto implica evitar la “cultura de derroche”. Así también podemos dar a conocer el distributismo, una verdadera alternativa al sistema económico actual.

Esto es sólo un pequeñísimo e incompleto ensayo sobre lo que es el distributismo. Entre todos, y con la acción vivificadora del Espíritu, podremos traer el Reino de Cristo al mundo.

viernes, 8 de febrero de 2019

DESVELANDO AL VERDADERO SAN FRANCISCO DE ASÍS

El libro aborda a fondo y con abundante documentación la misma cuestión: el “espíritu del tiempo” y las ideologías de moda han deformado al santo de Asís, presentándonos una falsa imagen al gusto hodierno: buenista, pacifista, contrario a las Cruzadas, ecumenista, filomusulmán, ecologista, vegetariano y revolucionario.

Ante esta manipulación, el estudio de las fuentes históricas nos permite descubrir al verdadero San Francisco, un reformador combativo, austero, exigente, noble y generoso. Un santo medieval y “anti-moderno", como afirmó Chesterton, que, precisamente por este motivo es muy actual.

Vignelli señala que la manipulación tiene ya una larga historia. Al principio fueron los humanistas, los protestantes, los “libertinos” y los ilustrados quienes se burlaban de San Francisco, denigrándole como idiota, masoquista, alucinado, asocial. Estos ataques cambian a partir del Romanticismo, en que el santo pasa de insultado a elogiado… pero por falsas características. Así, se le presenta como campeón de un ascetismo anti-eclesial, de la herejía pauperista, del “pensamiento libre” masónico e incluso de la revolución socialista.

Se quiso trasladar a San Francisco la dialéctica modernista entre el “Cristo de la historia” y el “Cristo de la fe” y entre la “Iglesia primitiva” y la “Iglesia institucional". El “Francisco de la historia” sería un personaje profético que trató de crear una hermandad de “espíritus libres", liberados de las instituciones eclesiásticas y prontos para regresar al comunismo primitivo. Contra éste, se habría elaborado un “Francisco de la fe", impuesto por los Papas y encarnado en una orden religiosa sometida al poder de Roma. Pero el primero habría subsistido en las comunidades minoritarias disidentes, como las de los Espirituales y los Fraticelli. De aquí nace un Francisco imaginario, melancólico y sentimental, escéptico en materia dogmática y permisivo en moral, “abierto al mundo” y “amigo de todos".

Ya en 1921 el Papa Benedicto XV advirtió: «Ese personaje de Asís, invención puramente modernista, que algunos nos presentan recientemente como poco respetuoso con la Sede apostólica y como defensor de un ascetismo vago y vacío, no puede ser identificado con Francisco ni considerado como un santo».

Los puntos que caracterizan al Francisco imaginario y progre, y que Vignelli va destruyendo uno por uno, son los siguientes:


San Francisco no fue buenista

Francisco de Asís habría inventado un modelo de apostolado del mero “testimonio", negándose a recurrir no solo a cualquier tipo de polémica o condena, sino también a la imposición o la prohibición.

Pero la verdad es que San Francisco no sólo empleó palabras y formas suaves, sino también muy duras cuando lo creía conveniente. No disimulaba las culpas, sino que las mostraba tal cual. Ante el pecado, no empleaba excusas, sino amargos reproches. Además, Francisco solía estimular el santo temor de Dios amenazando con el castigo del infierno.

En la Segunda carta a los fieles escribe: «Los que aman las tinieblas más que la luz, negándose a observar los Mandamientos de Dios, son maldecidos por Él […]. En cualquier lugar, tiempo y manera en que el hombre muere en pecado mortal, el diablo […] le arranca el alma del cuerpo, causándole tal angustia y tribulación que nadie puede entenderlo si no lo ha sufrido […]. Así, el pecador pierde su alma y su cuerpo en su breve vida y termina en el infierno donde es atormentado eternamente».

Una curiosa anécdota acaba de destruir esa imagen buenista del Santo: solía entregar los frailes ingobernables en “manos del boxeador florentino", esto es, de un fraile de Florencia, fra Giovanni, que era conocido por su capacidad para dar puñetazos. Parece ser que el remedio era bastante eficaz.

San Francisco no fue pacifista

La paz que San Francisco predicaba está radicalmente alejada de la paz de los pacifistas y consistía en la conversión de la criatura al Creador. «La paz franciscana no es la paz que el hombre encuentra en sí mismo, sino la paz que el hombre encuentra en Dios cuando, […] en la humildad de un abandono perfecto, se confía solo a Dios», escribe Barsotti en su libro sobre el Santo.

Tras su conversión, Francisco adaptó su espiritualidad juvenil a su nueva misión de conquista religiosa, transfiriendo la batalla de lo natural a lo sobrenatural. Así, gustaba de presentarse como un “soldado de Cristo” y un “heraldo del gran Rey". Al contemplar a su Orden reunida en el primer Capítulo general, el Santo la describió en términos militares como “el ejército de los caballeros de Dios” y solía llamar a sus primeros compañeros “mis caballeros de la mesa redonda".

