martes, 17 de marzo de 2020

¿QUE ES Y PARA QUE SIRVE LA SACRISTÍA EN LA IGLESIA? ... Remodelación de la Sacristía de la Iglesia Inmaculado Corazón de María en la Ciudad de Tampa Fl,

En especial es empleado por el párroco y demás oficiantes como lugar para realizar las preparaciones necesarias y para cambiarse antes y después de la misa. La sacristía está habitualmente al cargo de un sacristán
Cajonera para guardar las casullas
La sacristía, aunque en sentido estricto no forma parte del conjunto litúrgi­co, juega un papel importante en la preparación del culto y en su digna realización. La sacristía mayor consiste en una habitación a modo de capilla que incluso puede tener un altar fijo. Debe ser espaciosa y se situará cerca del presbiterio o de la entrada de la iglesia. Es habitual construirla detrás del altar mayor. Sería deseable que hubiese otra sala cerca de la puerta de entrada a la iglesia, para cuando haya procesión de entrada.
El motivo central de la sacristía mayor puede ser un crucifijo o alguna otra imagen sagrada. Habitualmente, los clérigos y los ayudantes vene­ran esta imagen antes y después de las celebraciones litúrgicas. Es conveniente que haya, para información de los celebrantes visitantes, una cartela con los nombres del Papa y del obispo diocesano, y con el título de la iglesia. En la puerta de acceso a la iglesia debe haber una pila de agua bendita. También, junto a esta puerta, puede colgarse una campanilla para avisar al pueblo cuando una procesión vaya a hacer entrada en la iglesia.
Al diseñar o renovar una sacristía se deberían tener presentes los siguien­tes detalles: una mesa o un banco espacioso para extender los ornamen­tos, armarios y cajones grandes para guardar los ornamentos sagrados, una caja fuerte para los vasos sagrados y la llave del sagrario, un lavabo, toallas, un lavabo pequeño con desagüe directo a la tierra (sacrarium), un sitio donde guar­dar el pan y el vino para el sacrificio eucarístico, una estantería para guardar los libros litúrgicos, un reloj, un soporte para la cruz procesional, un sitio para reservar la Eucaristía durante las ceremonias de Pascua, y un armario o sitio decoroso para los san­tos óleos, si no se guardan en el baptisterio. Un espejo, para que los ministros y ayudantes puedan verse vestidos, es también importante que exista.
En la «sacristía de trabajo» debería haber un lavabo grande con agua caliente y fría, una mesa para planchar y una plancha, un lugar donde recoger una aspiradora y material de limpieza, más un mueble donde almacenar los candeleros, los candelabros, la base del cirio pascual, las figuras del belén y accesorios tales como: velas, lámpa­ras votivas, repuesto para lámparas de aceite o de cera, incienso, carbón y las palmas del año anterior; también sería práctico tener un refrige­rador. En la sacristía o cerca de ella, debe haber una zona para guardar y encender los incensarios. Los ayudantes y el coro deberían tener una habitación separada para cambiarse.
En la sacristía se tendrán en cuenta los mismos principios de limpieza y de orden que son esenciales en el cuidado de la iglesia. Habrá que tener un especial cuidado en la conservación de objetos decorativos, vasos sagrados y ornamentos que hayan sido heredados del pasado, excepto los de escaso valor que no vale la pena reparar o restaurar. Quienes están en la sacristía, antes o después de la celebración litúrgi­ca, deben guardar silencio o en hablar en voz baja.





EN TIEMPOS DE EPIDEMIAS, PANDEMIAS Y OTRAS PESTES ...

El significado de estos eventos.
La Iglesia también nos pide que comprendamos el significado de estos eventos. Nuestra primera reacción debe ser un reflejo de la mirada sobrenatural y aquí, quizás los creyentes más preocupantes y queridos, en estos días, no es tanto esta epidemia, no es tanto lo que está sucediendo, sino ver que el miedo ha entrado en la Iglesia, y con él preocupación y falta de fe.
No es hora de vaciar las fuentes de agua bendita, no es hora de cerrar las iglesias, no es hora de rechazar la comunión para los fieles o incluso los sacramentos para los enfermos. En cambio, es hora de acercarse a Dios, entender el significado de estas calamidades. Históricamente, la Iglesia, durante las plagas y epidemias, realizaba procesiones públicas con manifestaciones de la fe; Esta ha sido una oportunidad para que la Iglesia predique la penitencia. Como en el hermoso pasaje del Antiguo Testamento que acabamos de leer en la epístola: el Rey David pecó por orgullo al querer registrar a su pueblo para tener la satisfacción de saber que él gobernaba sobre una gran nación. La consecuencia de esto fue el castigo de Dios. Sí, porque Dios castiga cómo un padre puede castigar a sus hijos. El castigo de ese orgullo fue una epidemia terrible, pero tan pronto como Dios vio que los corazones se volvieron hacia él, interrumpió la venganza del ángel de la enfermedad.

Tiempos de penitencia.
Ha llegado la hora de la penitencia, el tiempo de regresar a Dios, tanto los justos como los pecadores, todos tenemos que hacer penitencia. Dios no siempre castiga y los eventos, las calamidades, no siempre son causadas directamente por Dios, lo que puede suceder en casos excepcionales. Son las leyes de la naturaleza las que producen estas cosas: terremotos, epidemias. Estas son las consecuencias del hecho de que, desde el pecado original, el hombre ya no es el dueño de todo. Sí, el hombre ya no es el dueño de todo, queridos creyentes.
Pero desde la venida de Nuestro Señor Jesucristo, Dios ha dicho que nos protegería de estas calamidades públicas si fuéramos fieles a Él. El problema hoy no es que usemos recursos humanos para tratar de repeler estas calamidades, esto es completamente normal, todo está en el orden de las cosas, el problema es que le decimos a Dios “déjenos en paz, controlemos esto”. El único que tiene la situación “bajo control”, como dicen hoy, es el buen Dios. Entonces ¿Qué hace nuestro Señor? Él nos dice: “¿No quieres mi ayuda? Así que haz todo tú mismo”, y esto es lo peor, lo peor.

