Le dice el pensamiento que permaneciendo en el mundo también podría hacerse santo. Sí señor, podría, pero es difícil; y si usted ha sido verdaderamente llamado por Dios al estado religioso y quisiera permanecer en el siglo, como le he dicho antes, es moralmente imposible; porque le faltará la ayuda que Dios le había preparado en la religión, y privado de aquel, no se salvará. Uno para hacerse santo necesita que use los medios [espirituales], el alejarse de las malas ocasiones, el desapego de los bienes de la tierra, la vida recogida en Dios: para mantener lo cual se necesita la frecuencia de los sacramentos y el uso cotidiano de la oración mental, de la lectura espiritual y de los demás ejercicios devotos, sin los cuales no se puede conservar el espíritu. Ahora bien, todas estas cosas son muy difíciles, por no decir imposible, ejercitarlas en medio de los rumores y disturbios del mundo. Los quehaceres de la familia, las necesidades de la casa, las recriminaciones de los parientes, las peleas, las persecuciones, de lo cual abunda el mundo, le tendrán tan ocupada la mente con pensamientos y temores, que apenas distraídamente, por la tarde se podrá encomendar a Dios. Querrá hacer oración, leer un libro espiritual, comulgar frecuentemente, visitar cada día el Sacramento del altar; pero todo le será impedido por los asuntos del mundo, y lo poco que haga será imperfecto, porque será hecho en medio de miles de distracciones y frialdad de espíritu. Por lo tanto será siempre inquieta su vida y más inquieta será su muerte. De una parte no faltarán los amigos del mundo que le harán temer de abrazar la vida religiosa, como dura y tormentosa. Por otra parte el mundo le ofrecerá diversiones, cosas y una vida contenta; cuídese bien y no se deje engañar. Persuádase que el mundo es un traidor que promete y no cumple. Le ofrece todos los bienes terrenos; pero aunque se los diera, ¿Podrá alguna vez darle la paz del alma? No, solo Dios puede darle la verdadera paz. El alma ha sido creada solo para Dios, para amarlo en esta vida y gozarlo en la otra; por eso solo Dios puede saciarla. Todas las delicias y riquezas de la tierra no pueden dar la verdadera paz, al contrario, quien más se llena de tales bienes en esta vida, vive más atribulado y afligido, como confesaba Salomón, que tenía muchos: Universa (decía) vanitas, et afflictio spiritus. (Todo es vanidad y aflicción de espíritu). Si el mundo se contentara con los bienes terrenos, los ricos, los magnates y reyes, a quienes no les falta ni el dinero ni los honores ni las diversiones, serían plenamente felices; pero la experiencia hace ver que para esos grandes de la tierra, cuanto mayores son sus grandezas, tanto mayores son sus angustias, los temores y las aflicciones que encuentran. Estará más contento un pobre religioso cappuccino que va ceñido con una cuerda sobre un pobre hábito, y que se alimenta de cuatro habas y duerme en una celdita sobre la paja; que no un príncipe con todos los vestidos de oro y riquezas que posee; cada día tendrá una mesa servida, la tarde se acostará en una cómoda cama bajo un rico tornalecho, pero no podrá dormir, por las angustias que le roban el sueño. ¡Loco es quien ama el mundo y no ama a Dios! decía S. Felipe Neri. Y si estos mundanos llevan una vida atribulada, más atribulada será su muerte; cuando les será intimada la expulsión de este mundo por el sacerdote que lo asista, que les dirá: Proficiscere, anima christiana, de hoc mundo: “Abrázate al crucifijo, porque ha terminado el mundo para tí”. El mal está en que en el mundo poco se piensa en Dios y poco se piensa en la otra vida donde deberemos estar eternamente. Todos los pensamientos o casi todos, son sobre las cosas de la tierra y por lo tanto hacen infeliz la vida y más infeliz la muerte. Por lo tanto, para que usted pueda acertar la elección de su estado, póngase delante el momento de la