Y en su Primera Regla escribe que “los hermanos no lleven armas ofensivas, si no para defender a la Iglesia Romana, a la fe cristiana o a su tierra natal, o con el permiso de sus ministros“. O sea, que cuando estaba justificado, San Francisco no ponía reparo al empleo de las armas.

San Francisco no estuvo en contra de las Cruzadas

Al contrario, mostró un sincero entusiasmo y admiración por aquella empresa.
San Francisco no se limitó a decir bellas palabras, sino que quiso participar personalmente en la Quinta Cruzada, proclamada en 1213 por el Papa Inocencio III, para poder predicar a los musulmanes y ayudar a los cruzados ante los peligros físicos y especialmente espirituales a los que se enfrentaban.

Como recogió Fray Illuminato de Rieti, que acompañó a San Francisco cuando se presentó ante el sultán, éste le habría espetado lo siguiente: “Cuando invaden las tierras que has usurpado, los cristianos actúan con justicia, porque blasfemas del Nombre de Cristo y te esfuerzas por alejar de la verdadera Religión a tantas personas como puedes. Si, por el contrario, quisieras conocer, confesar y adorar al Creador y Redentor del mundo, los cristianos te amarían como a ellos mismos”. Cómo salió con vida de allí es realmente un milagro notorio.

San Francisco no fue “ecumenista”

Entiéndase, nos referimos a ese “ecumenismo”, falso si quieren, que apuesta por disolver todas las religiones en un sincretismo relativista. San Francisco fue especialmente virulento al enfrentarse contra la herejía cátara, especialmente odiosa para el Santo por cuanto negaba la bondad de la creación material.

De hecho, prohibió estrictamente que las personas sospechosas de herejía fueran aceptadas tanto en su Orden regular como en la Tercera Orden: «Si alguien, de palabra o con hechos, se aleja de la fe y de la vida católica, y si no se enmienda, sea expulsado totalmente de nuestra fraternidad», se recoge en la Primera Regla. Y en su Testamento exige que los frailes sospechosos de herejía o cisma sean encarcelados y entregados al cardenal protector de la Orden para ser investigados.

San Francisco no fue filomusulmán

Ya hemos hablado de su participación en la Quinta Cruzada, motivada por su intención inequívoca de “predicar la Fe de Cristo a los Sarracenos para favorecer su conversión“. Y en su Regla recoge la obligación de “Anunciar la palabra de Dios, para que [los incrédulos] pueden creer en Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en su Hijo Redentor y Salvador, a fin de que sean bautizados y convertido en cristianos, porque quien no nazca de nuevo por el agua y el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de Dios”.

Al enviar a los primeros frailes franciscanos a Marruecos, San Francisco les dio este mandato: “Jesucristo me ha ordenado que os envíe al país de los sarracenos, como ovejas en medio de lobos, para predicar y confesar su fe y combatir la ley de Mahoma. ¡Disponeos pues a cumplir la voluntad del Señor!“. Aquellos heroicos frailes llevaron a cabo con admirable radicalidad las órdenes de su Fundador: no se limitaron a “predicar la fe de Cristo y las enseñanzas del Evangelio", sino que les echaron en cara a los musulmanes su infidelidad al único y verdadero Dios, diciéndoles que: “Mahoma os guía por un camino falso y mentiroso que os llevará al infierno, donde ahora sufre ya tormento junto con sus seguidores”, tal y como recoge Giacomo da Vitry.

Cinco de aquellos hermanos fueron torturados y decapitados por el califa de Marrakech en enero de 1220 y exaltados por San Francisco como los primeros verdaderos frailes menores, algo confirmado por la Iglesia cuando los beatificó como mártires.

Y ya hemos explicado las palabras del Santo ante el sultán, quien, perplejo ante la sinceridad de Francisco, le pidió que orara para que Dios le aclarara cuál es el camino más seguro para la salvación.

San Francisco no fue ecologista

No al modo moderno, pues a amor a la Creación no hay quien le ganara. Pero en su Regla, escribe: «No debemos desear nada más, ni querer nada más, ni en nada más encontrar placer y deleite, si no en nuestro Creador, Redentor y Salvador, el único Dios verdadero, que es el sumo bien, y todo bien, y el único que es bueno».

«Y si él mismo pareció dejarse llevar por el más tierno amor hacia las creaturas, y «por más pequeñas que fueran» las llamaba «con el nombre de hermano y hermana» -amor que, por lo demás, si no se sale del debido orden no está prohibido por ninguna ley-, era movido a amarlas tan sólo por el amor de Dios, porque «sabía que todas ellas tenían con él un mismo principio», y porque veía en ellas la bondad de Dios » escribió Pío XI en Rite expiatis, 19. Y concluye el Papa : «El que fue heraldo de tan gran Rey, quiere a los hombres conformes con la vida evangélica y con el amor a la Cruz, y no sólo amantes y enamorados de las flores, las aves, los corderos, los peces, y las liebres».

Como escribiera B. Tomasso de Celano, su amor a la naturaleza era para «alabar en todo al Artífice divino, refiriendo al Creador todo aquello que admiraba en las criaturas […]. En la belleza de la Creación veía un reflejo de la suma Belleza celestial».

