martes, 6 de octubre de 2026

Los Cambios Litúrgicos del Papa Pío XII.. (¿Un Católico puede rechazar las Leyes promulgadas por un Papa legítimo? Por elPadre Dominic Radeck



El Papa Pio XII promulgó varios cambios litúrgicos, entre otros están los siguientes:

1) Por muchos siglos la Iglesia Católica requirió que las personas estuviesen en ayunas desde la medianoche sin comer ni beber nada, incluso agua, antes de la recepción de la Comunión. En 1950 el Papa Pio XII cambió las leyes del ayuno para una hora para las bebidas no alcohólicas y tres horas para comidas y bebidas alcohólicas. Se puede tomar agua y se pude tomas medicamentos a cualquier hora antes de recibir la Sagrada Eucaristía. El resultado de esas mudanzas viene a ser que los católicos pueden recibir a Nuestro Señor en la Santa Comunión más frecuentemente. Los sacerdotes americanos que a menudo rezan varias Misas o Misas vespertinas en el Domingo apreciaron estos cambios.

2) Su Santidad permitió la celebración de la Misa a la tarde y a la noche — un cambio muy notable en comparación con la observancia anterior.

3) En 1955 él simplificó las rúbricas del Breviario Romano y del Misal cambiando la clase de algunas fiestas y descartando algunas octavas y vigilias. Él implemento al Breviario las reformas el Papa San Pio X hizo para el Breviario Monástico.

4) En 1955 el Papa Pio XII aprobó la Nueva Semana Santa, en la cual se restauró algunas de las ceremonias que fueron alteradas a través de los años. Además él la hizo más fácil para concurrencia de los trabajadores en las ceremonias del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual volviéndolas a su tiempo original y apropiado. En los tiempos apostólicos la Iglesia Católica celebraba la liturgia del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual “en las mismas horas del día en que aquellos sagrados misterios ocurrieron. Así, la institución de la eucaristía tuvo lugar en el atardecer del Jueves Santo, la Pasión y la Crucifixión tuvieron lugar en las horas después del mediodía del Viernes Santo y la Vigilia Pascual ocurrió en la noche del Sábado Santo, terminando a la mañana del día de Pascua con el jubilo de la Resurrección de Nuestro Señor.”

“Durante el Medio Evo… [la Iglesia], a causa de varias razones pertinentes, comenzó a hacer en horas más tempranas las performances litúrgicas en aquellos días, luego hacia el final de aquel periodo todos esos servicios litúrgicos han sido transferidos a la mañana. Esto no tuvo ligar sin detrimento del significado litúrgico y confusión entre las narraciones Evangélicas y la ceremonias litúrgicas adjuntas a ellas” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre, 1955).

Los servicios litúrgicos solemnes del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual eran llevados a cabo a la mañana en Iglesias casi vacías porque pocos podían atender a ellas. Colegiales tenían que suplantar a los hombres en la ceremonia del lavado de los pies en el Jueves Santo porque estos tenían que trabajar. Debido a la restauración de la semana Santa hecha por el Papa Pio XII las Iglesia ahora están llenas y los fieles vienen en gran número para asistir las ceremonias y recibir la Santa Comunión.

En 1951 el Papa Pio XII restauró la Vigilia Pascual para la noche, su propio tiempo:

“Por siglos la Iglesia ha visto la incongruidad de la celebración de la Vigilia Pascual — un servicio cuyo textos [v.gr. el alleluia] y simbolismos [v.gr. Lumen Christi] obviamente se inclinan hacia las horas de la noche — en tempranas horas de la mañana del Sábado Santo cuando ciertamente Cristo no había surgido todavía. Que esto no ha sido siempre así está probado históricamente fuera de toda duda.
(John Miller, C.S.C, “The History and Spirit of Holy Week”, The American Ecclesiastical Review, p.235.)

El Papa Pio XII redujo el número de las lecciones recitadas de doce para cuatro, volviendo a la práctica de San Gregorio Magno. El Papa ordenó que el ayuno de la Cuaresma concluyese a la medianoche del Sábado Santo en lugar de a la tarde para que completase los 40 días de ayuno, y no 39 días de ayuno. Esta ley disciplinaria asegura que el Sábado Santo retenga su carácter de tristeza por la muerte de Nuestro Redentor que yace en el Santo Sepulcro.

5) En 1954 el Papa Pio XII hizo una revisión del Oficio Divino, omitiendo varias oraciones, como el Padre Nuestro, el Ave-María y el Credo antes de las horas, las preces en Laudes y Vísperas con algunas excepciones, el largo Credo Atanasiano, a excepción del día de la Santísima Trinidad, etc. De acuerdo con la Sagrada Congregación de Ritos, el objetivo propuesto de estas modificaciones era “para reducir la gran complejidad de las rubricas a una forma más sencilla”.

El Papa San Pio X ya había introducido algunos de esos cambios en el Breviario Monástico. A través de la influencia de los Benedictinos, el Papa Pio XII las extendió para todo el clero. Por la simplificación de las rubricas y la disminución de las oraciones, el Breviario pasó a ser más fácil para que los sacerdotes llevasen a cabo fiel y devotamente su obligación de recitar todos los días el Oficio Divino. El clero recibió de muy buena gana estos sabios cambios.

El Papa Pio XII aprobó y promulgó oficialmente estos cambios. Bugnini no tenía autoridad para promulgar nada. Referirse a la Nueva Semana Santa como si fuera la liturgia de Bugnini es cosa poco ingeniosa y hasta deshonesta intelectualmente hablando. Cualquier que sea el rol que haya tomado, eso no obscurece el hecho de que varios cardinales y liturgistas ortodoxos tuvieron envolvimiento en los preparativos de estos cambios.

La Sagrada Congregación de Ritos fue establecida para dirigir la liturgia de la Iglesia Latina. Por Iglesia Latina se entiende aquella parte de la Iglesia Católica, de lejos la mayor, que usa el latín en sus ceremonias. El Papa Pio XII estableció una comisión “para examinar la cuestión de la restauración del Ordo de la Semana Santa y proponer una solución. Obtenida la respuesta, Su Santidad decretó, como la seriedad del asunto demandaba, que la cuestión en su totalidad fuese sujeta a un especial examen hecho por los Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos.”

[Cuando los Cardenales se reunieron en el Vaticano en 1950,] “ellos consideraron a fondo el asunto y votaron unánimemente que el Ordo de la Semana Santa restaurada fuera aprobada y prescrita, sujetos a la aprobación del Santo Padre. Acto continuo, habiendo sido detalladamente reportada al Santo Padre por el… Cardenal Prefecto, Su Santidad se dignó a aprobar lo que los Cardenales habían decidido. Entonces, por especial mandato del mismo Papa Pio XII, la Sagrada Congregación de Ritos ha declarado lo siguiente… [dando directivas específicas, incluso:] Aquellos que siguen el Rito Romano están obligados… a seguir el Ordo de la Semana Santa Reformada, expuesto en la edición oficial del Vaticano” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre de 1955).