muerte, y elija aquel estado que quisiera haber elegido. Entonces no habrá más tiempo de remediar el error, si jamás hubiera errado posponiendo la divina vocación a su deseo de vivir con más libertad. Considere que cada cosa de aquí termina: Praeterit figura huius mundi; deberá terminar para cada uno de nosotros la escena de este mundo. Cada cosa pasa, y la muerte se acerca; y nosotros, cuántos pasos damos, mientras que nos acercamos a la muerte, y de la muerte a la eternidad; para esto hemos nacido: Ibit homo in domum aeternitatis suae. Cuando menos lo imaginemos nos sobrevendrá la muerte. ¡Ay de mí! encontrándome entonces cercano a la muerte, ¿Qué otra cosa me parecerán todos los bienes de esta tierra, si no bienes de películas, vanidad, mentira y locura? ¿A qué servirá entonces, nos dice Jesucristo, el haber conquistado el mundo si perdemos el alma? Quid prodest homini, si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur? No servirá para para otra cosa que para hacer una muerte infeliz después de una vida infeliz. Al contrario un joven que ha dejado el mundo para darse todo a Jesucristo, ¡cuánto se verá contento, viviendo sus días en una celda solitaria, lejos del tumulto y de los peligros frecuentes de perder a Dios que hay en el mundo! En el monasterio no habrán diversiones de música, de comedias y de bailes; pero tendrá a Dios que lo recrea y le hace gozar la paz: digo aquella paz que puede tenerse en este valle de lágrimas, donde cada uno está puesto para sufrir, y con la santa paciencia ganarse aquella plena paz que le está preparada en el Paraíso. Pero en medio de su vida lejana de las diversiones del mundo, una mirada amorosa de cuando en cuando, dará al crucifijo, [...] un suspiro de amor [por Dios], lo consolará más que todos los pasatiempos y fiestas del siglo, que dejan después el gusto amargo. Y si vivirá contento en esta vida, más contento se encontrará en la muerte por haber elegido el estado religioso. ¡Cuánto se consolará entonces de haber gastado sus años en oraciones, lecturas espirituales, mortificaciones y otros ejercicios devotos, y especialmente si en la religión se habrá esforzado por salvar las almas con la predicación y escuchando las confesiones! Cosas todas que en la muerte acrecientan la confianza en Jesucristo, el cual es bien agradecido y generoso en premiar aquellos que se han desgastado por Su gloria. Vamos a la conclusión de vuestra elección. Ya que el Señor le ha llamado a dejar el mundo, y ser todo suyo en la religión, le digo: Alégrese y tema al mismo tiempo. Alégrese por un lado agradeciendo siempre al Señor, porque el ser llamado por Dios a una vida perfecta es una gracia que Dios no concede a todos: Non fecit taliter omni nationi. Y por otro lado, tema, porque si no obedece a la llamada divina, pone en gran peligro su salvación eterna. No tengo lugar aquí para narrar muchos ejemplos de jóvenes, que por no hacer caso de la vocación, han tenido una vida miserable y una muerte horrible. Tenga por cierto que si habiendo confirmado la vocación permanece en el mundo, no tendrá paz jamás; y muy inquieta será su muerte por el remordimiento que entonces lo atormentará de no haber obedecido a Dios que lo ha llamado al estado religioso. Al final de vuestra carta, quiere saber de mí, si en el caso de no haber tenido el espíritu para entrar en religión, sería mejor casarse, como quieren los parientes, o hacerse sacerdote secular. Respondo: El estado conyugal no puedo aconsejarle, ya que S. Pablo no lo aconseja, sino cuando hubiese la necesidad por causa de una habitual ncontinencia, dicha necesidad tengo por cierto que no sea su caso. En cuanto al estado de sacerdote secular, advierta que el sacerdote secular tiene la obligación como sacerdote, y las distracciones y los peligros de los seculares; porque viviendo en medio del mundo no puede evitar los disturbios de la casa