Y en su Cántico de las criaturas no encontramos ni rastro de veneración idolátrica a la “madre naturaleza", sino que Francisco reafirma la bondad intrínseca de las realidades terrenales en tanto obras de Dios; “teofanías” que manifiestan la bondad divina y permiten al hombre contemplar, en la belleza creada, la Belleza increada.

San Francisco no era vegetariano

Al contrario, tal y como numerosos episodios testimonian. Como cuando San Francisco invitó a sus discípulos a que comieran la carne que habían recibido como limosna, exclamando con alegría: “¡Como dice el Evangelio, comamos libremente la comida que recibimos!“.

El Santo gustaba de celebrar las Navidades con un almuerzo a base de carne y decía: «Cuando es Navidad, ¡no hay abstinencia que valga! Y si las paredes pudieran comer carne, ¡habría que dársela también a ellas!»

San Francisco no era revolucionario

Ya desde el inicio, Francisco ve su misión más bien como una restauración: no en vano el encargo del mismo Cristo había sido aquel “restaura mi casa”.

Francisco nunca animó a los pobres a rebelarse. A diferencia de los pauperistas, no estaba obsesionado con el problema de la pobreza económica, sino con el de la pobreza espiritual, tanto que a menudo repetía que hay que preocuparse no por las condiciones terrenas, sino por el destino en el otro mundo: “Hay que desear no tanto la salvación del cuerpo como la de las almas“.

Francisco no predicó ningún tipo de lucha de clases, sino que siempre trató de promover la concordia y armonía entre señores y súbditos. En su Asís natal se recuerda aún al Santo con gratitud también porque reconcilió las clases superiores e inferiores de la ciudad en el acto que tuvo lugar en noviembre de 1210 en el gran salón del Ayuntamiento.

En cuanto a un presunto compromiso político de San Francisco, hay que recordar que prohibió a sus frailes cualquier injerencia en asuntos estrictamente sociales o económicos: “¡Que los frailes no se inmiscuyan en cuestiones temporales!“. Si necesitásemos alguna prueba de su carácter no revolucionario bastaría recordar esta admonición suya: “No es lícito tomar las cosas de otros o distribuir a los necesitados la propiedad de otros“.

Lo decíamos al principio, el verdadero San Francisco no ha perdido ni un ápice de actualidad.

martes, 29 de enero de 2019

EL QUE VUELVE -Leído y recomendado para usted-

En el Tercer y último Libro encontramos el magistral estudio del P. Rovira que apareció en el diccionario Espasa, bajo la voz Parusía. Un profundo y largo estudio donde se encuentra el planteo del problema y posterior desarrollo del tema tratados con gran erudición y que debería ser material de consulta obligada.
Si bien, como se indica en el prólogo y contrariamente a lo que creíamos, el P. Alcañiz había ya publicado una pequeña separata con este estudio, sin embargo, se trata de una rara avis, con lo cual creemos que el editor ha prestado un gran servicio a quienes nos interesamos por estos temas; quienes hemos leído las dieciocho columnas, a dos por página, en letra pequeña, publicado por Espasa no podemos menos que sentirnos agradecidos por esta publicación.
Como se vé, se trata de tres estudios similares en cuanto al tema, pero cada uno presenta un cierto matiz que es importante señalar:
El libro de Chasles sirve perfectamente para introducir con él a aquellos que no tienen más que un conocimiento superficial, cuando no confuso y hasta erróneo, del tema. Hermosa obrita que lo lleva a uno a gustar las hermosuras de las Escrituras y la dulzura y consuelo del Reinado futuro de Jesucristo.
El artículo de Pinsk es ideal para quienes aman la liturgia y nutren con ella su vida espiritual. Es muy edificante e ideal para leerlo en tiempos de Adviento-Epifanía, aunque claro está que cualquier momento puede ser oportuno.
Por su parte, el artículo del P. Rovira es de un mayor nivel teológico que los anteriores y trata el tema con una maestría a la altura de los grandes exégetas católicos del siglo XX y supone en el lector un cierto conocimiento previo del tema.
El Libro está precedido por una introducción y termina con una bibliografía sugerida.
El prólogo, además de darnos una pequeña noticia de la vida de los diversos autores, nos informa sobre una hermosa anécdota acaecida en la Argentina y que involucra a reconocidas personalidades.
El Libro se cierra con la bibliografía y debemos confesar que hubo más de un autor que desconocíamos por completo.
No queremos terminar esta pequeña recensión sin permitirnos decir dos palabras sobre uno de esos libros: se trata de Voici Je viens escrito por M. Chasles (ver AQUI).
Es un libro escrito trece años después que el que aquí reseñamos y se nota que no han pasado en vano. Se vé a la Autora con mayor seguridad, pisando más firme y con un manejo más suelto de las Escrituras. Es un hermoso libro donde la Autora pasa revista en la primera parte al sentido típico desde Adán hasta los Profetas para continuar desarrollando todo el Nuevo Testamento.
Como bien lo indica el Editor del libro, Chasles modificó en Voici Je viens una postura que había expresado anteriormente aquí. Dice la Autora que después de haber escrito el primer libro, pero antes del decreto del `44, había llegado a la conclusión que el Reino de Nuestro Señor no iba a ser visible y aprovecha para hacer notar su cambio de postura. Feliz cambio de opinión, creemos, y en consonancia con los mejores autores (Lacunza, Van Rixtel, Ramos García, etc.), como así también con las directivas del Santo Oficio que, como bien indica la Autora, no tuvo problemas en adherir por completo dado que ese era ya su pensamiento.
Esperemos que algún día alguien pueda animarse a hacer la traducción de este otro libro de M. Chasles que seguramente no le ha de faltar editor…
En fin, ya para terminar, sólo resta agradecer a la editorial Vórtice por la publicación de este libro, de gran actualidad, dirigido a toda clase de personas y que ciertamente no debería faltar en ninguna biblioteca de todos aquellos que nos interesamos por todos estos temas, tan difíciles, pero a la vez tan consoladores en estos aciagos y, a no dudarlo,hermosos tiempos que nos ha tocado vivir.