Volvamos al buen Dios.
Como dije, esta no es la primera epidemia que enfrenta el mundo, y puede que no sea la más grave. ¡Piense en la gripe española al final de la Primera Guerra Mundial, que causó más de cincuenta millones de muertes! La Iglesia estaba en primera línea, si tienes curiosidad, busca los archivos fotográficos de la época. Verás a las monjas que cuidaron a los enfermos y que ya llevaban la famosa máscara de la que tanto se habla hoy, nada nuevo bajo el sol. Los católicos estaban en primera línea para practicar la caridad, a veces a riesgo de sus vidas.
Esta es una oportunidad para manifestar tu fe. Durante la terrible epidemia de gripe española, la Iglesia continuó celebrando el culto, los sacramentos, los sacramentales, el recurso a la intercesión de los santos, la gran tradición de la Iglesia. Debemos hacer lo mismo, queridos creyentes. No seamos, y ahora me dirijo a los sacerdotes, no seamos como esos malos pastores que, cuando ven al lobo, o al virus, huyen en la distancia. Seamos buenos pastores.

Víctimas con Nuestro Señor.
Queridos creyentes, siempre nos preguntamos, cuando hay desastres, por qué los buenos también se ven afectados. No solo pecadores, sino buenos. Recuerde que fue durante la terrible gripe española que Jacinta y Francisco, los dos pequeños pastores de Fátima, murieron en condiciones muy terribles, ofreciendo sus vidas por la conversión de los pecadores. Aquí hay una ley que durará hasta el fin de los tiempos: el buen Dios necesita víctimas, víctimas que expiaron en unión con la víctima por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo. En el evangelio los apóstoles interrogan a Jesús sobre una masacre que tuvo lugar en el templo de Jerusalén: los galileos vinieron a rezar, ofrecer el sacrificio y, en esa ocasión, Poncio Pilato los masacró. Esto desconcertó a los apóstoles y a los discípulos de Jesús: “¿Cómo se masacra a los santos que ofrecen el sacrificio? ¿Qué pecado cometieron para que Dios los castigara de esta manera?”.
Del mismo modo, los Apóstoles interrogaron a Jesús: hubo una catástrofe en Jerusalén, una torre se derrumbó, la torre de Siloé, que dejó dieciocho muertos, y los apóstoles se hicieron la pregunta. “¿Qué hicieron para morir así, en una peregrinación a Jerusalén, siendo aplastados así debajo de una torre?” ¿Cuál es la respuesta de nuestro Señor? Él dijo: “¿Crees que esos galileos eran pecadores más grandes que todos los demás galileos, porque sufrieron tanto? No, te digo; si no haces penitencia, todos perecerán de la misma manera”. Esto es lo que dice el Señor.

Las calamidades son consecuencia de los pecados.
Las calamidades deben hacernos pensar que si no hacemos penitencia, todos pereceremos. Dios es bueno, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
Las calamidades públicas son a menudo la consecuencia de los pecados de las autoridades públicas. Hoy tenemos razón en preocuparnos porque, todas las malas leyes que se multiplican, todas las violaciones de la ley natural, la apostasía, incluso en la Iglesia, que vemos hoy, no pueden dejar indiferente al buen Dios. En el Antiguo Testamento, leemos que los judíos protestaron porque Dios no los castigó: “¿No nos amas, Señor?” ... Prefirieron el castigo de Dios al silencio de Dios, y ese silencio es quizás lo peor.
Queridos fieles, todo el día, en los televisores, se muestran datos sobre los enfermos y los muertos, y es realmente impresionante. Pero no olvidemos que, por ejemplo, recientemente en Bélgica, en un año, tres mil personas fueron sacrificadas, estas son cifras oficiales, hay niños entre ellos. No estoy hablando de la cantidad de abortos hoy. Todos estos pecados claman al cielo. Queridos creyentes, debemos pensar en esto, debemos hacer penitencia: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

La forma tradicional de abordar las epidemias.
Queridos creyentes, entre los presentes, algunos vinieron aquí por primera vez, los conocí esta semana. Son personas a las que se les ha negado la comunión en las iglesias porque afirman que es la forma tradicional, en la boca, y vienen aquí porque quieren la comunión.
Aquí ves la debilidad, por decir lo menos, de los responsables en la Iglesia, afortunadamente no todos. No hay mayor riesgo de propagar el virus a través de la comunión en la boca que en la mano. Además, un obispo, afortunadamente, todavía hay algunos obispos de este tipo en los Estados Unidos, recordó en una carta a sus fieles: “Consulté a un comité de especialistas, médicos, antes de escribir esta carta y dicen que con la comunión en la boca no mayor peligro de propagación”.

La comunión no es la fuente de la muerte, sino de la vida.
Los fieles tienen el derecho, como recordó la Santa Sede hace unos años, a recibir la comunión en sus bocas. Los que están en calamidad no están privados de los sacramentos. Así que le digo: siéntase como en casa, porque siempre encontrará aquí la forma habitual y tradicional de la Iglesia de abordar las epidemias. También confía en la medalla milagrosa, úsala, tómala, Es un baluarte contra todas las tentaciones del diablo.
En poco tiempo, después de la Misa, todos tendrán la posibilidad de venir a la mesa de comunión para recibir la bendición con reliquias que tenemos, entre otras reliquias, las de San Pío X, San Pío V, de nuestra amada Santa Cura de Ars y de San Juan Eudes. También hay una reliquia de Santo Tomás de Aquino que celebramos hoy. No son amuletos, sino una forma de recibir la protección de estos santos, vivir en el cristianismo, soportar la enfermedad y protegerse de ella, si esa es la voluntad de Dios.