De acuerdo con el Papa Pio XII, la reformas litúrgicas que él promulgó fueron “un signo de la disposición providencial de Dios en la moción del Espíritu Santo a la Iglesia para los tiempos presentes” (The Assisi Papers, Procedentes del Primer Congreso Internacional de liturgia pastoral, Asís-Roma, 18 al 22 Septiembre, 1956, p. 224). Cristo dijo a San Pedro y a todos sus sucesores legales, “Aquel que os oye, a mi me oye.” (Lucas 10:16). El tema en cuestión es la obediencia a la legítima autoridad suprema de la Iglesia Católica. Un verdadero Papa aprobó estos cambios. Debemos aceptar estos cambios como legales y dignos de seguimiento salvo que podamos probar que el Papa Pio XII no fue un verdadero Papa.

El que diga que el Papa Pio XII no aprobó la Semana Santa Restaurada, lo dice sin fundamento. Es ridículo decir que el Papa Pio XII no tenía idea de que la Sagrada Congregación de Ritos y todo el mundo Católico estaban haciendo respecto a la Semana Santa. ¿No es este el mismo argumento que algunos usan para defender a los “papas” posconciliares — que desde la muerte del Papa Pio XII, los “Vicarios de Cristo” no han tenido idea de lo que pasaba en la Iglesia Católica? El argumento que dice que él era ya anciano o tenía cualquier otra discapacidad para regir la Iglesia es también completamente absurdo por lo claro de sus últimas encíclicas, directivas y discursos en el mismo año de su fallecimiento.

El Papa Pio VI estigmatizó como “al menos errónea” la hipótesis “de que la Iglesia podría establecer una disciplina que fuera peligrosa, prejudicial, conducente a la superstición o al materialismo.” (Dz. 1578). En la sección 22, canon 7, el concilio de Trento condenó a cualquiera que diga que las ceremonias de la Iglesia son un estimulo a la impiedad más que a la piedad.

Los cambios introducidos por el Papa Pio XII son legales, santos y conducentes a la santificación y salvación de las almas. La Iglesia Católica ha enseñado consistentemente que un Papa válido no puede promulgar una ceremonia o ley litúrgica que sea prejudicial a la fe y a la piedad y que desagrada a Dios. En tales decisiones el Papa es protegido por la infalibilidad.

Los teólogos enseñan que las leyes disciplinarias universales y los cambios litúrgicos son objetos secundarios de la infalibilidad. Esto está claramente explicado por Monseñor Van Noort: “El bien conocido axioma, Lex orandi est lex credendi (la ley de la oración es la ley de la creencia), es una especial aplicación de la doctrina de la infalibilidad de la Iglesia en materias disciplinares. Este axioma dice en efecto que la formula de la oración aprobada para el uso público de la Iglesia universal no puede contener errores contra la fe y moral” (Christ’s Church — La Iglesia de Cristo — p.116).

Los cambios litúrgicos del Papa Pio XII — la institución de la festividad de San José Obrero, la restauración de la Semana Santa, las leyes para el ayuno Eucarístico, etc. — no son pecaminosas. Se alguno dijere que ellas son heréticas o pecaminosas, éste estaría acusando la autoridad doctrinal infalible de la Iglesia de prácticas sacrílegas y errores doctrinales que corrompen la fe, comprometen sus doctrinas y perjudica a las almas. Tal acusación negaría que Cristo proteja a Su Iglesia y sagrada liturgia de ella del mal y del error.

El Papa Pio XII prohibió sin excepciones, en un leguaje más preciso, a los sacerdotes de usar la liturgia antigua. Él condenó también el anticuarismo (arqueologismo), es decir, la práctica de volver a las observancias litúrgicas primitivas por la no conformidad con las rubricas concurrentes y con las leyes eclesiásticas, que en tal ocasión sería implícita la no actividad del Espíritu Santo en la conducción de la Iglesia. Ni siempre lo más antiguo es mejor, especialmente cuando desafía las órdenes de un verdadero Papa.

El motivo por el cual nosotros seguimos los cambios litúrgicos del Papa Pio XII es la autoridad infalible de la Iglesia de enseñar. Los cambios fueron autorizados por un Vicario de Cristo infalible y fueron promulgados oficialmente para remplazar los antiguos ritos y leyes existentes. Ya que el Papa Pio XII era un Papa verdadero, debemos obedecer sus órdenes respecto a la sagrada liturgia. La obediencia es lo más seguro, lo más consistente y la regla de ortodoxia.

Por otro lado, aquellos que aceptan a Pio XII como un verdadero Papa mientras rehúsan aceptar sus decretos litúrgicos, demuestran rebeldía y desobediencia. Recogiendo y eligiendo lo que ellos quieren, ellos se ponen a sí mismos como la suprema autoridad de la Iglesia Católica. Ellos se adjudican el derecho de juzgar al Papa, cerniendo lo que él enseña y decidiendo lo que van a obedecer y lo que van a rechazar. Recoger y escoger lo que se va obedecer y lo que se va a rechazar es un error. Es un sello de rebelión le negar obediencia al verdadero vicario de Cristo; rebelión en materia de obediencia a la legítima autoridad es siempre un peligro para la Fe.

El Galicanismo fue una herejía contra la jurisdicción papal, que tendía a limitar los poderes del Papa. Comenzó al principio del siglo XV y se desparramó por toda la Europa. Acto continuo, muchos europeos perdieron su censo de obediencia al Papa. En 1682 el clero francés formuló los Cuatro Artículos que se hicieron obligatorios para todas las escuelas y para todos los maestros de teología. Los cuatro artículos estatuyeron que el juicio papal carece de valor sin el consentimiento de la Iglesia. Los Papas Alejandro VIII y Pio VI y el Concilio Vaticano condenaron el Galicanismo. Tristemente, el espíritu del Galicanismo prevalece hoy día.

Aquellos que rechazan los cambios litúrgicos del Papa Pio XII son inconsistentes. Si ellos aceptan a Pio XII como papa, deben reservar su propia opinión acerca de la liturgia de él, echar a un rincón sus gustos y disgustos litúrgicos y simplemente obedecerlo. La mentalidad católica es obedecer a los superiores legales en todo, excepto en el pecado.

El espíritu de obediencia a la autoridad legítima fue expresada por la madre de Lucia, una de los niños de Fátima. Cuando la madre de Lucia fue cuestionada sobre el porqué el nuevo párroco no permitía danzar y el antiguo sí lo permitía, ella contestó: “Yo no sé porque el antiguo párroco permitía y el nuevo no. Si el nuevo párroco no quiere las danzas, mis hijos no danzarán.”

Concluiremos con un discurso del Papa San Pio X a los sacerdotes de la Unión apostólica:


“Cuando uno ama al Papa, uno no se queda a debatir sobre lo que él aconseja o manda, no pregunta hasta donde se extiende el riguroso deber de obedecer y no marca los límites de esta obligación. Cuando uno ama al Papa, uno no objeta que él no ha hablado con toda claridad, como si él fuera obligado a repetir su voluntad en el oído de cada uno lo que muy a menudo expresa no sólo viva voce, sino también por cartas y otros documentos públicos; uno no pone en duda sus órdenes so pretexto — fácilmente usado por cualquiera que no quiera obedecer — de que ellas no emanan de él, sino de sus legados; uno no limita el espacio en el cual podemos y debemos ejecutar su voluntad; uno no se opone a la autoridad del Papa porque otras personas, letradas quizás, difieren de la opinión del Papa. Además, no obstante su gran conocimiento, su santificación está en espera, porque no puede haber santidad donde hay discordancia con el Papa.”
(AAS 1912, p. 695)

Acordarnos hemos de que todo esto incumbe al legítimo y válido Papa elegido; esto no se aplica a un hereje o un “papa” electo inválidamente — un falso papa.