lunes, 12 de noviembre de 2018

SANTA MISA Y MENSAJE DE NAVIDAD 2017

En el pesebre contemplamos a Aquél que se despojó de la gloria divina para hacerse pobre, movido por el amor al hombre. mientras todas las frentes de los cristianos fieles se disponen a inclinarse y todas las rodillas a doblarse en adoración ante el inefable misterio de la misericordiosa bondad de Dios, que, en su caridad infinita, quiso dar como don supremo y augusto, a la humanidad, su Hijo unigénito. La estrella indicadora de la cuna del Redentor recién nacido desde hace veinte siglos resplandece todavía maravillosa en el cielo de la Cristiandad. Agítense los pueblos, y las naciones conjúrense contra Dios y contra su Mesías (Sal 2, 1-2.); a través de las tempestades del mundo humano, la estrella no conoció, no conoce ni conocerá ocasos; el pasado, el presente y el porvenir son suyos. Ella enseña a no desesperar jamás: resplandece ante los pueblos incluso cuando sobre la tierra, como sobre un océano rugiente por la tempestad, se amontonan negros nubarrones, cargados de ruinas y de calamidades. Su luz es luz de consuelo, de esperanza, de fe inquebrantable, de vida y de seguridad en el triunfo final del Redentor, que desembocará, cual torrente de salvación, en la paz interior y en la gloria para todos aquellos que, elevados al orden sobrenatural de la gracia, habrán recibido el poder de hacerse hijos de Dios, porque de Dios han nacido.
Es verdad, que, si nuestros ojos no mirasen más allá de la materia y de la carne, apenas si podrían encontrar motivo alguno de consuelo. Difunden, sí, las campanas el alegre mensaje de Navidad, se iluminan las iglesias y capillas, los cánticos religiosos alegran los espíritus, todo es fiesta y ornato en los sagrados templos; pero la humanidad no cesa de desgarrarse en una guerra exterminadora. En la sagrada liturgia resuena sobre los labios de la Iglesia la admirable antífona: Rex pacificus magnificatus est, cuius vultum desiderat universa terra («Ha sido glorificado el Rey pacífico, cuyo rostro desea ver toda la tierra». [Breviario romano, antífona 1ª vísperas de las de Navidad])

La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz. No una luz total, como la que inunda todo en pleno día, sino una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que se propaga, como representan bien tantos cuadros de la Natividad. Él es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. Es un encuentro con la Vida inmortal, que se ha hecho mortal en la escena mística de la Navidad; una escena que podemos admirar también aquí, en esta humilde capilla, así como en innumerables templos y capillas de todo el mundo, y en cada casa donde el nombre de Jesús es adorado.

La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes…, todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su «sí» como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino. 
Jesús mismo lo dice en su predicación: estos son los pobres de espíritu, los afligidos, los humildes, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por la causa de la justicia (cf. Mt 5,3-10). Estos son los que reconocen en Jesús el rostro de Dios y se ponen en camino, como los pastores de Belén, renovados en su corazón por la alegría de su amor.

Queridos fieles, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador» (cf. Tt2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero… que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, «no hay otro Dios fuera de mí» (Is 45,22). Venid a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; venid a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.
Vayamos, pues, hermanos. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.





EL AGUA ES MATERIA FUNDAMENTAL PARA EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO (Fotos tomadas el pasado Sábado durante el bautismo de los niños: Jennifer y Jessica Ramirez y Stephanie Martinez)