Ser como niños.
Termino diciendo que esta enfermedad tiene una peculiaridad, como la vemos hoy: aparentemente, no afecta, o al menos no afecta seriamente, a los niños. Quizás haya una señal de Dios allí, porque en el Evangelio Nuestro Señor nos dice: “En verdad te digo, si no te conveirtes en un niño, No entrarás en el Reino de los Cielos”. No entrar en el Reino de los Cielos es ser condenado, este es el peor peligro, esta es la peor calamidad.
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén
Visto en: STAT VERITAS

miércoles, 22 de enero de 2020

Los cambios litúrgicos del Papa Pio XII ¿Un Católico puede rechazar las Leyes promulgadas por un Papa legítimo? Por el Reverendo Padre Dominic Radecki, CMRI

 4) En 1955 el Papa Pio XII aprobó la Nueva Semana Santa, en la cual se restauró algunas de las ceremonias que fueron alteradas a través de los años. Además él la hizo más fácil para concurrencia de los trabajadores en las ceremonias del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual volviéndolas a su tiempo original y apropiado. En los tiempos apostólicos la Iglesia Católica celebraba la liturgia del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual “en las mismas horas del día en que aquellos sagrados misterios ocurrieron. Así, la institución de la eucaristía tuvo lugar en el atardecer del Jueves Santo, la Pasión y la Crucifixión tuvieron lugar en las horas después del mediodía del Viernes Santo y la Vigilia Pascual ocurrió en la noche del Sábado Santo, terminando a la mañana del día de Pascua con el jubilo de la Resurrección de Nuestro Señor.”
“Durante el Medio Evo… [la Iglesia], a causa de varias razones pertinentes, comenzó a hacer en horas más tempranas las performances litúrgicas en aquellos días, luego hacia el final de aquel periodo todos esos servicios litúrgicos han sido transferidos a la mañana. Esto no tuvo ligar sin detrimento del significado litúrgico y confusión entre las narraciones Evangélicas y la ceremonias litúrgicas adjuntas a ellas” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre, 1955).
     Los servicios litúrgicos solemnes del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual eran llevados a cabo a la mañana en Iglesias casi vacías porque pocos podían atender a ellas. Colegiales tenían que suplantar a los hombres en la ceremonia del lavado de los pies en el Jueves Santo porque estos tenían que trabajar. Debido a la restauración de la semana Santa hecha por el Papa Pio XII las Iglesia ahora están llenas y los fieles vienen en gran número para asistir las ceremonias y recibir la Santa Comunión.
        En 1951 el Papa Pio XII restauró la Vigilia Pascual para la noche, su propio tiempo:
“Por siglos la Iglesia ha visto la incongruidad de la celebración de la Vigilia Pascual — un servicio cuyo textos [v.gr. el alleluia] y simbolismos [v.gr. Lumen Christi] obviamente se inclinan hacia las horas de la noche — en tempranas horas de la mañana del Sábado Santo cuando ciertamente Cristo no había surgido todavía. Que esto no ha sido siempre así está probado históricamente fuera de toda duda. (John Miller, C.S.C, “The History and Spirit of Holy Week”, The American Ecclesiastical Review, p.235.)
      El Papa Pio XII redujo el número de las lecciones recitadas de doce para cuatro, volviendo a la práctica de San Gregorio Magno. El Papa ordenó que el ayuno de la Cuaresma concluyese a la medianoche del Sábado Santo en lugar de a la tarde para que completase los 40 días de ayuno, y no 39 días de ayuno. Esta ley disciplinaria asegura que el Sábado Santo retenga su carácter de tristeza por la muerte de Nuestro Redentor que yace en el Santo Sepulcro.

     5) En 1954 el Papa Pio XII hizo una revisión del Oficio Divino, omitiendo varias oraciones, como el Padre Nuestro, el Ave-María y el Credo antes de las horas, las preces en Laudes y Vísperas con algunas excepciones, el largo Credo Atanasiano, a excepción del día de la Santísima Trinidad, etc. De acuerdo con la Sagrada Congregación de Ritos, el objetivo propuesto de estas modificaciones era “para reducir la gran complejidad de las rubricas a una forma más sencilla”.
     El Papa San Pio X ya había introducido algunos de esos cambios en el Breviario Monástico. A través de la influencia de los Benedictinos, el Papa Pio XII las extendió para todo el clero. Por la simplificación de las rubricas y la disminución de las oraciones, el Breviario pasó a ser más fácil para que los sacerdotes llevasen a cabo fiel y devotamente su obligación de recitar todos los días el Oficio Divino. El clero recibió de muy buena gana estos sabios cambios.