Fuente: Sito del CMRI


viernes, 23 de enero de 2026

«El derecho a la rebeldía: el ejemplo de los Cristeros mejicanos» - Eugenio Vegas Latapié (1907-1985)


Estas dos únicas actitudes que hoy pueden adoptar los auténticos católicos se practicaron también en el siglo XVI. Los soldados de Felipe II que luchaban en Flandes y en Lepanto fueron el instrumento de que la Providencia se sirvió para que no quedara la religión católica barrida de todos los Estados ante las acometidas del protestantismo y del islam, en tanto que los frailes españoles, amparados por la espada de los conquistadores, daban a Roma veinte pueblos por cada uno de los que le arrebataba la herejía. La otra actitud, igualmente lícita e individualmente más admirable, fue la observada por los católicos ingleses frente a los impíos designios de Enrique VIII y de su hija adulterina Isabel. Cinco cartujos inician la santa teoría que había de contar seiscientos mártires que prefieren perder la vida a obedecer los deseos ilícitos de los reyes herejes; pero estos sacrificios no pudieron impedir que la herejía se impusiera en toda Inglaterra y que tardara más de dos siglos en volver el catolicismo a dar públicas señales de vida en el país.



Los católicos mexicanos han vuelto a empuñar la espada que, en 1929, por obediencia a la autoridad eclesiástica, se vieron obligados a enfundar a conciencia de que por esta causa muchos de ellos habían de perder su vida. Y esta vez, aleccionados por el cruelísimo tropiezo pasado… saben a dónde van y hasta dónde alcanzan sus derechos de ciudadanos y de católicos. Fechado el 12 de diciembre de 1934 en San Antonio de Texas, el Delegado Apostólico en México, monseñor Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia, dirigió una instrucción al Episcopado, clero y católicos de México, que remitió igualmente a todos los obispos esparcidos por todo el mundo «a fin de que todos los católicos de la tierra –son palabras del Delegado Apostólico– conozcan nuestra situación y pidan a Dios el remedio de nuestros males», en cuya Instrucción, en su apartado II leemos: «Por esto, en nombre de Dios y de nuestro santísimo Padre el Papa Pío XI, y de acuerdo plenamente con el venerable Episcopado Mexicano, damos las siguientes normas de conducta, según las cuales obraremos los Prelados y deberán también obrar el Clero Secular y Regular y todos los fieles:

»1º. La Iglesia Católica no reconoce ningún poder humano que le pueda impedir nada de lo que Ella misma juzgue necesario para la salvación de las almas; por lo mismo, en las cosas espirituales, a nadie está subordinada…

»Por lo mismo no debe de extrañarle al Gobierno que siempre que dé una orden atentatoria contra los derechos que la Iglesia tiene, como Sociedad perfecta que es, se hagan las debidas protestas; pues no porque la fuerza y la violencia nos impidan el libre uso de nuestros derechos dejen éstos de existir, y por lo mismo de clamar justicia. Deberá, pues, protestarse siempre contra todo acto atentatorio de las libertades inalienables de la Iglesia, haciendo esto con toda prudencia y con todo valor cristiano.

»2º. Teniendo como tiene la Iglesia la misión de civilizar, siendo como es Madre de los pueblos libres, necesariamente debe hacer saber y recordar a sus hijos que tiene grave obligación de trabajar y de sacrificarse por la libertad de México en todos los órdenes y valiéndose de todos los medios, con tal de que se guarden siempre las normas inmutables de la moral y de la justicia. El peligro del comunismo es inminente, y sólo la acción decidida, unánime y constante de todos los buenos mexicanos podrá salvar a nuestra desventurada Patria.

»Las normas de su Santidad, si se cumplen debidamente, producirán, sin duda, excelentes resultados. Por lo que se refiere al uso de medios violentos, como sería el recurso a las armas, ni el Episcopado ni el Clero debemos entrometernos, promoviéndolo o prohibiéndolo».

¿Quiénes son los insensatos que sostienen que la Iglesia prohíbe defender la Religión y la fe de los niños y de las generaciones futuras con las armas en la mano? Si nos es lícito e incluso legal, luchar por defender nuestros bienes y derechos materiales, ¿cómo no iba a ser lícito luchar y morir en defensa de los valores espirituales y eternos?

Tras dos siglos de ideología enciclopedista y liberal que terminaron por materializarlo todo, incluso los ideales de los que nos decimos católicos, vuelve la luz de la verdad a dejarse ver y a pregonar por todas partes que sólo a fuerza de sacrificios y de sangre se hacen las cosas grandes. El nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, en Hacia la Cruz del Sur, lanza desde su Patria una ardiente plegaria que va encontrando eco en todos los pechos jóvenes y generosos. Dice así el heredado grito conquistador:

¡Ay Virgencita! que luces

ojos de dulces miradas:

pues viste venir espadas

que dieron paso a las cruces,

¡mira tus tierras amadas!

y si hoy arrancan las cruces,

¡brillen de nuevo las luces



del filo de las espadas!

«Todo hombre que está decidido a morir –escribía Edouard Drumont– puede influir en los acontecimientos. Detrás de todos los acontecimientos hay un hombre que está decidido a morir…».

Nadie sabe nada de lo que pasa en México. Parece que no sólo no lo sabemos, sino que tampoco queremos saberlo. Y, sin embargo, no sólo tenemos obligación de enterarnos, sino que, además, deberíamos de haber acudido en ayuda de nuestros hermanos los católicos mexicanos, víctimas desde hace varios lustros de las más crueles y refinadas persecuciones. Pero los católicos en general, y más especialmente los católicos españoles, vivimos totalmente ajenos a la constante vigencia del divino precepto del amor al prójimo. Si permanecemos totalmente indiferentes a que en nuestra misma casa, calle o ciudad, sea mayor cada día el número de las personas que desconocen el nombre de Dios y sus enseñanzas sapientísimas y a que sea enormemente superior el número de quienes desean instruirse en las verdades de la fe que el de maestros dispuestos a enseñarla, ¿cómo nos vamos a interesar por la suerte de los católicos mexicanos? ¡Amaos los unos a los otros! ¡Ama al prójimo como a ti mismo! Son preceptos fundamentales que Nuestro Señor promulgó durante su vida mortal y, sin embargo, en la práctica, no hay preceptos que con más constancia y universalidad se conculquen que éstos. Es inútil que nada ni nadie intente romper la rutina materialista de las sociedades contemporáneas. ¡Qué nos importa que un poder tiránico sojuzgue a un pueblo, persiga y asesine a los sacerdotes, destruya los templos, deshaga hogares y prepare conscientemente la sistemática corrupción de la infancia y de la juventud! ¡Qué nos importa que, cuando nuestros hermanos los católicos mexicanos, en cumplimiento de sagradas obligaciones se vieron forzados a lanzarse al campo para defender virilmente la fe de sus hijos y los derechos imprescriptibles de la Religión y de la Patria, carecieran de armas, de dinero e incluso de apoyo moral! El mundo católico contempla insensible el martirio de un pueblo creyente, y desde las columnas de sus rotativos, servidos por el sectarismo de las agencias yanquis, califica de «bandidos» y «criminales» a los héroes de la epopeya que con su sangre generosa están escribiendo en estos momentos los católicos mexicanos.