Por otra parte, otros versículos en la Escritura son entendidos por la Iglesia en sentido literal. Por ejemplo:
S. Mateo 26, 26-28: “Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi Cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi Sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados”.
Cuando nuestro Señor Jesucristo dice en S. Mateo 26, 26: “Éste es mi Cuerpo”, y en S. Mateo 26, 28: “Ésta es mi Sangre”, sus palabras son entendidas por la Iglesia católica exactamente como están escritas porque sabemos que nuestro Señor Jesucristo estaba en efecto refiriéndose a su Cuerpo y Sangre real, no como una figura o símbolo.
Por lo tanto, la cuestión es: ¿Cómo entiende la Iglesia católica las palabras de Jesucristo en S. Juan 3, 5 – “En verdad, en verdad te digo que quien no renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos”? ¿La Iglesia católica entiende estas palabras tal como están escritas o de una manera distinta? ¿La Iglesia católica entiende estas palabras en el sentido de que cada hombre debe nacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo para salvarse, como dice nuestro Señor? La respuesta es clara: toda declaración dogmática que ha emitido la Iglesia católica, sin excepción, que trata de las palabras de Ntro Señor en S. Juan 3, 5, ella la entiende literalmente, tal como están escritas.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural”[2].
Esto significa que la declaración de Ntro Señor Jesucristo de que ningún hombre puede salvarse sin haber nacido de nuevo del agua y del Espíritu Santo es un dogma literal de la Iglesia católica.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, can. 2 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare a una especie de metáfora las palabras de nuestro Señor Jesucristo: ‘Si alguno no renaciere del agua y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema”[3].
Papa Paulo III, Concilio de Trento, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[4].
Papa Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (…) para que en ellos por la regeneración se limpie lo que por la generación contrajeron. ‘Porque si uno no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5)”[5].
Papa San Zósimo, Concilio de Cartago XVI, sobre el pecado original y la gracia: “Porque cuando el Señor dice: ‘Quien no renaciere de agua y el Espíritu Santo, no entrará al reino de Dios’ [Juan 3, 5], ¿qué católico puede dudar que será partícipe del diablo el que no mereció ser coheredero de Cristo? Porque el que no está a la derecha, irá sin duda alguna a la izquierda”[6].
Papa Gregorio IX, Cum, sicut ex, 8 de julio de 1241, a Sigurdo de Nidaros: “Como quiera que, según por tu relación hemos sabido, a causa de la escasez de agua se bautizan alguna vez los niños de esa tierra con cerveza, a tenor de las presentes te respondemos que quienes se bautizan con cerveza no deben considerarse debidamente bautizados, puesto que, según la doctrina evangélica, ‘hay que renacer del agua y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5)”[7].

Notas: [1] Denzinger 1788. [2] Denzinger 696; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 542. [3] Denzinger 858. [4] Denzinger 861; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 2, p. 685. [5] Denzinger 791; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 2, pp. 666‐667. [6] Denzinger 102, adición autentica al canon 3. [7] Denzinger 447.

Tomado del libro: Fuera de la Iglesia Católica No hay Salvación




LAS CUARENTA HORAS DELANTE DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, EN LA IGLESIA INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA DE TAMPA FL,

Esta práctica apareció en la primera mitad del 1500. Pero no está excluida la posibilidad de que naciese y se hubiera propagado de la antigua costumbre medieval, por nosotros descrita, de velar en la iglesia, desde el Viernes Santo hasta el nocturno de la noche de Pascua, delante del así llamado sepulcro, donde se colocaban o se sepultaban la cruz y la hostia consagrada. Esta, sin embargo, no era del todo visible, sino que estaba cerrada en la llamada custodia.