propria y de los parientes, y no puede quedar exento de los peligros del alma; tendrá las tentaciones en su misma casa, no pudiendo impedir que en aquella no hayan mujeres o parientes o siervos y que no entren otros extraños. Debería estar retirado en una habitación aparte, y no ocuparse de otra cosa que de las divinas. Pero eso es muy dificil de ponerlo en práctica, y por eso rarísimos son los sacerdotes que en casa propia siguen la perfección. Al contrario, entrando en un monasterio de observancia, será libre de las preocupaciones del comer y del vestido porque de todo ellos le provedeerá la religión; allí no tendrá parientes que continuamente lo inquieten con los problemas que suceden en casa; allí no entrarán mujeres que enturbian la mente; y así lejos de los rumores del mundo no tendrá quien le impida sus oraciones y su recogimiento. He hablado del monasterio de observancia, porque si quisiera entrar en cualquier otro, donde se vive relajado, es mejor que permanezca en su propia casa y buscar de salvar allí el alma, del mejor modo que pueda; porque, entrando en una comunidad, donde está relajado el espíritu, se pondrá en peligro de perderse. Aunque haya entrado con resolución de dedicarse a la oración y de pensar solo en Dios; no obstante, llevado después de los malos ejemplos de los compañeros, y viéndose burlado y aun perseguido, por no querer vivir al modo de ellos, dejará todas sus devociones y actuará como hacen ellos, según la experiencia que se ve. Si Dios se digna de concederle la gracia de la vocación, este atento a conservarla acudiendo frecuentemente a Jesús y María con las santas oraciones; y sepa que si se decide donarse del todo a Dios, el demonio acrecentará en adelante sus esfuerzos en tentarlo para hacerlo caer en pecado y especialmente para hacerle perder la vocación. Me despido con afecto; pido al Señor que lo haga todo Suyo.
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miércoles, 11 de febrero de 2015
sábado, 15 de diciembre de 2012
VIRGINIA: UNA VIDA CONSAGRADA A DIOS, A SU PATRIA, A SU FAMILIA Y A LOS POBRES
La vida conyugal de Virginia duró poco tiempo. Gaspar Bracelli, no obstante el matrimonio y la paternidad, no abandonó su estilo de vida disipada, hasta el punto de poner en peligro su propia existencia. Virginia, con silenciosa paciencia, oración y amable atención, procuró convencer a su marido a emprender una conducta más morigerada. Desafortunadamente, Gaspar se enfermò, pero falleció cristianamente el 13 de junio de 1607 en Alessandria, asistido por su esposa, que se había trasladado allí para curarle.
Al quedarse viuda con sólo 20 años, Virginia hizo voto de castidad perpetua, rechazando las ocasiones de contraer segundas nupcias, tal como se lo propuso su padre, y vivió retirada en casa de su suegra, aplicándose a la educación y a la administración de los bienes de sus hijas y dedicándose a la oración y a la beneficencia.
En 1610 sintió más claramente la vocación especial a «servir a Dios en sus pobres».Aunque estaba severamente controlada por su padre, y sin descuidar nunca el cuidado de su familia, comenzó a trabajar en favor de los necesitados. Los atendía directamente, distribuyendo en limosnas la mitad de sus propias rentas, o por medio de las instituciones benéficas de aquel tiempo.
Una vez que colocó de forma conveniente a sus hijas en el matrimonio, Virginia se dedicó por completo al cuidado de los muchachos abandonados, de los ancianos y de los enfermos, y a la promoción de los marginados.
La guerra entre la República de Génova y el Duque de Saboya, apoyado por Francia, sembrando el desempleo y el hambre, indujo a Virginia, en el invierno de 1624-1625, a acoger en casa, primero a unas quince jóvenes abandonadas, y luego, al aumentar el número de los prófugos en la ciudad, a todos los pobres que pudo, especialmente mujeres, proveyendo en todo a sus necesidades.