El 12 de febrero de 1929, el Obispo de Huejutla lanzó desde el destierro un conmovedor documento, que titulaba Mensaje al mundo civilizado, en el que, para nuestra vergüenza, podemos leer lo siguiente:

«¿Será posible que el mundo civilizado nos siga mirando aún con el más irritante desprecio?

»Ya en nuestro anterior Mensaje decíamos que, fuera del Augusto Pontífice de la Cristiandad, que sí se ha preocupado verdaderamente por México y hecho todo lo humanamente posible por aliviar nuestra inmensa miseria, todos los pueblos que integran la gran familia cristiana nos han mirado con la más completa indiferencia.

»Al presente, después de más de dos años de prolongada agonía, en que hemos perdido lo más granado de nuestra juventud y consumido en la lucha gran parte de nuestra energía; después de haber demostrado con la elocuencia de los hechos que los mexicanos sabemos morir por la fe y por la libertad, y de haber desmentido solemnemente los embustes del tirano que soñaba acabar para siempre con la Religión de nuestros padres; después de haber probado, en pleno siglo XX, que la Religión Católica, Apostólica Romana es la única resurrección para el mundo en medio del naufragio universal, éste no ha sabido tener ni siquiera una palabra de aliento para los heroicos católicos de México, ni un gesto de indignación para la casta de asesinos y bandidos de todo progreso y de toda civilización que nos esclavizan».

Y continúa, enardecido, el ejemplar Prelado: «Sería un crimen en los Estados Unidos, por ejemplo, enviar armas y parque a los libertadores, aunque no lo sea el apoyar con todas las fuerzas a los facinerosos que desgarran las entrañas del pueblo mexicano.

»No sabemos qué pánico se apodera en estos momentos de toda la familia humana que impide tender una mano generosa a un pueblo civilizado que sucumbe en las garras de la tiranía y del despotismo. Nosotros creemos que es vano temor a los grandes de la tierra; pero esto mismo causa en nuestro ánimo la más profunda tristeza, porque vemos que el mundo actual retrograda violentamente al paganismo arrastrado por la corriente impetuosa de la fuerza bruta.

»El mundo civilizado ha sido muy cruel para con el pueblo mexicano. Viéndole aherrojado, azotado y herido de muerte por sus poderosos enemigos, lo ha abandonado y despreciado; viéndole caído en tierra, ha seguido de fiesta con sus verdugos, celebrando y aplaudiendo los actos de barbarie y salvajismo que ignoraron los siglos pasados».

Pero ¿qué sucede en México? La historia de la República mexicana sería, aproximadamente, la misma relación de revoluciones, motines y tiranías que la que constituye la de las demás repúblicas hispanoamericanas, de no tener la vecindad espantosa del monstruo yanqui, dedicado, desde la independencia de México, a descristianizar este país y a asegurar por todos los medios la estabilidad de los demagogos en el poder. El territorio mexicano ha sido, desde siempre, presa codiciada de todos los políticos norteamericanos, que en el desorden interior y la total descatolización del país ven los medios indispensables de adueñarse de él por completo. La enemistad a la Religión católica por parte de los políticos yanquis ha sido constante desde la independencia de México, por estimar indispensable la muerte del catolicismo para acabar con el espíritu nacional y hacer posible que todo México siga la suerte de California y Texas.

La persecución religiosa se inicia poco después de la independencia, como consecuencia de la instauración de las instituciones liberales y democráticas, que, como en todos los demás países, ha llevado aparejada la guerra a la Iglesia. La persecución religiosa se presentaba, al correr de los años, unas veces con formas crueles y otras persiguiendo solapadamente sus designios; pero al subir a la presidencia Plutarco Elías Calles se decidió la destrucción radical y completa de la Religión católica en México. Pacientes y sumisos hasta entonces, los católicos tratan de impedir que se les prive de sus últimas libertades, y, al efecto, dentro de la legalidad y fieles a la más pura doctrina democrática, elevan innumerables solicitudes, peticiones y protestas a los poderes públicos, algunas de las cuales iban autorizadas por millones de firmas. Pero todo fue inútil. Al fin, cuando se creyeron cargados de una razón que desde un principio les había asistido, tras no poco tiempo perdido en esas ingenuas reclamaciones, decidieron acudir a las vías de hecho, a esas peligrosas vías de hecho tan censuradas por los cobardes y prudentes egoístas, pero sin las cuales nada grande se hubiera hecho en el mundo.

Primero fue el boycot pacífico a la vida económica del país, restringiendo hasta lo absurdo todos los gastos superfluos e incluso los necesarios, constituyendo una imponente manifestación de protesta de la inmensa mayoría del país. Más tarde, ante el desprecio del gobierno tiránico decidieron apelar, por fin, a las armas.

Lo que fue aquella guerra esperamos que se escribirá algún día, para asombro y ejemplo de las generaciones venideras. De 1926 a 1929, a despecho de los contratiempos y de la carencia de armas y dinero, a precio de sangre y de heroísmo se va organizando un aguerrido ejército, que recibe el título de «Libertador», que llegó a contar con treinta mil valerosos cruzados, y en nada estuvo que no lograse derrocar la tiranía imperante. De este ejército dice el Obispo de Huejutla: «Por entre los escombros de nuestras humeantes ruinas, a lo largo de los inmensos valles sembrados de cadáveres, por entre los escarpados montes de la sierra de Anáhuac, en aquellas cavernas donde ha ido siempre a refugiarse la justicia cuando se ha visto perseguida en las grandes ciudades, se ve por doquier a los soldados de la libertad. Éstos no roban, ni asesinan, ni ultrajan a mujeres, ni son carga pesada para el Estado, ni se compran con dinero, ni se rinden al cansancio, ni se abaten por la adversidad.

»Éstos no son soldados asalariados que combaten por el pan, sino nobles ciudadanos que luchan por la conquista de un ideal. Estos hombres pálidos y demacrados, hambrientos y cubiertos de andrajos que montan endebles caballos y devoran inmensas distancias, que velan durante la noche, y al amanecer se ven cubiertos por el humo del combate, que gimen, que lloran, que saben sentir las desdichas de la Patria, son los honrados y cultos mexicanos que han trocado las delicias del hogar por los azares de la guerra; que han abandonado mujer, hijos e intereses, por servir a la Patria, y que saben morir valientemente para servir a Dios.

»Si el Ejército Libertador hubiera sido apoyado por el elemento acaudalado del país, si los ricos hubieran cumplido, siquiera en parte, con su deber, dando a los libertadores unas cuantas monedas, en muy poco tiempo habrían derribado éstos a la infame tiranía que nos oprime; pero no, no son los ricos a quienes el pueblo deberá su futura liberación, ni son ellos los que se han sacrificado por la Patria: es la clase media, es el pueblo humilde de donde han surgido los mártires de la fe. Muchos jóvenes, principalmente de la benemérita A.C.J.M., han cortado su carrera, o bien renunciado a un brillante porvenir, por irse a engrosar las filas de la libertad; otros se hallan en el destierro, y muchos han sido descuartizados por el enemigo de nuestra fe».