En el año 1527, en Milán, un fervoroso misionero, Gian Antonio Bellotti, predicando la Cuaresma en la iglesia del Santo Sepulcro, persuadió a los fieles a que permanecieran en oración durante cuarenta horas continuas delante del Santísimo Sacramento con el fin de impetrar de Dios mitigara el azote de la guerra que les oprimía. Y la piadosa práctica quiso que se renovara cuatro veces durante el año: en Pascua, Pentecostés, la Asunción y Navidad. A los dos años fue admitido el rito en la catedral de Milán por obra del dominico español Tomás Nieto, famoso predicador, quien consiguió que en todas las iglesias parroquiales de la metrópoli lombarda se estuviera durante cuarenta horas en oración delante del tabernáculo. El Sacramento no se exponía todavía velado en un ostensorio ni recibía especial obsequio de luces y flores. Del sagrario mural o de la sacristía, donde entonces solía conservarse, era llevado al altar, y permanecía allí hasta la terminación de la oración.
Es muy controvertido, sin embargo, cuándo y por obra de quién se comenzó a exponer visiblemente a los fieles en la forma solemne que prevaleció después en todas partes. Hay quien asigna el año 1534, en Milán, como iniciador al barnabita P. Bono de Cremona, compañero de San Antonio M. Zacarías, que instituyó las Cuarenta Horas en Vicenza. Hay quien lo coloca en el año 1537, atribuyendo el mérito al capuchino lombardo P. Giuseppe Piantanida de Fermo, hombre apostólico, que, aprovechando sus misiones, la hizo conocer más tarde en Milán, Pavía, Siena, Arezzo y Gubio. Es cierto de todos modos que fue el último en introducir la feliz novedad de que las Cuarenta Horas, terminando en una iglesia, pasasen inmediatamente a otra, resultando así una oración eucarística ininterrumpida. En el año 1539, la nueva práctica, a instancias del vicario general de Milán, fue reconocida por Paulo III, que le concedió las primeras indulgencias. San Carlos Borromeo en el primer concilio provincial (1565) la confirmaba y la organizaba establemente en Milán.
San Felipe Neri introdujo  las 40 Horas en Roma
Roma comenzó a practicar las Cuarenta Horas hacia el año 1550 por obra de San Felipe Neri, que lo introdujo como uno de los principalísimos ejercicios de su Cofradía de los Peregrinos, y contribuyó no poco con los cantos con que supo enriquecerla a dar vida a aquellos conciertos musicales sagrados, cuya memoria se perpetúa en los «oratorios» de tantos compositores ilustres. Sin embargo, la organización oficial de las Cuarenta Horas en la Urbe no tuvo lugar hasta el año 1592 con la constitución Graves et diutúrnæ, de Clemente VIII, que decía así:
«Nos hemos decretado el establecer oficialmente en esta ciudad una cadena ininterrumpida de plegarias, por la cuál, en diversas iglesias y en determinados días, se celebre la piadosa y saludable devoción de las Cuarenta Horas, de forma que en cada hora del día y de la noche en todo el año suba continuamente al trono de Dios el incienso de la plegaria»
En el mismo documento, el pontífice exponía cuál era el fin de tal devoción, es decir, la concordia entre los príncipes cristianos y la paz entre las naciones. Por esto en la Instructio Clementina, dada por Clemente XII en 1731, como regla rubrical de las Cuarenta Horas se, prescribía que la misa que se debía cantar en el segundo día fuese la votiva Pro pace.
Las Cuarenta Horas en la forma precisa de su institución, es decir con un turno anual de adoración ininterrumpida de iglesia en iglesia, son posibles solamente en las grandes ciudades, donde existe abundancia de iglesias y de adoradores. Estas se conservan todavía en Roma, Milán y Génova, así como en Liverpool y Westminster.
De una forma, sin embargo, esporádica y menos duradera, excluída siempre la adoración nocturna, florecen en muchísimas parroquias de Italia y de otras naciones, en donde fueron generalmente introducidas desde los siglos XVII y XVIII, fijándolas en los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza con la Finalidad particular de oponer una función reparadora a los abusos de carnaval. La iniciativa de este servicio eucarístico partió de Macerata delle Marche en el 1556. En el carnaval de aquel año, queriéndose representar en el teatro una comedia obscena, dos misioneros jesuitas, para retraer y apartar de allí a la gente más sana del pueblo, concibieron la idea de exponer durante Cuarenta horas el Sacramento con todo lujo de flores y luces como expiación y penitencia. La prueba resultó de maravilla; el pueblo, despertada la fe, no dudó en preferir la iglesia a la escena. El piadoso ejercicio encontró buen ambiente; se extendió rápidamente primero en las casas y colegios de la Compañía, después en las iglesias y en las parroquias, en las que todavía actualmente se celebra como acto de amor y de solemne reparación a Jesús Sacramentado