Tras el fallecimiento de su suegra, en el mes de agosto de 1625, no sólo comenzó a acoger a las jóvenes que llegaban espontáneamente, sino que ella misma andaba por la ciudad, sobre todo por los barrios de peor fama, en busca de las más necesitadas y que se hallaban en peligro de corrupción.
Para salir al paso de la creciente miseria, dio origen a las Cien Señoras de la Misericordia protectoras de los Pobres de Jesucristo, una asociación que, en unión con la organización local de las «Ocho Señoras de la Misericordia», tenía la tarea específica de verificar directamente, a través de las visitas a domicilio, las necesidades de los pobres, especialmente si se trataba de pobres de solemnidad.
Al intensificar la iniciativa de la acogida de las jóvenes, sobre todo durante el tiempo de la peste y de la carestía de 1629-1630, Virginia se vio obligada a tomar en arriendo el convento vacío de Montecalvario, a donde se trasladó el 14 de abril de 1631 con sus acogidas, a las que puso bajo la protección de Nuestra Señora del Refugio. Tres años después la Obra contaba ya con tres casas en las que residían casi 300 acogidas.Por esto Virginia consideró oportuno pedir el reconocimiento oficial al Senado de la República, que lo concedió el 13 de diciembre de 1635.
Las acogidas de Nuestra Señora del Refugio se convirtieron para la Santa en sus “hijas” por excelencia, con las que compartía la comida y los vestidos, y a las instruía con el catecismo y las adiestraba en el trabajo para que se ganasen el propio sustento.
Proponiéndose dar a la Obra una sede propia, después de haber renunciado a la adquisición del Montecalvario debido a su precio demasiado elevado, compró dos casitas contiguas en la colina de Carignano, que, con la construcción de una nueva ala y de la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Refugio, se convirtió en la casa-madre de la Obra.
El espíritu que animaba a la Institución fundada por Virginia Bracelli estaba ampliamente presente en la Regla redactada en los años 1644-1650. En ella se estable que todas las casas constituyen la única Obra de Nuestra Señora del Refugio, bajo la dirección y administración de los Protectores (laicos noble designados por el Senado de la República); se reafirma la división entre las «hijas» con hábito e «hijas» sin hábito; pero todas deben vivir - aunque no tengan votos - como las monjas más observantes, en obediencia y pobreza, trabajando y orando; además, deben estar dispuestas a ir a prestar servicio en los hospitales públicos, como si estuvieran obligadas por medio de un voto.
Con el tiempo la Obra se desarrollará en dos Congregaciones religiosas: las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio de Monte Calvario y las Hijas de Nuestra Señora en el Monte Calvario.
Después del nombramiento de los Protectores (el 3 de julio de 1641), que eran considerados los verdaderos superiores de la Obra, Virginia Bracelli no quiso inmiscuirse más en el gobierno de la casa: ella estaba sometida a su querer y seguía sus disposiciones, incluso en la aceptación de cualquier joven necesitada. Virginia vivía como la última de sus «hijas», dedicada al servicio de la casa: salía mañana y tarde a mendigar para conseguir el sustento para toda la casa. Se interesaba por todas como una madre, especialmente por las enfermas, prestándolas los servicios más humildes.
Ya en los años anteriores había comenzado una acción social sanadora, destinada a curar las raíces del mal y a prevenir las recaídas: a los enfermos y los inválidos se les había de internar en centros apropiados para ellos; los hombres útiles debían ser iniciados en el trabajo; las mujeres debían ejercitarse en los telares y en hacer labores de corte y confección; y los niños tenían la obligación de ir a la escuela.
Al crecer las actividades y redoblarse los esfuerzos, Virginia vio disminuir a su alrededor el número de colaboradoras, sobre todo las mujeres burguesas y aristocráticas, que temían comprometer su reputación al tratar con gente corrompida y siguiendo a una guía que, aunque fuera noble y santa, aprecia un tanto temeraria en sus empresas.