Pero esta guerra religiosa, que pudo ser para México tan fausta y saludable como, según la Biblia, fue la revuelta de los Macabeos para Israel, no tuvo los resultados que eran de esperar por la intervención en la lucha, de la política, las negociaciones y las torpes componendas... La escuela seguiría ignorando a Dios, la infancia seguiría siendo iniciada con miras corruptoras en todos los misterios de la vida sexual; el divorcio continuaría deshaciendo hogares; en una palabra, seguiría vigente toda la legislación antirreligiosa, reconociéndose de hecho unas leyes que para los católicos no tienen de ley más que el nombre, a cambio de que algunos templos continuaran abiertos, no se persiguiera a los sacerdotes y otras ínfimas conquistas…

Durante dos años, el modesto statu quo no se vio grandemente violado. Alguna vez lograban filtrarse en las columnas de la prensa telegramas perdidos, dando la noticia de haber aparecido asesinado un jefe «cristero» a poco de haber regresado a su aldea. Así fueron cayendo centenares de jefes del ejército libertador, estando indefensos por haber depuesto las armas obedeciendo…; de tal modo, que el número de muertos habidos en tiempo de paz excedió al de los que cayeron en el campo de batalla.

Deshecha la resistencia católica, desalentados los cruzados y sin medios humanos para poder de nuevo levantar cabeza tras el rudo golpe que les infligió el «pacto» de 1929, el Gobierno mexicano ha vuelto a imprimir ritmo acelerado a la política antirreligiosa y comunista. Pero lo que a juicio de las gentes frívolas era imposible, no lo es para los hombres de fe. La fe mueve las montañas, y sólo pensando en esta fuente inagotable de energías espirituales podemos concebir que los católicos mexicanos hayan logrado sacar de la nada otro Ejército libertador que, cuando se escriben estas páginas, está riñendo combates en más de nueve Estados.

El libro, al que las precedentes consideraciones sirven de prólogo, no es, como a primera vista parece, una ingenua novela mejor o peor escrita y más o menos inspirada. Son una serie de estampas rigurosamente históricas tomadas de la situación por que atravesó México de 1926 a 1929, y que hoy se están repitiendo. Hechos históricos, argumentos y conversaciones que nos dan una impresión exacta de la situación de México en aquellos días, de la mentalidad de los recios varones y las esforzadas mujeres mexicanas. La doctrina defendida a lo largo de sus páginas es la misma que sostiene en El Derecho a la Rebeldía el Magistral de la Catedral de Salamanca, Sr. Castro Albarrán. Puede decirse de Héctor que es la forma novelada de El Derecho a la Rebeldía. El autor, cuya sólida cultura queda bien patente con la lectura de este libro, se ha visto obligado, por residir en México, a ocultar su nombre bajo el seudónimo de Jorge Gram[2].

* En «Revista Verbo – Speiro», Madrid – España; N° 451-452 (2007), pp. 27-36

[1] Reproducimos ahora con título de la redacción el prólogo que Eugenio Vegas Latapié puso para la edición peninsular de la novela de ambiente cristero Héctor, firmado por Jorge Gram. En ediciones mejicanas posteriores se reprodujo, con la advertencia de que se había juzgado necesario suprimir algunos párrafos inspirados por una información incompleta sobre los «arreglos» de 1929. Se estampa aquí también con dichas mutilaciones (N. de la R.de Verbo-Speiro).
[2] Jorge Gram es el seudónimo del P. David Guadalupe Ramírez (1889-1950), sacerdote mejicano. Bajo dicho nombre escribió entre otras obras, varias novelas cristeras.

miércoles, 8 de octubre de 2025

BREVES CRÓNICAS DE APOSTOLADO EN PERÚ.. todas las fotos

 




(junto al Sr. Ray, su Sra, esposa Jane y su nietito Mateo)


(frente a la hermosa iglesia de la Merced en Lima)


( Bendiciendo y rezando un responso por el eterno descanso del Sr. Dino Romero)


(compartiendo un riquísimo almuerzo (ceviche) preparado por Omar en su casa)

Visitando las ruinas prehispánicas de Huacho




Visitando a los abuelitos en el asilo Virgen del Carmen





En la histórica iglesia Santa María





24 de Septiembre es la Festividad de Ntra. Sra. de la Merced y participamos de su solemne procesión





Bendiciendo a los enfermos y algunas casas




jueves, 16 de febrero de 2023

¿Cómo aprovechar la Santa Comunión?