     El Papa Pio XII aprobó y promulgó oficialmente estos cambios. Bugnini no tenía autoridad para promulgar nada. Referirse a la Nueva Semana Santa como si fuera la liturgia de Bugnini es cosa poco ingeniosa y hasta deshonesta intelectualmente hablando. Cualquier que sea el rol que haya tomado, eso no obscurece el hecho de que varios cardinales y liturgistas ortodoxos tuvieron envolvimiento en los preparativos de estos cambios.
La Sagrada Congregación de Ritos fue establecida para dirigir la liturgia de la Iglesia Latina. Por Iglesia Latina se entiende aquella parte de la Iglesia Católica, de lejos la mayor, que usa el latín en sus ceremonias. El Papa Pio XII estableció una comisión “para examinar la cuestión de la restauración del Ordo de la Semana Santa y proponer una solución. Obtenida la respuesta, Su Santidad decretó, como la seriedad del asunto demandaba, que la cuestión en su totalidad fuese sujeta a un especial examen hecho por los Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos.”
[Cuando los Cardenales se reunieron en el Vaticano en 1950,] “ellos consideraron a fondo el asunto y votaron unánimemente que el Ordo de la Semana Santa restaurada fuera aprobada y prescrita, sujetos a la aprobación del Santo Padre. Acto continuo, habiendo sido detalladamente reportada al Santo Padre por el… Cardenal Prefecto, Su Santidad se dignó a aprobar lo que los Cardenales habían decidido. Entonces, por especial mandato del mismo Papa Pio XII, la Sagrada Congregación de Ritos ha declarado lo siguiente… [dando directivas específicas, incluso:] Aquellos que siguen el Rito Romano están obligados… a seguir el Ordo de la Semana Santa Reformada, expuesto en la edición oficial del Vaticano” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre de 1955).
     De acuerdo con el Papa Pio XII, la reformas litúrgicas que él promulgó fueron “un signo de la disposición providencial de Dios en la moción del Espíritu Santo a la Iglesia para los tiempos presentes” (The Assisi Papers, Procedentes del Primer Congreso Internacional de liturgia pastoral, Asís-Roma, 18 al 22 Septiembre, 1956, p. 224). Cristo dijo a San Pedro y a todos sus sucesores legales, “Aquel que os oye, a mi me oye.” (Lucas 10:16). El tema en cuestión es la obediencia a la legítima autoridad suprema de la Iglesia Católica. Un verdadero Papa aprobó estos cambios. Debemos aceptar estos cambios como legales y dignos de seguimiento salvo que podamos probar que el Papa Pio XII no fue un verdadero Papa.
El que diga que el Papa Pio XII no aprobó la Semana Santa Restaurada, lo dice sin fundamento. Es ridículo decir que el Papa Pio XII no tenía idea de que la Sagrada Congregación de Ritos y todo el mundo Católico estaban haciendo respecto a la Semana Santa. ¿No es este el mismo argumento que algunos usan para defender a los “papas” posconciliares — que desde la muerte del Papa Pio XII, los “Vicarios de Cristo” no han tenido idea de lo que pasaba en la Iglesia Católica? El argumento que dice que él era ya anciano o tenía cualquier otra discapacidad para regir la Iglesia es también completamente absurdo por lo claro de sus últimas encíclicas, directivas y discursos en el mismo año de su fallecimiento.
El Papa Pio VI estigmatizó como “al menos errónea” la hipótesis “de que la Iglesia podría establecer una disciplina que fuera peligrosa, prejudicial, conducente a la superstición o al materialismo.” (Dz. 1578). En la sección 22, canon 7, el concilio de Trento condenó a cualquiera que diga que las ceremonias de la Iglesia son un estimulo a la impiedad más que a la piedad.
Los cambios introducidos por el Papa Pio XII son legales, santos y conducentes a la santificación y salvación de las almas. La Iglesia Católica ha enseñado consistentemente que un Papa válido no puede promulgar una ceremonia o ley litúrgica que sea prejudicial a la fe y a la piedad y que desagrada a Dios. En tales decisiones el Papa es protegido por la infalibilidad.
Los teólogos enseñan que las leyes disciplinarias universales y los cambios litúrgicos son objetos secundarios de la infalibilidad. Esto está claramente explicado por Monseñor Van Noort: “El bien conocido axioma, Lex orandi est lex credendi (la ley de la oración es la ley de la creencia), es una especial aplicación de la doctrina de la infalibilidad de la Iglesia en materias disciplinares. Este axioma dice en efecto que la formula de la oración aprobada para el uso público de la Iglesia universal no puede contener errores contra la fe y moral” (Christ’s Church — La Iglesia de Cristo — p.116).
     Los cambios litúrgicos del Papa Pio XII — la institución de la festividad de San José Obrero, la restauración de la Semana Santa, las leyes para el ayuno Eucarístico, etc. — no son pecaminosas. Se alguno dijere que ellas son heréticas o pecaminosas, éste estaría acusando la autoridad doctrinal infalible de la Iglesia de prácticas sacrílegas y errores doctrinales que corrompen la fe, comprometen sus doctrinas y perjudica a las almas. Tal acusación negaría que Cristo proteja a Su Iglesia y sagrada liturgia de ella del mal y del error.
El Papa Pio XII prohibió sin excepciones, en un leguaje más preciso, a los sacerdotes de usar la liturgia antigua. Él condenó también el anticuarismo (arqueologismo), es decir, la práctica de volver a las observancias litúrgicas primitivas por la no conformidad con las rubricas concurrentes y con las leyes eclesiásticas, que en tal ocasión sería implícita la no actividad del Espíritu Santo en la conducción de la Iglesia. Ni siempre lo más antiguo es mejor, especialmente cuando desafía las órdenes de un verdadero Papa.
El motivo por el cual nosotros seguimos los cambios litúrgicos del Papa Pio XII es la autoridad infalible de la Iglesia de enseñar. Los cambios fueron autorizados por un Vicario de Cristo infalible y fueron promulgados oficialmente para remplazar los antiguos ritos y leyes existentes. Ya que el Papa Pio XII era un Papa verdadero, debemos obedecer sus órdenes respecto a la sagrada liturgia. La obediencia es lo más seguro, lo más consistente y la regla de ortodoxia.
     Por otro lado, aquellos que aceptan a Pio XII como un verdadero Papa mientras rehúsan aceptar sus decretos litúrgicos, demuestran rebeldía y desobediencia. Recogiendo y eligiendo lo que ellos quieren, ellos se ponen a sí mismos como la suprema autoridad de la Iglesia Católica. Ellos se adjudican el derecho de juzgar al Papa, cerniendo lo que él enseña y decidiendo lo que van a obedecer y lo que van a rechazar. Recoger y escoger lo que se va obedecer y lo que se va a rechazar es un error. Es un sello de rebelión le negar obediencia al verdadero vicario de Cristo; rebelión en materia de obediencia a la legítima autoridad es siempre un peligro para la Fe.
El Galicanismo fue una herejía contra la jurisdicción papal, que tendía a limitar los poderes del Papa. Comenzó al principio del siglo XV y se desparramó por toda la Europa. Acto continuo, muchos europeos perdieron su censo de obediencia al Papa. En 1682 el clero francés formuló los Cuatro Artículos que se hicieron obligatorios para todas las escuelas y para todos los maestros de teología. Los cuatro artículos estatuyeron que el juicio papal carece de valor sin el consentimiento de la Iglesia. Los Papas Alejandro VIII y Pio VI y el Concilio Vaticano condenaron el Galicanismo. Tristemente, el espíritu del Galicanismo prevalece hoy día.
     Aquellos que rechazan los cambios litúrgicos del Papa Pio XII son inconsistentes. Si ellos aceptan a Pio XII como papa, deben reservar su propia opinión acerca de la liturgia de él, echar a un rincón sus gustos y disgustos litúrgicos y simplemente obedecerlo. La mentalidad católica es obedecer a los superiores legales en todo, excepto en el pecado.
     El espíritu de obediencia a la autoridad legítima fue expresada por la madre de Lucia, una de los niños de Fátima. Cuando la madre de Lucia fue cuestionada sobre el porqué el nuevo párroco no permitía danzar y el antiguo sí lo permitía, ella contestó: “Yo no sé porque el antiguo párroco permitía y el nuevo no. Si el nuevo párroco no quiere las danzas, mis hijos no danzarán.”
     Concluiremos con un discurso del Papa San Pio X a los sacerdotes de la Unión apostólica:
“Cuando uno ama al Papa, uno no se queda a debatir sobre lo que él aconseja o manda, no pregunta hasta donde se extiende el riguroso deber de obedecer y no marca los límites de esta obligación. Cuando uno ama al Papa, uno no objeta que él no ha hablado con toda claridad, como si él fuera obligado a repetir su voluntad en el oído de cada uno lo que muy a menudo expresa no sólo viva voce, sino también por cartas y otros documentos públicos; uno no pone en duda sus órdenes so pretexto — fácilmente usado por cualquiera que no quiera obedecer — de que ellas no emanan de él, sino de sus legados; uno no limita el espacio en el cual podemos y debemos ejecutar su voluntad; uno no se opone a la autoridad del Papa porque otras personas, letradas quizás, difieren de la opinión del Papa. Además, no obstante su gran conocimiento, su santificación está en espera, porque no puede haber santidad donde hay discordancia con el Papa.” (AAS 1912, p. 695)
Acordarnos hemos de que todo esto incumbe al legítimo y válido Papa elegido; esto no se aplica a un hereje o un “papa” electo inválidamente — un falso papa.