Abandonada por las Auxiliares, desautorizada de hecho por los Protectores en el gobierno de su Obra, y ocupando el último lugar entre las hermanas en la casa de Carignano, mientras que su salud física se debilitaba rápidamente, Virginia parecía que encontraba nueva fuerza en la soledad moral.
El 25 de marzo de 1637 consiguió que la República tomara a la Virgen María como protectora. Suplicó con insistencia ante el Arzobispo de la ciudad la institución de las Cuarenta Horas, que comenzaron en Génova hacia finales de 1642, y la predicación de las misiones populares (1643). Se interpuso para allanar las frecuentes y sanguinarias rivalidades que, por motivos fútiles, surgían entre las familias nobles y los caballeros. En 1647 obtuvo la reconciliación entre la Curia arzobispal y el Gobierno de la República, en lucha entre sí por puras cuestiones de prestigio.Sin perder nunca de vista a los más abandonados, estaba siempre disponible, independientemente del rango social, para cualquier persona que acudiese a ella para pedir ayuda.
Enriquecida por el Señor con éxtasis, visiones, locuciones interiores y otros dones místicos especiales, entregó su espíritu al Señor el 15 de diciembre de 1651, a la edad de 64 años.
Al quedarse viuda con sólo 20 años, Virginia hizo voto de castidad perpetua, rechazando las ocasiones de contraer segundas nupcias, tal como se lo propuso su padre, y vivió retirada en casa de su suegra, aplicándose a la educación y a la administración de los bienes de sus hijas y dedicándose a la oración y a la beneficencia.
En 1610 sintió más claramente la vocación especial a «servir a Dios en sus pobres».Aunque estaba severamente controlada por su padre, y sin descuidar nunca el cuidado de su familia, comenzó a trabajar en favor de los necesitados. Los atendía directamente, distribuyendo en limosnas la mitad de sus propias rentas, o por medio de las instituciones benéficas de aquel tiempo.
Una vez que colocó de forma conveniente a sus hijas en el matrimonio, Virginia se dedicó por completo al cuidado de los muchachos abandonados, de los ancianos y de los enfermos, y a la promoción de los marginados.
La guerra entre la República de Génova y el Duque de Saboya, apoyado por Francia, sembrando el desempleo y el hambre, indujo a Virginia, en el invierno de 1624-1625, a acoger en casa, primero a unas quince jóvenes abandonadas, y luego, al aumentar el número de los prófugos en la ciudad, a todos los pobres que pudo, especialmente mujeres, proveyendo en todo a sus necesidades.
Tras el fallecimiento de su suegra, en el mes de agosto de 1625, no sólo comenzó a acoger a las jóvenes que llegaban espontáneamente, sino que ella misma andaba por la ciudad, sobre todo por los barrios de peor fama, en busca de las más necesitadas y que se hallaban en peligro de corrupción.
Para salir al paso de la creciente miseria, dio origen a las Cien Señoras de la Misericordia protectoras de los Pobres de Jesucristo, una asociación que, en unión con la organización local de las «Ocho Señoras de la Misericordia», tenía la tarea específica de verificar directamente, a través de las visitas a domicilio, las necesidades de los pobres, especialmente si se trataba de pobres de solemnidad.
Al intensificar la iniciativa de la acogida de las jóvenes, sobre todo durante el tiempo de la peste y de la carestía de 1629-1630, Virginia se vio obligada a tomar en arriendo el convento vacío de Montecalvario, a donde se trasladó el 14 de abril de 1631 con sus acogidas, a las que puso bajo la protección de Nuestra Señora del Refugio. Tres años después la Obra contaba ya con tres casas en las que residían casi 300 acogidas.Por esto Virginia consideró oportuno pedir el reconocimiento oficial al Senado de la República, que lo concedió el 13 de diciembre de 1635.