Mas el Salvador ofrécele otro alimento aún más divino; ofrécesele a sí mismo como manjar del alma. Dijo una vez el Señor a San Agustín:
Yo soy el pan de los fuertes. Pero no me cambiarás en tu sustancia propia, como sucede al manjar de que se alimenta tu cuerpo, sino al contrario, tú te mudarás en mí".[1]
En la comunión, Nuestro Señor nada tiene que ganar; toda la ganancia es del alma que es vivificada y elevada a lo sobrenatural; las virtudes de Jesucristo se trasfunden al alma, y queda ésta como incorporada a Él, haciéndose miembro de su cuerpo místico.
¿Cómo se realiza esta transformación e incorporación? Principalmente porque Jesús, presente en la Eucaristía, eleva al alma a un intensísimo amor.
Los efectos que este divino manjar produce los explica muy bien Santo Tomás (IIIª, q. 79, a. 1):
Los efectos que la Pasión consiguió para el mundo entero, los consigue este sacramento en cada uno de nosotros." Más adelante añade: "Así como el alimento material sostiene la vida corporal, y la aumenta, la renueva y es agradable al paladar, efectos semejantes produce la Eucaristía en el alma."
En primer lugar, sostiene o da mantenimiento. Todo aquel que, en el orden natural, no se alimenta o se alimenta mal, decae; la misma cosa acontece al que se priva del pan eucarístico que el Señor nos ofrece como el mejor manjar del alma. ¿Por qué nos habremos de privar, sin razón, de este pan supersustancial (Mt 6, 11) que debe ser para el alma, el pan nuestro de cada día?
Como el pan material restaura el organismo, renovando las fuerzas perdidas por el trabajo y la fatiga, así la Eucaristía repara las fuerzas espirituales que perdemos por la negligencia. Como dice el Concilio de Trento, nos libra además de las faltas veniales, devuélvenos el fervor que por ellas habíamos perdido, y nos preserva del pecado mortal.
Además, los manjares naturales aumentan la vida del cuerpo en el período del crecimiento. Mas en el orden espiritual, siempre tenemos que ir creciendo en el amor de Dios y del prójimo, hasta el momento de la muerte. Y para poderlo conseguir, en el pan eucarístico nos lo regala cada día con gracias renovadas. Por eso nunca se detiene, en los santos, el crecimiento sobrenatural, mientras aspiran a acercarse a Dios: su fe se hace cada día más esplendorosa y más viva, más firme su esperanza, y su caridad más pura y ardiente. Y así, poco a poco, de la resignación en los sufrimientos pasan al amor y alegría de la Cruz. Por la comunión todas las virtudes infusas van en aumento junto con la caridad, hasta llegar muchas veces al heroísmo. Los dones del Espíritu Santo, que son disposiciones permanentes infusas, conexas con la caridad, van creciendo también a una con ella.
En fin, así como el pan material es agradable al paladar, el pan eucarístico es dulcísimo al alma fiel, que en él encuentra fortaleza y gran sabor espiritual.
Dice el autor de la Imitación (1. IV, c. II y Ill):
Señor, confiando en tu bondad y gran misericordia, me llego enfermo al Salvador, hambriento y sediento a la fuente de la vida, pobre al Rey del cielo, siervo al Señor, criatura al Creador, desconsolado a mi piadoso consolador. (...) Date, Señor, a mí y basta; porque sin Ti ninguna consolación satisface. Sin Ti no puedo existir, y sin tu visitación no puedo vivir."
Santo Tomás expresó admirablemente este misterio de la comunión:
O res mirabilis, manducat Dominum, pauper, servus, et humilis!
¡Oh prodigio inefable! ¡Que el pobre servidor, esclavo y miserable, se coma a su Señor."
Esta es la sublime unión de la suprema riqueza con la pobreza. ¡Y decir que la costumbre y la rutina no nos dejan ver con claridad el sobrenatural esplendor de este don infinito!
Condiciones necesarias para hacer una buena comunión
Nos las recuerda el decreto por el que S. S. Pío X exhorta a los fieles a la comunión frecuente (20 de diciembre de 1905): En primer lugar, recuerda el decreto este principio:
Los sacramentos de la nueva ley, al mismo tiempo que operan ex opere operato, producen un efecto tanto mayor cuanto son más perfectas las condiciones en que se los recibe... Hase pues de procurar que una buena preparación preceda a la santa comunión, y que vaya seguida de fervorosa acción de gracias, según la posibilidad y condiciones de cada uno."
Según el mismo decreto, la condición primaria e indispensable para sacar provecho de la comunión es la intención recta y piadosa. Dice así:
La comunión frecuente y cotidiana, tan del agrado de Nuestro Señor Jesucristo y de la Iglesia católica, debe ser en tal forma facilitada a todos los fieles de cualquier clase y condición, que nadie que se acerque a la sagrada Mesa en estado de gracia y con recta y piadosa intención, ha de ser rechazado por ninguna prohibición. Intención recta quiere decir que aquel que se acerca a la santa comunión no lo haga movido por la costumbre, ni por vanidad, ni por cualquier otra razón humana, sino que pretenda únicamente responder a la voluntad del Señor, unirse a él más estrechamente por la caridad y, mediante este divino remedio, sanar sus enfermedades y sus culpas."
Esa recta y piadosa intención de que se habla aquí, ha de ser manifiestamente sobrenatural, o inspirada por motivos de fe; o sea, por el deseo de conseguir la gracia de servir mejor a Dios y de evitar el pecado. Si, junto con esta fundamental intención, se mezclase alguna otra secundaria de vanidad o deseo de ser alabado, este motivo secundario y accidental no impediría que fuese buena la comunión, aunque disminuiría su provecho. Los frutos que de ella saquemos serán tanto más abundantes cuanto esa recta y piadosa intención fuere más pura e intensa. Estos principios son ciertos y no es posible ponerlos en duda. Una sola comunión ferviente es, pues, mucho más provechosa que muchas hechas con tibieza.
Condiciones para hacer una ferviente comunión
Santa Catalina de Sena, en su Diálogo (cap. 110), señala estas condiciones, mediante un curioso símbolo:
Supongamos", dice, "que varias personas se alumbran con velas o cirios. La primera lleva una vela de una onza; la segunda, otra de dos onzas; la tercera, de tres; ésta, de una libra. Cada una enciende su vela. Y sucede que la que tiene la de una onza, ve menos que la que se alumbra con la de una libra. Así acontece a los que se acercan a este sacramento. Cada uno lleva su cirio encendido, es decir, los santos deseos con que recibe la comunión".
¿Cómo se manifiestan tales deseos?
Esos santos deseos, condición de una ferviente comunión, se han de manifestar en primer lugar, desechando todo apego al pecado venial, a la maledicencia, envidia, vanidad, sensualidad, etc... Esta afición es menos reprehensible en un cristiano de pocas luces, que en otros que han recibido gracias abundantes de las que no se muestran muy agradecidos. Si tales negligencia e ingratitud fueran en aumento, harían que la comunión fuera cada vez menos provechosa
Para que ésta sea fervorosa, se ha de combatir la afición a las imperfecciones, es decir, a un modo imperfecto de obrar, como acontece en los que, habiendo recibido cinco talentos, obran como si sólo poseyeran tres (modo remisso), y apenas luchan contra sus defectos. La afición a las imperfecciones se revela también en andar tras ciertas satisfacciones naturales y lícitas, pero inútiles, como, por ejemplo, tomar ciertos refrigerios sin los cuales podría uno pasar. Hacer el sacrificio de tales satisfacciones sería cosa muy agradable a Dios, y el alma, mostrando así mayor generosidad, recibiría en la comunión gracias más abundantes. No nos es lícito olvidar que nuestro modelo es el Salvador mismo, que se sacrificó hasta la muerte en la Cruz, y que debemos trabajar por nuestra salud y la del prójimo, empleando los medios de que echó mano nuestro divino Salvador. El alejamiento del pecado venial y de las imperfecciones es, empero, una disposición negativa.
Las disposiciones positivas para la comunión ferviente son: la humildad (Domine, non sum dignus), un profundo respeto a la Eucaristía, la fe viva y un deseo ardiente de recibir a Nuestro Señor que es el Pan de vida. Estas condiciones se resumen en una sola: tener hambre de la Santa Eucaristía.