HACIA EL IDEAL MASÓNICO: Conferencia de muchísima actualidad, pronunciada por Mons. Marcel Lefebvre el 21 de noviembre de 1986 en la Ciudad de Buenos Aires, sobre la situación de la "Iglesia" frente al falso ecumenísmo (Formación para la Acción)

Nos encontramos, sin duda, en una situación trágica, por lo tanto debemos tomar resoluciones firmes; somos los herederos de Dios que vivimos en esta época, en esta situación de la Iglesia en la que el mismo Papa está comprometido en el camino de la Revolución, por eso hemos de obrar en consecuencia, para defender a todo precio la Fe católica y la Santa Iglesia.
Ustedes conocen el libro de Sardá y Salvany: “El liberalismo es pecado”, este libro fue escrito ya hace casi un siglo y aprobado por San Pío X, aprobado por la Santa Sede. EL LIBERALISMO ES PECADO. ¿Y qué es ese pecado de liberalismo? Es la Revolución del hombre en contra de Dios; el deseo de independencia: el hombre quiso liberarse de Dios, o la libertad del hombre que quiso alejarse de Dios.
¿De qué hizo la libertad el hombre? ¿Para qué la hizo? Hizo la libertad de pecar, de ser libre para poder pecar, para obrar según su conciencia: libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de pensamiento…
Antes de producirse esto el hombre dependía de Dios y sentía esa dependencia de la Autoridad Suprema, la Verdad perfecta, la Ley misma […] ahora festejan la independencia, los países festejan su independencia, no sería nada si se tratara de una independencia de orden político o de un hecho simplemente histórico, lo hacen festejando la de Dios.
Podríamos preguntarnos ¿qué es ese liberalismo, cuál es su definición ? Y diremos que el LIBERALISMO es una religión; una que quiere reemplazar a la Católica; que tiene sus propios sacerdotes: los dirigentes de la Masonería. Ellos son sus sagrados pontífices, ellos enseñaron esta religión en sus logias y desde allí dirigen la operación de destrucción de la Iglesia y de la Cristiandad.
Esa religión-liberal tiene su culto, laico, el de la Diosa Razón, que fuera adorada en la Catedral de París en la Revolución Francesa. El culto a la libertad; ese culto que hace estatuas que reemplazan a las -de la Santísima Virgen María y a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta nueva religión tiene su calendario, sus gestas laicas reemplazando a las de Dios. con sus mitos: el hombre, la razón, la libertad. El hombre es tratado como todopoderoso, como centro de la Creación, sin deberle nada a Dios.
Y tiene también su decálogo reemplazando al de Nuestro Señor, este es el de los derechos del hombre. No más derechos para Dios. No más obligaciones para el hombre, sino los derechos para poder pecar, para elegir lo que quiera, para que todos respeten su conciencia. Jesús en cambio, no dijo eso a sus apóstoles cuando les enseñó a predicar: “quien crea, y se convierta, se salvará, quien no crea se condenará”. No les dijo que cada uno siguiera su conciencia, les dijo que enseñaran la Verdad y por esto ellos murieron mártires de la Verdad. No para que cada uno obrara según su conciencia, no para que les dijeran “hagan lo que quieran”, y sin embargo, por desgracia.. ese es el espíritu que domina hoy aún en el interior de la Iglesia católica.
Esta religión de liberalismo tiene también su política su organización: LA DEMOCRACIA; el poder ya no procede de Dios sino del hombre, es él quien hace la ley. La democracia se transforma rápidamente en socialismo y en comunismo; la mayor parte de las naciones que son democráticas se encuentran en esta situación, dirigidas por un poder socialista.
Más aún, se llega a la supresión de la propiedad privada, de la iniciativa privada […] de ahora en más todo está en función del Estado, todo queda esclavizado: peor en los países comunistas donde esto se realiza por el imperio de la fuerza […].
Todo esto procede de esta religión liberal; ella tiene, además, sus fuerzas, Sin duda ustedes lo saben mejor que yo, ya que no estoy enterado de los asuntos secretos de las bandas, pero es un hecho que tienen poder más o menos oculto, en las finanzas. Qué o quién, no se sabe, pero tienen todo el dinero del mundo y dominan las finanzas en todos los sectores de las ciudades; ese poder enorme que puede tranquilamente aniquilar una nación suprimiéndole los créditos -tienen el ejemplo aquí en los países de América- y a cambio de esos créditos exigen que, en estos países, se aplique la religión liberal.
Tienen así una fuerza asombrosa y un poder indudablemente diabólico.
Tienen también sus medios de comunicación que están todos en manos de la masonería.
En Europa ya no existen periódicos católicos (a excepción de “Present” de Jean Madiran), no los hay ni en Italia ni en Francia ni en Suiza, todos están en manos de los poderes internacionales […]
Ahora, finalmente, están en camino de instalar una Superreligión; tienen ustedes conocimiento de la reunión realizada en Asís el 27 de octubre pasado, pues bien, no se trata de ésta como punto de partida de tal instalación sino de una que la precediera realizada el 29 de septiembre. Yo mismo no lo sabía, para enterarme tuve que viajar a Roma en octubre pasado. Es decir, un mes antes de la reunión de Asís que presidiera Juan Pablo II, se realizó otra reunión, también allí, presidida por el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Inglaterra, en la cual se hallaban las cinco grandes religiones de la tierra, dentro de la misma Basílica. Salió esto en varios diarios italianos; allí figura el discurso pronunciado por el citado príncipe en aquella ocasión, dijo él: “Así se obtiene la gracia de tener unidas aquí las cinco grandes religiones de la tierra, al fin ya no hay tapujos, al fin se acaba una sola y única verdad religiosa y al fin se suprime el escándalo cristiano de aquel hombre que vivió hace 20 siglos y pretendió decir de sí mismo: soy el camino, la verdad y la vida”. Y bien, ¿es o no una declaración contra Nuestro Señor Jesucristo?
Esto sucedió un mes antes en el mismo lugar en el que se realizaría el encuentro del Papa.
Podríamos decir que Roma no sabía de aquel encuentro, sin embargo bien que lo sabía.
Así, ante el príncipe de Edimburgo, los jefes de las religiones y el Superior General de los Franciscanos, una bailarina hindú danzó a favor de la naturaleza, puesto que el encuentro era -justamente- en defensa de la naturaleza. El padre Superior dudó un momento ante esta realización de la danza pagana dentro de la Basílica y ante el altar de San Francisco y se remitió a Roma; y dicen los diarios que Roma un poco después respondió que “no tiene importancia”, “que se haga”.