Las acogidas de Nuestra Señora del Refugio se convirtieron para la Santa en sus “hijas” por excelencia, con las que compartía la comida y los vestidos, y a las instruía con el catecismo y las adiestraba en el trabajo para que se ganasen el propio sustento.
Proponiéndose dar a la Obra una sede propia, después de haber renunciado a la adquisición del Montecalvario debido a su precio demasiado elevado, compró dos casitas contiguas en la colina de Carignano, que, con la construcción de una nueva ala y de la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Refugio, se convirtió en la casa-madre de la Obra.
El espíritu que animaba a la Institución fundada por Virginia Bracelli estaba ampliamente presente en la Regla redactada en los años 1644-1650. En ella se estable que todas las casas constituyen la única Obra de Nuestra Señora del Refugio, bajo la dirección y administración de los Protectores (laicos noble designados por el Senado de la República); se reafirma la división entre las «hijas» con hábito e «hijas» sin hábito; pero todas deben vivir - aunque no tengan votos - como las monjas más observantes, en obediencia y pobreza, trabajando y orando; además, deben estar dispuestas a ir a prestar servicio en los hospitales públicos, como si estuvieran obligadas por medio de un voto.
Con el tiempo la Obra se desarrollará en dos Congregaciones religiosas: las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio de Monte Calvario y las Hijas de Nuestra Señora en el Monte Calvario.
Después del nombramiento de los Protectores (el 3 de julio de 1641), que eran considerados los verdaderos superiores de la Obra, Virginia Bracelli no quiso inmiscuirse más en el gobierno de la casa: ella estaba sometida a su querer y seguía sus disposiciones, incluso en la aceptación de cualquier joven necesitada. Virginia vivía como la última de sus «hijas», dedicada al servicio de la casa: salía mañana y tarde a mendigar para conseguir el sustento para toda la casa. Se interesaba por todas como una madre, especialmente por las enfermas, prestándolas los servicios más humildes.
Ya en los años anteriores había comenzado una acción social sanadora, destinada a curar las raíces del mal y a prevenir las recaídas: a los enfermos y los inválidos se les había de internar en centros apropiados para ellos; los hombres útiles debían ser iniciados en el trabajo; las mujeres debían ejercitarse en los telares y en hacer labores de corte y confección; y los niños tenían la obligación de ir a la escuela.
Al crecer las actividades y redoblarse los esfuerzos, Virginia vio disminuir a su alrededor el número de colaboradoras, sobre todo las mujeres burguesas y aristocráticas, que temían comprometer su reputación al tratar con gente corrompida y siguiendo a una guía que, aunque fuera noble y santa, aprecia un tanto temeraria en sus empresas.
Abandonada por las Auxiliares, desautorizada de hecho por los Protectores en el gobierno de su Obra, y ocupando el último lugar entre las hermanas en la casa de Carignano, mientras que su salud física se debilitaba rápidamente, Virginia parecía que encontraba nueva fuerza en la soledad moral.
El 25 de marzo de 1637 consiguió que la República tomara a la Virgen María como protectora. Suplicó con insistencia ante el Arzobispo de la ciudad la institución de las Cuarenta Horas, que comenzaron en Génova hacia finales de 1642, y la predicación de las misiones populares (1643). Se interpuso para allanar las frecuentes y sanguinarias rivalidades que, por motivos fútiles, surgían entre las familias nobles y los caballeros. En 1647 obtuvo la reconciliación entre la Curia arzobispal y el Gobierno de la República, en lucha entre sí por puras cuestiones de prestigio.Sin perder nunca de vista a los más abandonados, estaba siempre disponible, independientemente del rango social, para cualquier persona que acudiese a ella para pedir ayuda.
Enriquecida por el Señor con éxtasis, visiones, locuciones interiores y otros dones místicos especiales, entregó su espíritu al Señor el 15 de diciembre de 1651, a la edad de 64 años.
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