Cualquier manjar es bueno cuando hay hambre. Un rico, accidentalmente privado de alimentos y hambriento, se siente dichoso si le dan un pedazo de pan negro; nunca le pareció gustar cosa más sabrosa. Si nosotros tuviéramos hambre de la Eucaristía, sacaríamos mucho más fruto de nuestras comuniones. Acordémonos de lo que era esta hambre en Santa Catalina de Siena: un día que con gran crueldad le había sido negada la comunión, en el momento que el sacerdote partía en dos la hostia de la misa, desprendióse una partecita y, milagrosamente voló hasta la Santa, en recompensa de su ardiente deseo de recibir a Jesús.
¿Cómo llegaremos a sentir esta hambre de la Eucaristía? Lo conseguiremos si meditamos detenidamente que sin ese alimento nuestra alma moriría espiritualmente, y luego haciendo con generosidad algunos sacrificios cada día.
Si alguna vez sentimos que nuestro cuerpo se debilita, sin dilación le proporcionamos manjares sustanciosos que lo reconfortan. El manjar por excelencia que restituye las fuerzas espirituales es la Eucaristía. Nuestra sensibilidad, tan inclinada a la sensualidad y a la pereza, tiene gran necesidad de ser vivificada por el contacto del cuerpo virginal de Cristo, que por amor nuestro sufrió los más terribles tormentos. Nuestro espíritu siempre inclinado a la soberbia, a la inconsideración, al olvido de las verdades fundamentales, a la idiotez espiritual, tiene gran necesidad de ser esclarecido por el contacto de la inteligencia soberanamente luminosa del Salvador, que es el Camino, la Verdad y la Vida. También nuestra voluntad tiene sus fallas; está falta de energías y está helada porque no tiene amor. Y ése es el principio de todas sus debilidades. ¿Quién será capaz de devolverle ese ardor, esa llama esencial para que siempre vaya hacia arriba en lugar de descender? El contacto con el Corazón Eucarístico de Jesús, ardiente horno de caridad, y con su voluntad, inconmoviblemente fija en el bien, y fuente de mérito de infinito valor. De su plenitud hemos de recibir todos, gracia tras gracia. Tal es la necesidad en que nos encontramos de esta unión con el Salvador, que es el principal efecto de la comunión.
Si viviéramos firmemente persuadidos de que la Eucaristía es el alimento esencial y siempre necesario de nuestras almas, ni un solo momento dejaríamos de sentir esa hambre espiritual, que se echa de ver en todos los santos.
Para encontrarla, si acaso la hubiéramos perdido, preciso es hacer ejercicio, como se recomienda a las personas débiles que languidecen. Mas el ejercicio espiritual consiste en ofrecer a Dios algunos sacrificios cada día; particularmente hemos de renunciar a buscarnos a nosotros mismos en las tareas en que nos ocupamos; por ese camino irá el egoísmo desapareciendo, poco a poco, para dar lugar a la caridad que ocupará el primer puesto en nuestra alma; de esa manera dejaremos de preocuparnos de nuestras pequeñas naderías, para pensar más en la gloria de Dios y la salvación de las almas. Así volverá de nuevo el hambre de la Eucaristía. Para comulgar con buenas disposiciones, pidamos a María nos haga participar del amor con que de las manos de San Juan recibía la santa comunión.
Los frutos de una comunión ferviente están en proporción con la generosidad con que a ella nos preparamos. "Al que tiene [buena voluntad] se le dará más y nadará en la abundancia, dice el Santo Evangelio (Mt 13, 12). Santo Tomás nos recuerda en el oficio del Santísimo Sacramento, que el profeta Elías, cuando era perseguido, se detuvo, rendido, en el desierto, y se echó debajo de un enebro como para esperar la muerte; y se durmió; le despertó un ángel y le mostró junto a sí un pan cocido a fuego lento y un cántaro de agua. Elías comió y bebió, y, con la fuerza que le dio este alimento, caminó cuarenta días, hasta el monte Horeb, donde le esperaba el Señor. He ahí una figura de los efectos de la comunión ferviente.
Meditemos en que cada una de nuestras comuniones debería ser sustancialmente más fervorosa que la anterior; y en que todas ellas no sólo han de conservarnos en la caridad, sino que han de acrecentarla, y disponernos en consecuencia a recibir al día siguiente al Señor, con un amor, no sólo igual, sino mucho más ardiente que la víspera. Como una piedra cae con tanta mayor rapidez cuanto se acerca más al suelo, así, dice Santo Tomás [2], deberían las almas ir a Dios con tanta más prisa cuanto más se acercan a Él y son por Él más atraídas. Y esta ley de la aceleración, que es a la vez ley natural y del orden de la gracia, habría de verificarse sobre todo por la comunión cotidiana. Y así sería si no fueran obstáculo algunas aficiones al pecado venial o a las imperfecciones. Encuentra, en cambio, realización plena en la vida de los santos, que en los últimos años de su vida realizan mucho más rápidos progresos en la santidad, como se ve en la vida de Santo Tomás. Esta aceleración fue realidad especialmente en la vida de María, modelo de devoción eucarística; con seguridad que cada una de sus comuniones fue más fervorosa que la precedente.
Pluguiera a Dios que otro tanto acaeciera en nosotros, aunque sea en menor medida; y que, aunque la devoción sensible faltare, nunca se eche de menos la sustancial, o sea la disposición del alma a entregarse al servicio de Dios.
Como dice la Imitación de Cristo (1. IV, c. IV):
Pues, ¿quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? ¿O quién está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor? Tú eres fuente llena, que siempre mana y rebosa; fuego que de continuo arde y nunca se apaga."
Esta fuente de gracia es tan alta y tan fecunda, que puede ser comparada con las cualidades del agua, que da refrigerio, y a sus opuestas, las del fuego abrasador. Aquello que en las cosas materiales anda dividido, únese en la vida espiritual, sobre todo en la Eucaristía.
Pensemos, al comulgar, en San Juan, que reposó su cabeza en el costado de Jesús, y en Santa Catalina de Siena, quien más de una vez tuvo la dicha de beber con detenimiento en la llaga de su Corazón, siempre abierto para mostrarnos su amor. Tales gracias extraordinarias las concede Dios, de tanto en tanto, para darnos a entender las cosas que pasarían en nuestra alma si supiéramos responder con generosidad al divino llamamiento.
Examen: Las comuniones sin acción de gracias
Si scires donum Dei! ¡Si conocieras el don de Dios!
No pocas almas interiores nos han expresado el dolor y pena que sienten ante el hecho de que, en algunos lugares, la mayor parte de los fieles se van de la iglesia inmediatamente después de la misa en que han comulgado. Aún más, tal costumbre tiende a hacerse general, aun en muchos pensionados y colegios católicos, en los que, antes, los alumnos que habían comulgado continuaban en la capilla como unos diez minutos después de la misa, dando gracias; costumbre que muchos han conservado toda la vida.
En ese tiempo, para hacer comprender la necesidad de la acción de gracias, se contaba, y con mucho fruto, lo que una vez hizo San Felipe de Neri, quien mandó en cierta ocasión que dos monaguillos, con cirios encendidos, acompañasen, un buen trecho, a una dama que solía salir de la iglesia inmediatamente después de la misa de comunión. Mas hoy van introduciéndose por todas partes ciertos modales de irrespetuosidad hacia todo el mundo, hacia los superiores como hacia los iguales e inferiores, y aun hacia Nuestro Señor. De continuar así, habrá pronto muchos que comulgan y muy pocos que comulgan bien. Si las almas celosas no se esfuerzan por contrarrestar esta corriente de despreocupación, en vez de disminuir irá en aumento, destruyendo poco a poco el espíritu de mortificación y de verdadera y sólida piedad. Mas lo cierto es que Nuestro Señor permanece siempre el mismo, y nuestros deberes hacia Él son también los mismos de antes.