martes, 8 de octubre de 2019

¿ES POSIBLE LA CONVERSIÓN DE LOS MUSULMANES AL CATOLICISMO? ... Por el Arzobispo Marcel Lefebvre

Un juicio del islam por Monseñor Marcel Lefebvre

San Pío V protegió a los católicos españoles contra el islam
Marcel Lefebvre en África
En un tiempo en el que el islam está teniendo un avance galopante en África e incluso en Europa, resulta adecuado volvernos al Magisterio. Hay que leer las cartas que el Papa Pío V escribió al rey de España. El pontífice juzga al islam, una religión que él, vencedor de la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), conoce demasiado bien y de la que advierte el peligro que representa para el catolicismo.
El Papa le pide a Felipe II que intervenga con fuerza y valor en contra del islam, para prevenir que esparza en los ámbitos católicos la corrupción e inmoralidad que difunde. Todo el mundo sabía en aquel tiempo que los católicos de España habían sido seducidos por el Islam y habían apostatado. Eran tiempos muy difíciles.
Ahora nadie conoce la historia, nadie quiere aprender las lecciones que nos enseña, ya que nos hemos hecho a la idea de que todo ha cambiado, que todo está bien y que todos son buenos. Y aun así, citando únicamente los ejemplos de mujeres que se han casado con musulmanes, vemos que por obedecer al Corán, todos aquellos que han dejado a sus esposas han tomado a los hijos nacidos de esa pareja, con el pretexto de que la ley coránica dicta que los hijos de matrimonios mixtos deben ser musulmanes.
En una época en que se da la bienvenida a cualquier forma de permisividad, el islam mantiene sus costumbres, sus reglas, su Corán, si bien la manera de mantenerlos varía de alguna forma dependiendo de la región. De esta manera, los musulmanes del África negra no tienen los mismos hábitos que los de Marruecos u otros países del norte de África, donde se siguen teniendo harenes de mujeres.
Sin tocar el delicado tema de la mutilación ritual, es una verdadera esclavitud la que se mantiene sobre las mujeres. En Senegal y Malí, por ejemplo, las mujeres musulmanas de raza negra tienen toda libertad. No se les tiene encerradas; no hay harenes. Pero impera una inmoralidad terrible: divorcios constantes, intercambio de esposas y una abierta prostitución.
En Dakar había sectores donde se practicaba la misma forma de prostitución, y esencialmente era obra de los musulmanes. No había cristianos –gracias a Dios– ni paganos involucrados. Era un “comercio” manejado por musulmanes.
Los países africanos del este están afectados por la homosexualidad. A los viajantes, en sus paradas, se les ofrecen servicios sexuales de varoncitos musulmanes que intercambian esas prácticas inmorales por dinero.