Esto no es más que una etapa para llegar a la formación de esa SUPER RELIGIÓN; ya saben que el Papa fue invitado para el año próximo a Japón para la realización de lo que se llamará el parlamento de las religiones. Esto no es más que la religión del liberalismo, esa religión que instala su voluntad, que instala su programa para reemplazar el de la verdadera religión católica, eso es algo abominable.
Tiene también, esta religión del liberalismo, sus condecoraciones. El mismo presidente Alfonsín salió en los diarios de Europa recibiendo de un grupo de judíos una condecoración de la libertad religiosa, por propender a la realización de las ideas liberales. Esa misma condecoración la recibió el cardenal Bea, aquel que insistió durante el Concilio para introducir la “libertad religiosa”, la libertad no de Dios sino de los derechos del hombre, de manos de la misma secta.
Es toda una organización, un verdadero complot, meditado, pensado punto por punto para destruir toda la cristiandad. Lo dijo bien S.S. León XIII, que el fin que interesaba a estas asociaciones era destruir las instituciones cristianas y particularmente, una contra la cual se encaminan: la familia. Cada vez hay menos matrimonios en todo el mundo, inclusive en las mismas legislaciones se sostiene la unión libre; en muchos países son menores los impuestos a los concubinos que para quienes sostienen y tienen un verdadero matrimonio. Es el desorden completo.
Y ahora llegamos al momento principal, es el golpe maestro pensado por Satanás; introducir en la Iglesia esta falsa religión, sirviéndose de sus hombres -sobre todo los episcopados- para establecer la revolución liberal. Aquí mismo en Argentina, tienen un ejemplo: lo supe al llegar, algunos obispos hicieron un esfuerzo en contra del divorcio declarando, acerca de los diputados que habían votado la ley favorablemente, que no podrían recibir la Comunión, pues bien, se los ha obligado a retractarse. ¿Qué hacían esos obispos? No hacían más que aplicar lo que está indicado en el Derecho Canónico.
Podrían preguntarse cuál es el espíritu que domina en Roma para que sea Roma quien obligue a los obispos a desdecirse. Es una situación verdaderamente asombrosa., inverosímil. Esa infiltración en el seno de la Iglesia se realizó sobre todo después del Concilio Vaticano II; el mismo Cardenal Ratzinger en su libro “Teoría del principio teológico”, dice claramente que luego de los años sesenta hubo algo que cambió en el seno de la Iglesia católica, reconociendo ahora, principios que le son ajenos, que vienen de 1789, de la Revolución Francesa. Esto dice abiertamente; inclusive, que el Vaticano II fue el golpe final, que a partir de él no se nombran más que obispos favorables a la revolución liberal. Vean por ejemplo en Chile, Brasil, Alemania, Suiza, Francia, Italia, todos esos obispos son liberales, pro-socialistas y hasta marxistas.
La revolución estaba instalada fuera y en contra de la Iglesia; ahora, por medio de sus hombres, se halla adentro y asistimos a su crucifixión. Ella sufre una verdadera pasión. Lo dijo el mismo Paulo VI, que asistimos ala autodemolición de la Iglesia. ¿Qué quería decir? La destrucción por los mismos hombres de la Iglesia [ …].
Es clarísimo como en Francia, Mitterrand pudo llegar al gobierno gracias a los obispos que entusiasmaron a los fieles para votarlo, para votar al socialismo. En cuanto fue nombrado presidente atacó con todas sus fuerzas las escuelas católicas, para estatizarlas, y no fueron los obispos quienes presentaron oposición, sino los fieles, que en número de dos millones llegaron a París para protestar contra la enseñanza libre. Los obispos no hicieron nada.
Podríamos citar cantidad de ejemplos, libros inclusive, aquí mismo ustedes conocen los editados por el Sr. Gorostiaga, libros que han denunciado esa revolución estatal de la Iglesia […]. Pero todas estas denuncias, todas esas protestas no han cambiado en nada la situación.
Ustedes deben tener en cuenta el encuentro de Asís del Papa, para nosotros, que tratamos de permanecer unidos a la Iglesia ya la Tradición, es indignante. Yo mismo le escribí a ocho cardenales para que por el amor de Dios, trataran de impedir que el Papa realizara el escándalo de Asís, ubicándose a un mismo nivel con las falsas religiones inventadas por el diablo, eso no es más que un horror y una abominación, y nosotros renegaríamos de nuestra fe católica si no nos indignáramos ante este nuevo escándalo. Ni siquiera un cardenal levantó la voz en contra; sólo uno me respondió: “Yo no puedo hacer nada ya no me queda nada que hacer, que el Papa haga lo que quiera”.
El Cardenal Arzobispo de Burdeos, Monseñor González, cuando yo estaba en España a comienzos de este mes, publicó un artículo en que sostenía que el “encuentro” era una cosa muy buena. Esto es enceguecimiento, como dice la Escritura: “Tienen ojos y no ven”.
Ante esto nos encontramos. Debemos, entonces, reagruparnos, como verdaderos católicos, en torno a los altares. Altares católicos y no esas mesas de comunión. Altares del verdadero Sacrificio, junto a los verdaderos sacerdotes, verdaderos obispos, verdadera doctrina, verdadera Religión, para asistir a la verdadera Misa católica.
Es el altar el tesoro de la Iglesia. El sacrificio de Nuestro Señor es lo más hermoso, lo más grande, lo más sublime que Él nos dejara. Debemos reencontrarnos ahí, en esos altares, para reconstruir la Cristiandad.
Todas las gracias proceden de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias que han hecho muchos mártires por Dios, que le han dado a la Cristiandad el espíritu misionero. Si queremos entonces, decía, reconstruir la Cristiandad, debemos Adorarle en esos altares y para tenerlos, necesitamos sacerdotes […].
Debemos hacer familias cristianas, es a través de ellas de donde proceden las vocaciones.
Familias numerosas, unidas, donde se reza en común, donde se dan ejemplos, donde reina la modestia y las virtudes cristianas […].
Nosotros queremos volver a proclamar a Nuestro Señor como Rey; no queremos otro Rey más que Él. El Reino Universal, no solamente en nuestras familias sino también en nuestras ciudades; el Reino de Nuestro Señor como fue predicado durante siglos. Que podamos decir: “Más vale morir que traicionarlo.
Gracias por vuestra atención ¡Viva Cristo Rey!