La acción de gracias es un deber siempre que hayamos recibido un beneficio, y tanto mayor cuanto el favor es más notable. Cuando obsequiamos con un objeto de algún valor a una persona amiga, nos causa no poca pena el ver que, a veces, ni siquiera se toma la molestia de pronunciar una sola palabra de agradecimiento. Cosa que sucede con más frecuencia de lo que sería de desear. Y si tal despreocupación, que es ingratitud, nos molesta, ¿qué no podremos decir de las ingratitudes sin cuento para con Nuestro Señor cuyos beneficios son inmensos e infinitos?
El mismo Jesús nos lo dijo, después de la curación de los diez leprosos, de los que sólo uno se volvió a darle las gracias: ¿Los otros nueve dónde están?, preguntó el Salvador.
Mas en la comunión, el beneficio que recibimos es inmensamente superior a la milagrosa curación de una enfermedad corporal, puesto que recibimos al autor de la salud y el acrecentamiento de la vida de la gracia, que es germen de la vida eterna; en ella se nos da también aumento de caridad, es decir, de la más excelsa de las virtudes, la cual vivifica y anima todas las otras y es el fundamento y principio del mérito.
Jesús dio con frecuencia gracias a su eterno Padre por todos sus beneficios, particularmente por el de la Encarnación redentora; y desde el fondo de su alma agradeció a su Padre el que hubiera revelado ese misterio a los pequeños y humildes. Dióle gracias en la Cruz, al pronunciar el Consummatum est. Y ahora no cesa de hacerlo en el santo Sacrificio de la Misa, en la que es sacerdote principal. La acción de gracias es uno de los cuatro fines del sacrificio, junto con la adoración, la súplica y la reparación. Y aun después del fin del mundo, una vez que la última misa esté ya celebrada, y cuando no habrá ya sacrificio propiamente dicho, sino sólo su consumación; cuando la impetración y reparación se hubieren terminado, el culto de adoración y de acción de gracias durará eternamente, y su expresión será el Sanctus, que será el eterno cántico de los elegidos.
Así se comprende que muchas almas interiores tengan tanta diligencia y la muy santa costumbre de hacer celebrar misas de acción de gracias, particularmente los segundos viernes de mes, para contrarrestar la ingratitud de los hombres, y aun de tantos cristianos que apenas saben agradecer los inmensos beneficios recibidos del Señor.
Si alguna cosa hay, sin embargo, que exija especial acción de gracias, es la institución de la Sagrada Eucaristía, por la cual quiso Jesús permanecer real y sustancialmente con nosotros, continuando por modo sacramental la oblación de su sacrificio, y a fin de dársenos en manjar que nutra nuestras almas mejor que el más sustancioso de los alimentos pudiera nutrir el cuerpo. No se trata aquí de alimentar nuestra mente con los conceptos de un San Agustín o de un Santo Tomás, sino de hacer nuestro sustento al mismo Jesucristo Señor Nuestro, con su humanidad y la plenitud de gracias que reside en su alma santísima, unida personalmente al Verbo y a la Divinidad. El Beato Nicolás de Flüe decía: Señor Jesús, róbame a mí mismo y entrégame a ti; añadamos nosotros: Señor Jesús, entrégate a mí, para que yo te pertenezca totalmente. Sería éste el más excelso don que pudiéramos recibir. ¿Y no merecería de nuestra parte rendidísimas acciones de gracias? Esa finalidad tiene precisamente la devoción al Corazón eucarístico de Jesús.
Si el autor que os hace donación de su libro puede con razón quejarse de que no le hayáis dado las gracias, ¡cuánto más dolorosa no será la ingratitud de quien no se acuerda de mostrar y significar su agradecimiento después de la comunión, en la que Jesús se da a sí mismo a nuestras almas!
Los fieles que se alejan de la iglesia casi al momento de haber comulgado, diríase que se olvidan de que la presencia real de Jesús subsiste en ellos, como las especies sacramentales, un cuarto de hora más o menos después de la comunión, ¿y no serán capaces de hacer compañía a este divino Huésped durante esos pocos minutos? ¿Cómo no caen en la cuenta de su irreverencia? [3] Nuestro Señor nos llama, se entrega a nosotros con tan divino amor, y nosotros diríase que nada tenemos que decirle ni escuchar su voz durante unos pocos instantes.
Los Santos, y en particular Santa Teresa, como lo hace notar Bossuet, nos han repetido muchas veces que la acción de gracias después de comulgar es para nosotros el momento más precioso de la vida espiritual.[4] La esencia del Sacrificio de la Misa está indudablemente en la consagración, pero de él participamos por la comunión. Hase de establecer en ese momento, real contacto entre el alma santísima de Jesús y la nuestra, y unión íntima de su inteligencia humana, iluminada por la lumbre de la gloria, con la nuestra que con tanta frecuencia se halla oscurecida, llena de tinieblas, olvidada de sus deberes y tan obtusa en presencia de las cosas divinas; hemos igualmente de esforzarnos por que sea realidad la unión íntima de la voluntad humana de Jesús, inmutable en el bien, con la nuestra, tan mudable e inconstante; y en fin, unión de su purísima sensibilidad con la nuestra tan pecadora. En la sensibilidad de Nuestro Señor está el foco y centro de las virtudes de fortaleza y virginidad que esfuerzan y comunican pureza a las almas que se acercan a él.
Mas Jesús no habla sino a los que le escuchan y no dejan voluntariamente de oírle. Por eso, no sólo hemos de reprocharnos las distracciones directamente voluntarias, sino también las que no lo son sino indirectamente, pero debidas a nuestra negligencia en considerar, desear y hacer aquello que estamos obligados a considerar, hacer y desear. Tal negligencia es el principio de multitud de pecados de omisión, que, al examinar la conciencia, se nos pasan casi inadvertidos. Muchas personas que no encuentran pecados en su conciencia, por no haber cometido ninguno grave, están, sin embargo cargadas, de faltas de omisión y negligencia indirectamente voluntaria, que no carece de alguna culpabilidad.
No echemos, pues, en olvido, la acción de gracias, como sucede con frecuencia. ¿Qué frutos se pueden esperar de comuniones hechas con tan poco cuidado y devoción?
Todo beneficio exige el agradecimiento, y un beneficio inconmensurable demanda un agradecimiento proporcionado. Como no somos capaces de tenerlo para con Dios, pidamos a María medianera que venga en nuestro auxilio y nos haga tomar parte en la acción de gracias que ella ofreció al Señor después del sacrificio de la Cruz, después del Consummatum est, y después de las misas del apóstol San Juan. Tanta negligencia en la acción de gracias por la santa comunión proviene de que no conocemos como debiéramos el don de Dios: si scires donum Dei! Pidamos al Señor, humilde pero ardientemente, la gracia de un vivísimo espíritu de fe, que nos permita comprender mejor cada día el valor de la Eucaristía; pidamos la gracia de la contemplación sobrenatural de este misterio de fe, es decir, el conocimiento vivo y claro que procede de los dones de inteligencia y de sabiduría, y es el principio de una ferviente acción de gracias, tanto más intensa cuanto fuere mayor el conocimiento de la grandeza del don que hemos recibido.[5]

[1] Confesiones, 1, VII, c. X.

[2] Comentario de la Epístola a los Hebreos, X, 25

[3] No nos referimos aquí a las personas verdaderamente piadosas que, por obligación o alguna necesidad, se ven en la precisión de abandonar la iglesia luego de la comunión.

[4] Véase sobre el particular la hermosa vida de la fundadora del Cenáculo, Madre María Teresa Couderc: Une grande humble, por el P. Perrov, S. J., p. 195: El día que he recibido la santa comunión, dice a su Superiora, me es imposible dejar la capilla. El tiempo dedicado a la acción de gracias por la comunidad me parece tan breve, que debo violentarme para seguirla al refectorio.

[5] Recuérdese lo que era la acción de gracias del peregrino mendigo que se llamó San Benito José Labre, que con frecuencia se elevaba en éxtasis y se transfiguraba contemplando al Salvador presente en la Eucaristía.