El idioma árabe, una fortaleza para el Islam
Aun cuando lo hacen de buena fe, los obispos cometen un terrible error al jactarse frente a un islam puro y disciplinado. En otra ocasión hice una comparación del apego de los musulmanes hacia el idioma árabe, en una época en la que la Iglesia cedió a las presiones modernistas y abandonó el uso del latín, que es el cimiento de la liturgia y la universalidad cristiana.
Pero hay algo paralizador de mentes en esta tradición. En las escuelas del Corán se puede ver a los niños dirigidos por un joven maestro que les hace repetir los suras (versos) del Corán en árabe, una y otra vez durante todo el día, aunque no entiendan una sola palabra del idioma. Es el mito del árabe: todo aquel que es árabe es musulmán, todo aquel que es musulmán habla árabe. Es a la vez el idioma de la religión y una fortaleza para el Islam.
Y de nuestra parte hemos abandonado el idioma latín que nos unificó. Hay ahora una difusión de ritos y ya no podemos ir de una iglesia a otra porque la liturgia es diferente y ya no entendemos nada.

Mons. Lefebvre misionero en África
¿Es posible convertir a los musulmanes?
Así que bien, nos podemos preguntar si es posible convertir a los musulmanes. Otros antes que nosotros se han preguntado lo mismo. De mi parte pienso que a lo mucho podemos tener esperanzas de convertir a la élite intelectual, aquellos que se encuentran en nuestras universidades. Aquellos que adquieren diplomas que les permitirán practicar una profesión para ganarse la vida, casarse y formar una familia. Ellos estarán más abiertos a la conversión después de su contacto con Europa, si vuelve a ser cristiana.
Algunos políticos y líderes senegaleses, por ejemplo, se han convertido de esta manera. Pero esta perspectiva se desploma si los hijos siguen siendo dependientes de la familia, sobre todo las mujeres. Confinados por los mismos familiares, se exponen al peor de los maltratos o incluso al envenenamiento si se atreven a convertirse. Por ello, es muy difícil convertir a los niños musulmanes en nuestras escuelas, aunque haya muchos.
Como ya lo había mencionado, es por eso que no desearíamos irnos por encima de una proporción del 15% en el censo. Porque los musulmanes hubieran impuesto su voluntad en cuanto hubieran sentido que eran mayoría, fuertes e importantes. Cuando son pocos, se someten voluntariamente a la disciplina y al estudio. Besan la mano que no pueden cortar, como dice uno de sus proverbios.
Sin embargo, fuimos capaces de convertir a algunos animistas, a los niños, los pequeños, los débiles, los súbditos de los jefes. En cuanto a estos jefes, poderosos, importantes y grandes polígamos, rara vez se convirtieron al catolicismo, ya que debían abandonar a sus esposas. Y les resultaba muy difícil renunciar a esa arrogancia y totalitarismo practicado incluso por los jefes de aldeas pequeñas.
El islam avanza en las poblaciones no árabes porque al contrario de la moral católica, la religión musulmana los confirma en sus vicios.
Si te conviertes al islam, te volverás un jefe más grande, serás más rico, tendrás más esposas y harás tus esclavos a más súbditos que trabajarán para ti”. 
Estos argumentos están siempre respaldados con adulaciones, obsequios, telas, fetiches…
Así es como progresa el Islam. Como ya mencioné: o África se convierte al islamismo con el incremento de la esclavitud, la inmoralidad y la poligamia, o se vuelve cristiana y encuentra el orden que es voluntad de Dios y conserva sus virtudes naturales de sencillez y hospitalidad.
Si las naciones occidentales, cuya responsabilidad era desarrollar a estas poblaciones, no hubieran abandonado su misión, y si la Iglesia misma no se hubiera desentendido, en lugar de presenciar el preocupante avance del islam, la mayoría de África sería católica hoy en día.
Tomado de: https://fsspx.mx/es

martes, 23 de julio de 2019

EL DRAMA DEL FIN DE LOS TIEMPOS (Consoladoras reflexiones) del Padre André Emmanuel, cura párroco de Mesnil-Saint-Loup (Francia), escribió estos artículos que fueron apareciendo en el boletín parroquial, entre 1883 y 1885 hace ahora más de cien años.



Y eso será la ocasión de un discernimiento temible.
San Gregorio vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay en la Iglesia tres categorías de personas: los hipócritas o falsos cristianos, los débiles y los fuertes. Ahora bien, en esos momentos de angustia, los hipócritas se quitarán la máscara, y manifestarán abiertamente su apostasía secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en gran número, y el corazón de la Iglesia sangrará de ello; finalmente, muchos de los mismos fuertes, demasiado confiados en su fuerza, caerán como las estrellas del cielo.
A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá ni la valentía ni la confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador, consignada en las Escrituras, de que esos días serán abreviados a causa de los elegidos. Sabiendo que los elegidos serán salvados a pesar de todo, se entregará, en lo más recio de la tormenta, a la salvación de las almas con una energía infatigable.
En efecto, a pesar del espantoso escándalo de esos tiempos de perdición, no hay que pensar que los pequeños y los débiles se perderán necesariamente. El camino de salvación seguirá estando abierto, y la salvación será posible para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación proporcionados a la magnitud del peligro. Y sólo perecerán aquellos de entre los pequeños que, por haber abandonado las alas de su madre, serán presa del ave rapaz.
¿Cuáles serán esos medios de preservación? Las Escrituras no nos dan ninguna indicación sobre este punto; mas nosotros podemos formular sin temeridad algunas conjeturas.
La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor para los tiempos de la toma y destrucción de Jerusalén, y aplicable, según el parecer de los intérpretes, a la última persecución.
“Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, estar en el lugar santo (¡el que lee, entienda!), entonces los que estén en la Judea huyan a los montes… Rogad que vuestra fuga no sea en invierno ni en sábado, porque habrá entonces tribulación grande, cual no la hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si no se acortaran aquellos días, no se salvaría hombre viviente; mas en atención a los elegidos serán acortados aquellos días” (Mt. 24 15, 20-22).
En conformidad con estas instrucciones del Salvador, la Iglesia salvará a los pequeños de su rebaño por medio de la fuga; Ella les preparará refugios inaccesibles, donde los colmillos de la Bestia no los alcanzarán.
Uno puede preguntarse cómo habrá entonces refugios inaccesibles, cuando la tierra se encontrará repleta y surcada de vías de comunicación. Hay que contestar que Dios proveerá por sí mismo a la seguridad de los fugitivos. San Juan nos hace entrever la acción de la Providencia.
En el capítulo 12 del Apocalipsis, nos presenta a una Mujer revestida del sol y coronada de estrellas; es la Iglesia. Esta Mujer sufre los dolores del parto; porque la Iglesia da a luz a Dios en las almas, en medio de grandes sufrimientos. Ante ella se aposta un gran dragón rojo, imagen del diablo y de sus continuas emboscadas. Pero la Mujer huye al desierto, “a un lugar preparado por Dios mismo, para que allí la sustenten durante mil doscientos sesenta días” (Apoc. 12 6). Estos 1260 días, que son tres años y medio, indican el tiempo de la persecución del Anticristo, como queda manifiesto por los demás pasajes del Apocalipsis. Por lo tanto, durante este tiempo la Iglesia, en la persona de los débiles, huirá al desierto, a la soledad; y Dios mismo se cuidará en mantenerla escondida y alimentarla.
El fin del mismo capítulo contiene detalles sobre esta huida. Se le dieron a la Mujer dos grandes alas de águila, para transportarla al desierto. El dragón trata de perseguirla, y su boca vomita en pos de ella agua como río; pero la tierra socorre a la Mujer, y absorbe el río. Estas palabras enigmáticas designan alguna gran maravilla que Dios realizará en favor de su Iglesia; la rabia del dragón vendrá a morir a sus pies.
Sin embargo, mientras los débiles orarán con seguridad en una soledad misteriosa, los fuertes y los valientes entablarán una lucha formidable, en presencia del mundo entero, con el dragón desencadenado.
En efecto, está fuera de toda duda que habrá, en los últimos tiempos, santos de una virtud heroica. Al comienzo, Dios dio a su Iglesia los Apóstoles, que abatieron el imperio idólatra, y la fundaron y cimentaron en su propia sangre. Al final le dará también hijos y defensores, probablemente ni menos santos ni menores.
San Agustín exclama, al pensar en ellos: “En comparación con los santos y fieles que habrá entonces, ¿qué somos nosotros? Pues, para ponerlos a prueba el diablo, a quien nosotros debemos combatir al precio de mil peligros, estará desencadenado, cuando ahora está atado. Y sin embargo, añade, es de creer que ya en el día de hoy Cristo tiene soldados lo bastante prudentes y fuertes, para poder despistar con sabiduría, si es preciso, todas sus emboscadas, y soportar con paciencia los asaltos de su enemigo, incluso cuando está desencadenado” (De Civitate Dei, lib. XX, 8).
San Agustín se pregunta luego: ¿Habrá aún conversiones, en esos tiempos de perdición? ¿Se bautizará aún a los niños, a pesar de las prohibiciones del monstruo? ¿Los santos tendrán entonces el poder de arrancar almas de las fauces del dragón furioso? El gran Doctor contesta afirmativamente a todas estas preguntas. Sin lugar a dudas, las conversiones serán más raras, pero por eso mismo resultarán más sorprendentes. Sin lugar a dudas, y por regla general, es preciso que Satán esté atado para que se lo pueda despojar (Mt. 11 29); pero, en esos días, Dios se complacerá en mostrar que su gracia es más fuerte que el fuerte mismo, en su desencadenamiento más furioso.
Cada cual puede observar cuán consoladoras son estas verdades.
Mas ¿quiénes serán los santos de los últimos tiempos? Nos gusta pensar que entre ellos habrá soldados. El Anticristo será un conquistador, y mandará a ejércitos; pero encontrará ante él Legiones Tebanas, héroes de esta raza gloriosa e indomable que tiene a los Macabeos por antecesores, y que cuenta entre sus líneas a los Cruzados, los campesinos de la Vandea y del Tirol, y finalmente los Zuavos pontificios. A esos soldados los podrá aplastar bajo el peso de sus huestes numerosísimas, pero no los hará huir.
Pero el Anticristo será sobre todo un impostor; por consiguiente, encontrará como principales adversarios a los apóstoles armados del crucifijo. Como la última persecución revestirá el aspecto de una seducción, éstos unirán a la paciencia de los mártires la ciencia de los doctores. Nuestro Señor se los hizo ver un día a Santa Teresa, con espadas luminosas en las manos.
A la cabeza de estas falanges intrépidas, aparecerán dos enviados extraordinarios de Dios, dos gigantes en santidad, dos sobrevivientes de las edades antiguas: acabamos de nombrar a Henoc y Elías.

HENOC Y ELÍAS
Los hechos maravillosos que vamos a referir no son suposiciones aventuradas; son verdades sacadas de la Escritura Sagrada, y que sería por lo menos temerario negar.
Antes del fin de los tiempos, y durante la persecución del Anticristo, se verá reaparecer en medio de los hombres a dos personajes extraordinarios, llamados Henoc y Elías.
¿Quiénes son estos personajes? ¿En qué condiciones se realizará su aparición providencial en la escena del mundo? Es lo que vamos a examinar, a la luz de las Escrituras y de la Tradición.
Henoc es uno de los descendientes de Set, hijo de Adán, y tronco de la raza de los hijos de Dios. Es la cabeza de la sexta generación a partir del padre del género humano. El Génesis nos enseña sobre él lo que sigue :
“Jared llevaba de vida ciento sesenta y dos años cuando engendró a Henoc… Henoc llevaba de vida sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén; y caminó Henoc en compañía de Dios, después de haber engendrado a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Resultaron, pues, todos los días de Henoc trescientos sesenta y cinco años. Ahora bien, Henoc caminó en compañía de Dios, y desapareció, porque Dios le tomó consigo” (Gen. 5 18-25).
Dios arrebató a la edad de 365 años, es decir, dada la extrema longevidad de esa época, en la madurez de su edad. No murió, sino que desapareció. Fue transportado, vivo, a un lugar conocido sólo por Dios. Esto es lo que sabemos de Henoc, patriarca de la raza de Set, bisabuelo de Noé, antecesor del Salvador.
Por lo que se refiere a Elías, su historia es mejor conocida. Henoc, anterior al Diluvio, nació varios miles de años antes de Jesucristo. Elías apareció en el reino de Israel menos de mil años antes del Salvador; es el gran profeta de la nación judía.
Su vida es de lo más dramática (III y IV Reyes). Se podría decir que es una profecía en acción del estado de la Iglesia en tiempos de la persecución del Anticristo. Siempre anda errante, siempre se ve amenazado de muerte, siempre es protegido por la mano de Dios.
Unas veces Dios lo oculta en el desierto, donde lo alimentan unos cuervos; otras veces lo presenta al orgulloso Acab, que tiembla ante él. Dios le entrega las llaves del cielo, para enviar la lluvia o el rayo; lo favorece en el monte Horeb con una visión llena de misterios.
En resumen, lo engrandece hasta darle la talla de Moisés taumaturgo, de manera que juntamente con Moisés escolta a Nuestro Señor en el Tabor.
La desaparición de Elías responde a una vida tan sublimemente extraña. Se lo ve caminar con su discípulo Eliseo; se abre un paso a través del Jordán, golpeando las aguas con su manto. Anuncia que va a ser arrebatado al cielo. De repente, “mientras ellos iban hablando, un carro de fuego y unos caballos de fuego los separaron a entrambos, y subió Elías en un torbellino al cielo. Eliseo lo veía y gritaba : «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su auriga!» Y no le vio más” (IV Rey. 2 11-12).
De este modo Elías, el amigo de Dios, el celador de su gloria, fue también arrebatado y transportado a una región misteriosa, en la que se encontró con su antecesor, el gran Henoc.
¿Cuál es esta región? Henoc y Elías están vivos, eso es seguro. ¿Dónde los ha escondido Dios? ¿En alguna región inaccesible de esta pobre tierra? ¿En algún lugar del firmamento? Nadie lo sabe.
Se puede afirmar solamente que, por el momento, se encuentran fuera de las condiciones humanas; los siglos pasan debajo de sus pies, sin afectarlos; permanecen en la madurez de su edad, seguramente tal como eran cuando Dios los arrebató de en medio de los hombres.
Su reaparición en la escena del mundo no es menos segura que su desaparición.
En efecto, el autor del Eclesiástico, expresando toda la tradición judía, habla de estos dos grandes personajes en los siguientes términos:
“Henoc agradó a Dios, y fue transportado al paraíso, para predicar la penitencia a las naciones” (Ecles. 44 16).
“¿Quién puede gloriarse de ser tu igual, oh Elías?… Tú, que fuiste arrebatado en un torbellino a lo alto, y por un carro con caballos de fuego; tú, de quien está escrito que fuiste preparado para un tiempo dado, para apaciguar la cólera de Dios, para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y restablecer las tribus de Israel” (Ecles. 48 1-11).
Estas palabras de un libro canónico nos revelan claramente que Henoc y Elías tienen que realizar una misión ulterior. Henoc debe predicar la penitencia a las naciones, o si se prefiere esta traducción, conducir las naciones a la penitencia. Elías debe restablecer un día las tribus de Israel, es decir, devolverles su rango de honor al que tienen derecho en la Iglesia de Dios.
La unanimidad de los doctores ha comprendido que esta doble misión se realizará simultáneamente al fin del mundo. Elías en particular es considerado como el precursor de Jesucristo cuando venga del cielo como Juez; este pensamiento se deduce manifiestamente de los Evangelios (Mt. 17; Mc. 9).
Por lo tanto, los hombres verán un día, y no sin terror, cómo Henoc y Elías vuelven a descender en medio de ellos, y les predican la penitencia con un brillo extraordinario. San Juan los llama los dos testigos de Dios, y los pinta como sigue en su Apocalipsis (11 3-7) :
“Daré orden a mis dos testigos, y profetizarán vestidos de saco mil doscientos sesenta días.
Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están en la presencia del Señor de la tierra. Y si alguno les quiere hacer mal, saldrá fuego de su boca y devorará a sus enemigos. Y si alguno pone su mano sobre ellos, perecerá sin remedio del mismo modo.
Estos tienen la potestad de cerrar el cielo para que no llueva durante los días de su profecía, y tienen potestad sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con todo linaje de plagas, siempre y cuando quisieren”.
¿Quién no reconoce en este retrato al Elías del Antiguo Testamento, que cerró el cielo durante tres años y medio, e hizo caer fuego del cielo sobre los soldados que venían a capturarlo?
Los mil doscientos sesenta días señalan el tiempo de la persecución final, como ya lo hemos hecho observar. La aparición de los testigos de Dios coincidirá, pues, con la persecución del Anticristo.
Hay que reconocer que el socorro dado a la Iglesia será proporcionado a la magnitud del peligro.
Los dos testigos de Dios, revestidos de las insignias de la penitencia más austera, irán por todas partes, y en todas partes serán invulnerables; una nube, por decirlo así, los cubrirá, y fulminará a quienquiera ose tocarlos. Tendrán en sus manos todas las plagas, para herir con ellas a la tierra según su arbitrio. Predicarán con una libertad suma, en la misma presencia del Anticristo.
Este se estremecerá de rabia; y habrá un duelo formidable entre el monstruo y los dos misioneros de Dios.